De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Doña Frigidia, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión fue al cine a ver la película “Los últimos días de Pompeya”, y su sola presencia en la sala cinematográfica hizo que se congelara la lava del Vesubio. Cierta noche su esposo, don Frustracio, le pidió la realización del acto que por disposición de las leyes humanas y divinas sirve para perpetuar la especie y sedar la natural concupiscencia de la carne. Ella, como de costumbre se negó. Le dijo que tenía jaqueca. Don Frustracio le ofreció ponerle un par de chiqueadores, remedio casero casi olvidado ya consistente en dos pequeñas rodajas de papel o de hojas vegetales que, a veces untadas con sebo, se aplican en las sienes para quitar el dolor de cabeza. Ella manifestó que desconfiaba de la utilidad de ese recurso, y más cuando en verdad no tenía cefalalgia. Reiteró el señor su pedimento. Le dijo a la señora que hacía mucho tiempo no accedía ella al trato connubial. “La última vez que lo hicimos -recordó- fue cuando Nolan Ryan, celebrado pitcher, lanzó su quinto juego sin hit ni carrera, y eso fue justamente un día como hoy, pero de 1981”. “¿Y ya quieres otra vez? -prorrumpió escandalizada doña Frigidia-. ¡Eres un erotómano, un maniático sexual!”. A don Frustracio le dio bastante sentimiento oírse llamar así, pues era hombre espiritual -leía a Amado Nervo y hacía crucigramas-, y tales adjetivos lo lastimaron mucho. Su esposa se apenó. Le dijo: “Está bien: accedo a tu solicitud. Pero mientras tú lo haces yo me pintaré las uñas, porque mañana andaré muy ocupada. Procura entonces hacerlo evitando cualquier agitación”. Feliz de poder disfrutar al fin los goces de himeneo don Frustracio no sólo realizó el acto en la conocida posición del misionero, sino también con reserva misional, tanto que la señora pudo llevar a cabo sin estorbos su tarea. Por primera vez en su vida de casados terminaron los dos al mismo tiempo, don Frustracio el acto natural, doña Frigidia su pintura de uñas. “¡Mira! -exclamó feliz el marido-. ¡Ya estamos alcanzando la armonía sexual!”. Al igual que los economistas yo no sé mucho de economía. Sin embargo desde que tengo uso de razón -de unas semanas a la fecha- he advertido que en México la macroeconomía anda siempre muy bien, en tanto que la microeconomía anda siempre muy mal. Los voceros oficiales hablan de estabilidad, del buen crédito que nuestro país tiene en el extranjero, pero esas ventajas no se reflejan nunca en bienestar para los mexicanos, especialmente para quienes forman ese gran contingente de pobres que suma ya más de la mitad de la población. Me atrevo a sugerir, entonces, que la macroeconomía se aplique a la gente, y la microeconomía a las finanzas internacionales. Así las cosas andarán mejor, y el pueblo mexicano podrá disfrutar de los bienes sociales en que se finca una vida digna. Claro, vuelvo a decir que no sé mucho de economía. Pero ¿habrá alguien que sepa de economía?. El empleado de don Algón le preguntó a la secretaria del ejecutivo: “¿Cómo hiciste para obtener el aumento de sueldo que te dio el jefe?”. Respondió ella: “Podría decírtelo, pero esa información a ti no te servirá de nada”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, les comentó a sus amigos: “Me gusta el sexo seguro. Antes de hacerlo le pregunto a mi pareja a qué horas regresará su marido”. El primer día de clases la maestra instruyó a los niños: “Si alguno de ustedes siente ganas de ir al baño, levante la mano”. Preguntó Pepito: “¿Y con eso se quitan las ganas?”. Tres secretarias platicaban a la hora del café. Dijo una en voz baja: “Ayer vi un preservativo en un cajón del escritorio del jefe”. Dije la segunda: “Yo también lo vi, y con mis tijeras le hice un agujerito”. Al oír eso la tercera secretaria se puso pálida y exclamó: “¡Dios mío!”. Antes de empezar el amoroso trance el galán le preguntó, cauteloso, a su dulcinea: “¿Tomaste la pastilla?”. “Sí” -respondió ella. Se llevó a cabo entonces la natural acción. Unas semanas después la muchacha le reveló a su novio, llorosa, que a consecuencia de lo que hicieron aquel día estaba un poquitito embarazada. “¿Cómo es posible? -se consternó él-. ¡Me dijiste que habías tomado la pastilla!”. “Y me la tomé -replicó ella-. Era de menta”. FIN.


MIRADOR

Llegó sin anunciarse y se presentó:

-Soy el número uno. Estoy acostumbrado a oír a muchos que dicen ser el número uno, de modo que le pregunté:

-¿Está usted seguro de ser el número uno?

-Seguro estoy -respondió él-. Si no me cree pregúntele al número dos.

Llamé a ese número y le pregunté si el número uno era en verdad el número uno.

-Lo es -respondió el número dos-. Pero yo soy dos veces el número uno.

Quedé confuso al oír esa respuesta, y se la trasmití al uno. Él quedó igualmente confundido, y dijo: -Si el número dos es dos veces el número uno, entonces el tres lo es tres veces, y cuatro el cuatro, y así sucesivamente.

-Piensa usted bien -le dije-. Todos, en mayor o menor medida, somos el número uno.

¡Hasta mañana!...


MANGANITAS

“. Seguirá lloviendo.”.

No es que de augur me las eche, pero una idea se fragua:

si sigue habiendo tanta agua

se producirá más leche.