De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Aquella chica estaba ligeramente embarazada. Le dijo a su galán: “¿Ya se te olvidó que me prometiste casarte conmigo?”. “No se me ha olvidado -replicó el cínico individuo-. Pero dame un poco más de tiempo y se me olvidará”. Fui a la cuna de la civilización. No estoy hablando de Saltillo: me refiero a Atenas, la eterna capital de Grecia, ciudad fundacional del pensamiento filosófico, de la belleza, de la democracia y de otras galas del mundo de occidente cuyos frutos perviven hasta hoy (9 de octubre de 2014). Mi esposa y yo fuimos allá gracias a la invitación que me hizo Tarsicio Navarrete Montes de Oca, nuestro embajador en México. Tarsicio es hombre amable, afable, que ama profundamente a México y lo representa con tino y elegancia. En la residencia de la embajada, de la cual es cálido anfitrión junto con su gentil esposa Luz María, se cultivan y dan a conocer las buenas cosas mexicanas: la comida y la canción, el arte y la cultura. A Tarsicio y Luz María les expreso mi agradecimiento, lo mismo que al eficiente Ministro Fernando Sandoval, y a su señora Martha, igualmente gentilísima. Gracias también al cordial personal de la embajada: a Rosa, a Paloma, a Mihalis y Sebastián. En Atenas dicté tres conferencias. Peroré primero en Asclaye, sitio de reunión de los latinoamericanos, donde campean el donde de gentes y el grato humor de don Gerónimo Vázquez, su presidente. Luego tuve el honor de hablar en el Instituto Cervantes, casa de España en Grecia, que preside con señorío su director, don Víctor Andresco. Ahí una hermosa dama griega, traductora oficial de la ONU, me dijo al final unas lindas palabras: “Me sería muy difícil traducir sus conferencias. Son una obra de arte, y la belleza no se puede traducir”. Estuve luego en Abanico, institución dirigida con brillo por Leonora Moroleón, donde se enseñan las lenguas romances a los atenienses. ¡Qué sonoro aplauso recibí ahí de los estudiantes! Un orgullo adicional: por un feliz encadenamiento de las circunstancias nuestra visita a Atenas coincidió con la presencia ahí de la doctora María Leoba Castañeda Rivas, la primera mujer en ser electa directora de la Facultad de Derecho de la UNAM. Conocer y tratar a la prestigiada jurista fue para mí un honor, y más cuando me convocó a regresar a mi alma mater. Lo haré, si la vida me autoriza, y llevaré conmigo mis recuerdos de estudiante joven y mi agradecimiento de hombre añoso que nunca olvida lo que ahí aprendió. Otro hecho felicísimo: asistí con mi mujer a la celebración de nuestra Independencia, en el hermoso patio del Museo Bizantino. Es la fiesta que más espera el mundo diplomático de Atenas, por la alegría y colorido de ese festejo mexicano. Asistieron casi todos los embajadores de los países que tienen representación en Grecia, y acudieron también cientos de mexicanos y latinos. Desde un balcón del bellísimo recinto el embajador Navarrete dio con emoción el Grito, y sus vivas a México fueron coreados por el entusiasmado público. La noche se vistió con el lujo de la actuación de un grupo de artistas encabezados por José Guadalupe Palacios y su asistente Ana. Deslumbraron a la concurrencia con su música y su danza. En verdad me sentí orgulloso de ellos: de Hugo Daniel Mellado, que canta hermosamente lo mismo las canciones vernáculas de México que la canción del mundo; Rodrigo Ilizaliturri, pianista extraordinario; Jazmín Luévano, soprano talentosa; Gilberto Cruz y Mónica López, cuyos bailables fueron ovacionados por la gente. Conservaré la memoria de este viaje como una de las más bellas de mi vida. Por ella le doy gracias a mi nuevo amigo, Tarsicio Navarrete, que tan en alto ha puesto siempre el nombre de nuestro país. Un sujeto se presentó en la Procuraduría del Consumidor. Dijo: “Mi mujer tiene una semana perdida. No la encuentro”. Le contestó un funcionario: “Ese asunto no es de nuestra competencia. Debe usted ir a la policía”. “¡No! -se alarmó el tipo-. ¡Ellos sí la encuentran!”. La señora llamó por teléfono al conserje del edificio. Le dijo: “Me está goteando el caño principal”. Respondió el hombre: “Le agradezco la confidencia, señora, pero creo que debería guardarse para usted misma sus intimidades”. FIN.


MIRADOR

 ¿Llegaron sin presentarse y me dijeron:

-Somos los puntos sobre las íes.

Me desconcerté al verlas, pues no las esperaba. Les pregunté, dudoso:

-Y ¿en qué puedo servirlas?

Me dijeron:

-Estamos cansadas ya de que nos pongan. Todo mundo dice eso de poner los puntos sobre las íes. ¿Por qué no dicen también “poner los acentos”? ¿Por qué no usan otras letras y hablan, por ejemplo, de poner la diéresis en la u?

Oí su queja y la encontré sumamente razonable. Quise, sin embargo, poner los puntos sobre las íes. Iba a hacerlo, pero me contuve por su actitud beligerante.

Callé entonces, no fuera que los puntos sobre las íes me pusieran los puntos sobre las íes a mí.

¡Hasta mañana!...


MANGANITAS

“... Siguen los conflictos en Iguala.”.

 Por eso ayer pregunté

-preguntar no está de sobra-,

y lo hice con gran zozobra:

“Iguala, sí. Iguala ¿qué?”.