De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES


Don Frustracio le pidió a su mujer, doña Frigidia, la realización del acto connubial. Le dijo ella: “Tú sabes bien que tienes derecho a dos por año: uno en verano y en invierno el otro. Y hasta donde sé apenas estamos en otoño”. Babalucas relató: “Me enamoré de mi maestra de sexto año de primaria. La cosa, claro, no funcionó. Ella tenía 18 años y yo 42”. Rosibel le dijo a Susiflor: “Practico el sexo seguro. Nunca voy a las fiestas de la oficina”. Capronio es incapaz de darles a sus novias un presente, pero a varias las ha hecho que tengan un pasado. Mensurémonos, señores, mensurémonos. Eso quiere decir midámonos; contengámonos en los límites de la razón y el buen sentido. No me sorprendió que López Obrador haya salido con la embajada de que el Presidente de la República debe renunciar. Él es dado a toda suerte de embajadas. (Quien se tome la molestia de inquirir acerca de ese vocablo tan sonoro encontrará que en una de sus acepciones la palabra “embajada” significa “proposición o exigencia impertinente”). Ahora, sin embargo, me inquieta el hecho de que otras voces, respetables y respetadas, están demandando o sugiriendo eso mismo: que Peña Nieto haga renuncia de su cargo. Eso me lleva a pedir que ponderemos bien las cosas, que no caigamos en peligrosos extremismos. Si bien es cierto que el panorama nacional es hoy por hoy desolador; si el caso de Ayotzinapa ha motivado indignación en todos; si los males que derivan de la violencia y de la corrupción se están extendiendo por dondequiera; si bien es cierto, digo, que todo eso es muy cierto, las cosas no han llegado a un punto tal que se haga necesaria la aplicación de una medida tan radical e inusitada como es la renuncia del titular del Poder Ejecutivo. No ha estallado una guerra civil. No hay una revuelta o asonada, ni un levantamiento popular generalizado. La situación en la mayor parte del país no es tal que justifique pedir el abandono de su puesto por el encargado de la Presidencia. Un viejo dicho dice: “Con tiento, santos varones, que el Cristo está apolillado”. Detengámonos a pensar un poco: si acontecimientos como el de Ayotzinapa fueran suficientes para provocar una renuncia presidencial, cabe pensar que cualquier grupo criminal o político, o cualquier poderoso interés externo o interior, podrían provocar en el futuro un suceso semejante para conseguir la renuncia de cualquier presidente, el que sea, y de ese modo desestabilizar a la República. Con todo esto que digo no estoy defendiendo a Peña Nieto. Él dispone para su defensa de todos los recursos del Estado. En la cortísima medida de mis posibilidades estoy defendiendo a mi país y a sus instituciones, las cuales, con todos los defectos que tienen, debemos mantener como única vía para perfeccionarlas, siquiera sea a trompicones y paulatinamente. No nos precipitemos en esa forma última del miedo que se llama pánico. Bastantes problemas tenemos ya como para añadirles otros. A los nocivos daños provocados por las acciones de los malos  no sumemos los que causa la desesperación de los buenos. No caigamos en radicalismos. Debemos. (Nota: nuestro estimado colaborador da otros 172 consejos a la ciudadanía, consejos que, aunque plausibles en su mayor parte, nos vemos en la penosa necesidad de suprimir por falta de espacio). Himenia Camafría, madura señorita soltera, recibió la visita de una sobrina suya, linda muchacha en edad de merecer que llegó a pasar vacaciones con ella. Cierta noche la señorita Himenia escuchó ruidos en el cuarto donde dormía la chica. Abrió la puerta de la habitación, y a la incierta luz que por la ventana entraba vio a una sombra que salía. “¿Qué acontece? -le preguntó llena de sobresalto a su sobrina-. ¿Cuya sombra es esa que por la lucerna de la cámara salió a la rúa?”. Ya se ve que ni siquiera en los momentos críticos abandonaba la señorita Himenia el modo literario que tenía de hablar. “No te asustes, tía -la tranquilizó la sobrina-. El que salió es mi novio. Me siguió hasta el pueblo, y se empeñó en venir esta noche a hacerme el amor. Por más que lo intenté no pude evitar que lograra su propósito”. Le dijo la señorita Himenia: “¿Y por qué no me llamaste?”. “¡Uh, tiíta! -respondió la muchacha-. ¡Si conmigo no pudo asegundar, contigo menos!”. FIN.


MIRADOR

Está el sol a la mitad del cielo.

Está el niño.

Está el ave.

Está la flor.

Está la mujer.

Está el amor.

De pronto cae la tarde. La noche llega. Se ha ido el sol.

Pero luego amanece un nuevo día.

Y está otra vez el niño.

Y está el ave.

Está la flor,

Y la mujer está.

Y está el amor.

Otra vez a la mitad del cielo está otro sol.

¡Hasta mañana!...


MANGANITAS

“. Sigue en paro el Politécnico.”.

¡Pobre Poli! Iba muy bien.

Sucesos así eran raros.

Va a tener huelgas y paros

un día sí y otro también.