De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Unos jóvenes casados fueron a pasar el fin de semana en su cabaña del bosque. Hacía mucho frío, de modo que él salió a partir leña para encender la chimenea. Al regresar le dijo a su mujercita: “Traigo las manos heladas”. Le sugirió ella, amorosa: “Ponlas entre mis piernas; así se te calentarán”. Poco después él salió de nuevo a traer agua del pozo. Al volver le dijo a su dulcinea: “Otra vez se me enfriaron las manos”. Ella repitió la recomendación: “Si las pones entre mis piernas se te calentarán”. A poco él tuvo que salir por tercera vez, ahora para quitar la nieve que obstruía la puerta. Regresó y le dijo a su amada: “De nuevo se me enfriaron las manos”. “¡Con una!” -se impacientó ella-. ¿Qué nunca se te enfrían las orejas?”. (No le entendí)... En los últimos días han sido apresados algunos cabecillas importantes del tráfico de drogas. Pensar que tales detenciones harán que disminuya ese ilegal comercio es necedad. Ya se ha dicho que la guerra contra el narcotráfico es imposible de ganar. Y es que en verdad el problema no está en quienes trafican la droga, sino en quienes la consumen. Mientras haya alguien que compre drogas habrá alguien que las venda. En el pasado los gobiernos de los países, con muy buen sentido, se hacían de la vista gorda ante eso. Reconocían la imposibilidad de luchar contra el comercio de lo que se llamaba “sustancias prohibidas”, y permitían entonces, siquiera fuese disimuladamente, que quien quisiera joderse a sí mismo consumiéndolas ejercitara su libertad y se jodiera. Pero de pronto los Estados Unidos advirtieron que a su preciosa juventud se la estaba llevando el carajo, y emprendieron esa guerra tan inútil y costosa en vidas y en dinero como la que en los años veinte hicieron contra la venta del alcohol. De nada les sirvió esa nefasta experiencia. Los aliados del poderoso país, vale decir sus subordinados -México entre ellos-, hubieron de someterse a sus dictados, e hicieron igualmente la guerra al narcotráfico. Cuando el vecino cerró sus fronteras al ingreso de la droga parte de ella se quedó aquí, con lo que se creó un mercado interno cuyas plazas empezaron a ser disputadas ferozmente por los diversos carteles. Antes esos grupos delincuenciales no se metían con la población civil. Todo estaba arreglado de tal modo que ni siquiera se notara la producción y trasiego de la droga. Cuando empezaron a ser combatidos, y sus actividades se dificultaron, cuando vieron disminuidas sus ganancias, los narcotraficantes compensaron esas pérdidas recurriendo a otras actividades que han herido hasta lo hondo a la sociedad, especialmente el secuestro y la extorsión, con su secuela de espantosos crímenes. Si se despenalizara el consumo de las drogas, igual que en el pasado siglo se hizo desaparecer en Estados Unidos la prohibición de la venta y consumo de licores, si se regulara el comercio de las drogas y se permitiera que cada quien hiciera uso de su libertad consumiéndolas o no, la violencia generada por el narcotráfico descendería considerablemente. No digo que los otros delitos desaparecerían, pero se les podría combatir más y mejor al liberarse los recursos en dinero y personal que ahora se emplean para tratar -inútilmente- de poner freno al comercio de las drogas... Con lo dicho queda cumplido por hoy mi deber de orientar a la República. Puedo entonces narrar un chascarrillo final que alivie la gravedumbre de la anterior peroración... La joven penitente fue a confesarse con el señor cura. “Me acuso, padre -díjole-, de haber hecho cosas malas con mi novio”. “Cuenta, cuenta” -le pidió el sacerdote acomodándose bien en el asiento del confesonario. La muchacha empezó a relatar: “Estábamos en la sala de mi casa, solos, y él empezó a besarme”. “¿Y luego?” -preguntó el confesor. “Luego empezó a acariciarme donde no debía”. “¿Y luego?”. “Luego yo empecé a acariciarlo a él donde no debía”. Inquirió el cura respirando con agitación: “¿Y luego?”. “Luego me despojó de la pequeña prenda que estorbaba la culminación de esas caricias, y me tendió sobre el sofá. Yo, arrebatada de pasión, me dispuse a recibirlo”. Preguntó ansiosamente el confesor: “¿Y luego? ¿Y luego?”. Dijo la muchacha: “En ese momento oímos que llegaba mi mamá, y ahí terminó todo”. Exclama exasperado el sacerdote: “¡Ah, vieja inoportuna!”... FIN.

 

MIRADOR

Me habría gustado conocer a George Peppard.

Artista de cine, no fue un extraordinario actor de esos que dejan imborrable huella. Sus actuaciones fueron siempre de calidad mediana, excepción hecha, quizá, de la vez que participó al lado de Audrey Hepburn en “Breakfast at Tiffany’s”, una película que se recuerda.

Ciertas palabras suyas, sin embargo, me hicieron sentir el deseo de haberlo conocido. Dijo en una entrevista: “Algunos hombres pueden vivir solos. Yo no. Necesito siempre a mi lado una mujer. Las mujeres me agradan, sean bebitas o sean ancianas, con todos los puntos intermedios. Pienso que sin la mujer la vida es imposible”.

Me habría gustado conocer a George Peppard.

Yo podría poner mi firma en sus palabras, pues pienso igual y me sucede lo mismo que le sucedía a él.

¡Hasta mañana!...

 

MANGANITAS

“... Ganó la Selección Nacional...”.

En futbol, según entiendo,

nuestro país es capaz.

Qué bien, porque en lo demás

hoy por hoy está perdiendo.