De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Empédocles Etílez, el borrachín del pueblo, llegó a su casa en horas de la madrugada. Su mujer lo esperaba hecha un obelisco. (Nota de la redacción: seguramente nuestro amable colaborador quiso decir “hecha un basilisco”). Le preguntó furiosa: “¿Has vuelto a beber otra vez?”. “¡Te vuro que no, jieja! -farfulló el temulento-. Si quieres te soplo”. “¡Ah no! -rechazó ella-. ¿Quién tiene ganas de sexo a estas horas?”. Hilaire Belloc escribió un travieso dístico acerca del dinero. No sé si en él hay cinismo o hay realismo. Dice así: “I’m tired of love, I’m tired of rhyme, / but money gives me pleasure all the time”. “Estoy cansado del amor, estoy cansado de la poesía, pero el dinero me da placer todo el tiempo”. Avaricio Cenaoscuras, hombre ruin, era excesivamente apegado a su dinero. Cierto día hubo de ir a la ciudad, y en la central de autobuses tomó un taxi. Al ir bajando por una larga y empinada calle el vehículo empezó a cobrar velocidad de vértigo. Clamó el taxista, desesperado: “¡Los frenos fallaron! ¡No puedo parar!”. Le gritó Avaricio con desesperación aún mayor: “¡Detén el taxímetro! ¡Detén el taxímetro!”. Buffalo Bill iba de noche por una pradera del Oeste. Lo acompañaba su fiel amigo el indio Pluma Blanca, gran seguidor de huellas. En la oscuridad reinante el piel roja pegó la oreja al suelo y dijo luego: “Hace poco haber pasado por aquí búfalo grande. Animal estar enfermo del estómago”. “¿Cómo lo sabes?” -preguntó con asombro el cazador. Respondió Pluma Blanca: “Haberme embarrado el cachete”. Don Chinguetas cuestionó a doña Macalota, su consorte: “¿Qué harías si te enteraras de que me saqué la lotería?”. Contestó ella sin vacilar: “Te exigiría la mitad del premio, y en seguida me largaría de la casa”. “Muy bien -dice don Chinguetas-. Me saqué 200 pesos. Aquí tienes 100. Cumple tu palabra”. Si no amara yo tanto a mi país diría que México, por no ser un Estado de derecho, se ha convertido en un Estado de desecho. No pretendo que esa frase sea inscrita en bronce eterno o mármol duradero, y ni siquiera en plastilina verde. A lo que voy es a decir que estamos en una situación en que la corrupción e ineficiencia de los gobernantes y la indignación y desesperanza de la ciudadanía nos pueden llevar por el camino que conduce a circunstancias políticas extremas. Una de ellas sería la de elegir un gobierno populista. Las opciones, en efecto, se van agotando. Los tres partidos principales -PAN, PRI y PRD- sufren descrédito, y la administración de Peña Nieto ve cómo su triunfalismo reformista naufraga ahora en medio de la violencia y la criminalidad. Las fichas se le están acomodando a López Obrador. El “¡Ya basta!” que en todas partes se oye puede ser el preludio de un deseo de cambio en que los electores actúen a la desesperada a falta de una alternativa confiable. Quien ofrezca una transformación total del país lleva las de ganar. El 2018 parece muy lejano, pero está muy cerca: es mañana. Si las instituciones siguen desgastándose, si no se pone freno a la rampante corrupción, si prevalecen las condiciones de inseguridad reinantes, Andrés Manuel López Obrador será el próximo presidente de México. ¿Será eso para bien o para mal? Nadie hoy puede decirlo. Pero así están las cosas, y en las actuales circunstancias hacer ese intento de profecía no es difícil... Te has calzado este día, inane escribidor, los elevados coturnos del arúspice. Ponte ahora las llanas chancletas del juglar y narra un cuentecillo final que haga caer el telón sobre tu columneja. James Bond estaba bebiendo en la barra de un elegante pub en Dublin. Junto a él se hallaba una exuberante rubia. Bond echó una ojeada a su reloj. Le preguntó la mujer: “¿No llega la persona a quien esperas?”. “No espero a nadie -respondió el agente 007-. Simplemente estaba revisando mi nuevo reloj espía”. “¿Reloj espía?” -se intrigó la rubia. “Sí -confirmó Bond-. Me habla y me dice todo lo que está sucediendo en torno mío”. “¿Ah sí? -dudó la mujer-. ¿Qué te está diciendo ahora?”. Respondió el 007: “Me dice que no traes panties ni brassiére”. Se rió la muchacha y declaró: “Tu reloj se equivoca totalmente. Sí traigo traigo brassiére y panties”. “¿Cómo es posible? -se sorprendió Bond-. Ah, ya sé. Olvidé lo del nuevo horario, y el reloj va adelantado”. FIN.

MIRADOR

He subido por la vereda al alto monte. ¿Recuerdas, Terry, cuando me acompañabas? Entonces eras perro joven, y siempre te adelantabas a mi paso. Luego, con los años, caminabas a mi lado. Después envejeciste, y yo debía esperarte para ir juntos.

Ayer, como te dije, fui a la montaña. Subí lentamente, igual que tú, pero pude llegar hasta la cima. Desde la cumbre vi el Potrero. Las casas parecían ovejas blancas que se hubieran detenido a descansar a la mitad del valle.

Sentí que estabas conmigo, Terry, mirándome mientras yo miraba. Hace mucho tiempo que te fuiste, y sin embargo aún estás aquí. Si te hubiera escuchado ladrar no me habría sorprendido.

De pronto vi a alguien que me veía. Me pareció conocido y fui hacia él. Era yo mismo, Terry. En la montaña uno se encuentra siempre a sí mismo. No nos dijimos nada: estamos acostumbrados a entendernos en silencio. Pero de pronto me dijo lo mismo que te dije a ti: “¿Recuerdas?”. “Sí, recuerdo” -le contesté. También en los recuerdos se encuentra uno.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Obama en problemas.”.

Su desazón adivino,

y adivino su recelo.

(Si le sirve de consuelo,

voltee a ver a su vecino).