De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES


Lord Feebledick era conservador. Lo era porque tenía mucho qué conservar: su apartamento en Londres, su casa campestre en Highrumpshire, su Bentley, su coto de caza, sus caballos y sus perros. Tan conservador era que había aprendido de memoria el poema If, de Rudyard Kipling, de inspiración imperialista. En la reunión anual de la Brigada Quinta de Lanceros, de la cual fue capitán en Delhi, le sugería en voz baja al compañero que tenía al lado: “Pide que recite If”. “If what?” -le preguntaba indefectiblemente el compañero. En cambio lady Loosebloomers, su esposa, era liberal, y hasta algo socialista. Leía a ese irlandés de ideas subversivas, mister Bernard Shaw, y cada mes daba dinero para el sostenimiento de un falansterio al estilo Fourier donde se practicaba el amor libre y se jugaba bridge. A pesar de la oposición de sus ideas los esposos se llevaban bien, pues  rara vez se veían. Sólo tuvieron una discusión el día que ella declaró que la Reina Victoria había sido una tonta, pues cuando su apuesto consorte, el príncipe Alberto, le hacía el amor, ella cerraba los ojos, apretaba los puños y los dientes y se ponía a pensar en Inglaterra en vez de disfrutar la varonía de aquel hombre tan guapo. “¡Qué desperdicio de pija!” -manifestó lady Loosebloomers desenfadadamente. Eso encalabrinó a lord Feebledick, no por la idea expresada, sino por la expresión vulgar que usó su esposa para manifestarla. Como buen conservador milord ponía las formas por encima de todo. Se vestía para cenar y nunca faltaba a la iglesia. La vez que sorprendió a su esposa refocilándose con el caballerango la reprendió severamente: “Peca, mujer, pero no te encanalles”. Días después la encontró en brazos y todo lo demás de lord Grandprick, dineroso terrateniente que en Oxford había formado parte del equipo de regatas. Entonces felicitó a su esposa. “Muy bien -le dijo-. Advierto que ya vas mejorando”. La historieta me sirve de preámbulo, introito, prolegómeno, exordio, proemio o prefación para decir que no me convence mucho eso de los cascos azules. No es que yo sea conservador, pero pienso que México ha sido siempre una nación pacifista. No se nos da mucho eso de andar a las patadas con gente que ni conocemos. Me temo que Obama le “sugirió” a Peña Nieto la conveniencia de que México se sumara a esa acción militarista, y nuestro presidente, a pesar del color de los cascos -azul panista- hubo de acceder, pues ya se sabe que una sugerencia de los Estados Unidos es un ucase para México. ¿Pedirá por lo menos Peña Nieto que el contingente mexicano lleve cascos rojos, color que identifica a los priistas?... Decía un individuo: “Mi mujer tiene doble personalidad, y a las dos las odio”. El director del manicomio le anunció a su prometida que pasarían la luna de miel en el establecimiento. “¿Por qué?” -se asombró la muchacha. Explicó él: “Porque vamos a follar como locos”. La señora, preocupada, le informó a su esposo que había hecho un penoso descubrimiento: Acnerito, su hijo adolescente, incurría en placeres solitarios. Debía hablar con él inmediatamente. Al punto fue el señor a la recámara del chico y le advirtió con voz severa: “Si sigues haciendo lo que tu mamá me dice que haces, te quedarás ciego”. El muchacho le respondió agitando los brazos: “¡Acá estoy, papá!”. Don Geronte, señor de edad madura, casó con Pomponona, frondosa mujer en flor de edad y dueña tanto de abundantes carnes como de fuertes impulsos de erotismo. Cuando llegaron al hotel donde pasarían la noche nupcial don Geronte sufrió un síncope motivado quizá por la tensión que le causaba el compromiso que pronto iba a afrontar. El administrador del hotel llamó a los paramédicos, y éstos acudieron prontamente en auxilio del postrado caballero. Después de examinarlo uno de ellos le dijo a Pomponona: “El problema de su esposo no es grave, señora. Necesita sólo unas palabras de estímulo que lo hagan ponerse en pie. Dígale usted esas palabras de ánimo”. Se acercó Pomponona a su caído cónyuge y le dijo con acento perentorio: “Levántate, Geronte, o tendré que consumar el matrimonio con uno de estos jóvenes y guapos paramédicos”. FIN.

 

MIRADOR

Llegó el otoño y dijo con neblina: “Aquí estoy”.

Me gusta este amable visitante que anuncia el descanso de la tierra después de la inquietud primaveral y las fatigas veraniegas. El otoño es como un grato bostezo que precede al sueño del invierno.

Ahora mi mundo es color de oro. Los árboles, antes de desnudarse para dormir, se visten de anaranjado y ocre. No temo la llegada del invierno, pues gocé los días primaverales y recogí los frutos del estío. Tras el invierno vendrá otra primavera. No la conozco -no conocía tampoco la que viví-, pero estoy cierto de que llegará. Siempre llega una nueva primavera.

Por hoy disfruto de mi otoño. Estoy juntando mis recuerdos para recordarlos luego, cuando me llegue el tiempo en que lo único que podré hacer será recordar lo que hice y arrepentirme de lo que no hice. Llegarán esos días invernales, y los recibiré con el mismo ánimo sereno con que ahora escucho al otoño que me dice: “Aquí estoy”.

¡Hasta mañana!...

 

MANGANITAS

“. Baja la temperatura.”.

Este frío de los demonios,

Con todas sus malas artes, causará que en muchas partes aumenten los matrimonios.