De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Don Languido, senescente caballero, llegó a su casa llevando un trombón que acababa de comprar. Sin decir palabra, y ante el asombro y estupefacción de su mujer, procedió a tocar varias escalas en el sonoro instrumento, y luego -con ciertas dificultades, y algo desafinado- interpretó la Meditación de “Thaïs”, obra del gran compositor francés Jules Massenet (1842-1912). Al terminar la demostración le dijo don Languidio a su esposa en tono al mismo tiempo ufano y retador: “¿Qué tal, mujer? ¡Y tú que decías que ya no soplo!”... Las damas de la Sociedad Protectora de Animales hacían campaña en las escuelas. Una de ellas le preguntó a Pepito: “Dime, buen niño: tu mamá ¿tiene un abrigo de piel?”. “Sí -contestó él-. Es un abrigo de piel de zorro”. Le dijo la mujer, ceñuda: “¿Y no te has puesto a pensar en lo que tuvo que sufrir el infeliz animal de donde salió esa piel?”. “Claro que he pensado en eso -respondió Pepito con tono de conmiseración-. ¡Pobre de mi papi!”... Don Martiriano, el abnegado esposo de doña Jodoncia, se topó con un amigo al que no veía desde los tiempos de la juventud. “Supe que te casaste -le dijo el amigo a don Martiriano-. ¿Cómo te ha ido en tu matrimonio?”. Respondió él: “No me puedo quejar”. “¿Te va bien?” -volvió a preguntar el amigo-. “No -confesó tristemente el lacerado-. No me puedo quejar, porque si me quejo me mata mi mujer”... Astatrasio Garrajara y Empédocles Etílez, ebrios consuetudinarios, dieron cima por fin a su farra de varios días. Empédocles tenía miedo de llegar a su casa: lo asustaba la iracundia de su cónyuge, brava hembra que no se recataba para gritarle pesias y maldiciones que se oían en todo el vecindario. En cambio Astatrasio se veía tranquilo. “Te apuesto -le dijo a su contlapache- que al llegar a mi casa las primeras palabras que me dirá mi mujer serán: ‘Hola, amorcito’”. Llegaron los dos, en efecto, a la casa de Astatrasio. Su mujer, obvio es decirlo, estaba hecha un obelisco. (Nota de la redacción: Seguramente nuestro amable colaborador quiso decir “hecha un basilisco”). “Hola, amorcito” -la saludó tímidamente Garrajara. “¡Hola amorcito madres! -prorrumpió la mujer hecha una furia-. ¿Dónde andabas, cabrísimo grandón?”. Y así diciendo arremetió contra él... ¡Sí, pero sus primeras palabras fueron las que predijo el temulento!... Bucolio, labriego campesino, le dijo con cierta envidia a su compadre Eglogio: “Veo, compadre, que trae usted otro sombrero, otra camisa, otro pantalón y otros huaraches”. “Son un regalo sorpresa de mi vieja” -dijo orgulloso Eglogio. “¿De veras?” -preguntó Bucolio con admiración. “Sí -confirmó Eglogio-. Anoche regresé del pueblo cuando mi mujer no me esperaba, y ahí estaba todo eso, en una silla al lado de la cama”... Un tipo le dijo a otro: “Soy de las familias más apretadas de la ciudad”. “¿Ah, sí? -se interesó el otro-. ¿Eres aristócrata?”. “No -respondió el tipo-. Vivo en una casa de interés social”. La construcción de vivienda popular es importante. Sucede, sin embargo, que esas viviendas son a veces de tamaño tan reducido que parecen departamentos de lujo. Para que sus moradores entren tiene que salirse el sol. No cabe en ellas ni una duda. Toda persona tiene derecho a vivir en una casa digna, no en un chiribitil. No es bueno que de la promiscuidad de un cuarto de vecindad se pase a la promiscuidad de una casucha de reducidísima dimensión por la cual el trabajador debe entregar una buena parte de su salario. La construcción de esas viviendas ha de tomar en cuenta, ciertamente, la legítima ganancia que el constructor tiene derecho a obtener, pero debe considerarse siempre un factor ético que mire al bienestar de las familias, a la dignidad de su vida. La novia resultó más apasionada de lo que el novio suponía, y en la noche de bodas lo hizo objeto de repetidas demandas amorosas. Una demanda amorosa. Dos demandas amorosas. Tres demandas amorosas. El exhausto desposado obsequió, ya con notorio esfuerzo, la cuarta demanda amorosa, y al terminar de hacerlo dejó escapar un silbido al mismo tiempo de asombro y agotamiento: “¡Fiu!”. “¡Feblicio! -se enojó la noviecita-. ¿Viniste a hacer el amor o a chiflar?”. (¡Todavía quería más la ávida fémina!). FIN.

 

MIRADOR

Cuando el hijo mayor de don Abundio cumplió 5 años de edad declaró su intención de ser él quien les diera el maíz a las gallinas y llevara a la vaca a comer hierba. Su padre le preguntó por qué.

-Porque quiero trabajar -dijo el chiquillo.

Don Abundio lo tomó de la mano y lo llevó a donde estaba el árbol seco.

-Si quieres trabajar riega todos los días este árbol.

Desde entonces lo primero que hacía el niño en la mañana era llenar un botecito de agua y echarla al pie del tronco muerto.

-¿Por qué le pediste eso? -se molestó la esposa de don Abundio-. Ese palo está seco; nunca va a retoñar.

-El que quiero que retoñe es él -contestó el padre.

-Y creo que retoñé -me cuenta Abundio hijo-. A los pocos días me dijo mi papá: “Ya demostraste que sabes obedecer. Ahora puedes mandarte tú solo. Escoge el trabajo que quieras hacer”.

No sé si los educadores aprobarán el método de don Abundio. Yo lo apruebo. Hizo de su hijo un hombre libre. Entiendo que en eso consiste la obra de educar.

¡Hasta mañana!...

 

MANGANITAS

 “... Siguen divididos los perredistas.”.

             De política no sé,

            pero haré una predicción:

            seguirá la división

            mientras haya PRD.