De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Discutían un español y un mexicano acerca de quiénes eran más tontos, los españoles o los mexicanos. Le propuso el mexicano al español: “En el pueblo hay dos tiendas de abarrotes: la de Pancho el mexicano y la de Venancio el español. Vayamos a las dos, y te haré una demostración”. Llegaron primero a la tienda del peninsular. “Venancio -preguntó el mexicano-: ¿tienes velas con el pabilo para abajo?”. “¿Velas con el pabilo para abajo? -se rascó Venancio la cabeza-. No, no hay. Todas las velas llevan el pabilo para arriba”. Dio las gracias el mexicano, y luego se dirigió con su amigo a la tienda de Pancho. Le preguntó: “¿Tienes velas con el pabilo para abajo?”. “¿Velas con el pabilo para abajo? -dudó Pancho un milésimo de segundo-. Sí, sí hay”. Tomó un puñado de velas comunes y se las dio al cliente volteadas hacia abajo. Con acento de triunfo le dijo el mexicano al español. “¿Lo ves?”. Protestó con enojo el de la Madre Patria: “¡Oye, tú! ¡El hecho de que Pancho tenga su tienda mejor surtida que Venancio no significa que sea más inteligente!”... Un rico estadounidense contrató a un mexicano para que le cuidara su casa, pues iba a hacer un largo viaje. “Yo encargarte mucho a mi perro -le dice-. Ser un animal muy inteligente: saber sumar, restar, multiplicar y dividir, para lo cual dibujar con la pata derecha los números en la tierra del jardín. Yo darte dinero para su alimento. Tú comprarle croquetas de las más caras y agua Perrier, pues él no tomar de otra”. Le dio el míster al mexicano una muy buena cantidad de dólares al mexicano para la atención del perro, tras de lo cual emprendió el viaje. El paisano, desde luego, se embolsó los dólares, y le daba al desdichado can las sobras de su comida. Acostumbraba el tipo comer mucho chile, de modo que cuando el yanqui regresó a la casa halló al lacerado perro arrastrándose de pompas en la tierra, por la picazón que sentía en salva sea la parte. “Oh my God¡ -clamó el americano con desesperación-. ¿Qué haberle hecho tú a mi perrito?”. “Nada, mister -respondió muy tranquilo el mexicano-. Lo que pasa es que estaba haciendo unas operaciones matemáticas, y yo creo que se equivocó en una, porque la está borrando”... En los cuentos y chistes los mexicanos salimos siempre bien librados. Y es que nosotros mismos los hacemos. Con el bálsamo del humor aliviamos nuestras pesadumbres. En eso somos diestros: sabemos reír de todo, incluso de nosotros mismos. Ese humor no es una forma de evasión; es un modo de plantarle cara a la realidad, de decirle: “Aquí estamos todavía, pese a todo, y a pesar de todo aquí seguiremos”. Nos duele la pobreza de tantos mexicanos; nos agobia la inseguridad; nos irrita la rampante corrupción; padecemos una casta política onerosa. Y sin embargo no dejamos de reír. Nos gusta la fiesta y la canción; nos gusta tirar cohetes al aire y darle palos a la piñata. Tenemos cada quien una infinita cohorte de parientes, amigos y compadres con quienes compartimos el gozo de vivir. No es que seamos inconscientes: es que tenemos conciencia de la brevedad de este sueño que se llama vida, y la vivimos con intensidad, ricos o pobres, desdichados o felices. Alguna vez se habló de la melancolía del mexicano. Muy alegre es esa melancolía, si me es permitida la paradoja. En estos días septembrinos, cuando el país se llena de banderitas tricolores, reflexioné sobre nuestro modo de ser, y no encontré lugar para el reproche. Tenemos defectos grandes, ciertamente, algunos graves y mayúsculos -¿quién no los tiene?-, pero entre ellos no está el de no saber gozar la vida. Me pregunto si habrá una sabiduría mayor. En la estación orbital los astronautas veían pasar los satélites que surcaban la bóveda celeste. “Ése es americano” -dijo uno de los cosmonautas. “¿Cómo lo sabes?” -preguntó el otro. Replicó el primero: “Lleva la bandera de las barras y las estrellas”. A poco pasó otro satélite. “Ése es japonés” -señaló el astronauta-. Lleva el símbolo del sol naciente”. Pasó un tercer satélite. “Ése es mexicano” -declaró el que hablaba “¿Cómo lo puedes decir? -se asombró su compañero-. No trae ninguna bandera, ni símbolo alguno”. “Así es -admite el astronauta-. Pero en la defensa trasera lleva un letrero que dice: ‘¿A que no me pasas?’, y en la delantera otro que dice: ‘¡A tu hermana, güey!’”...  FIN

 

MIRADOR

El año de 1220 los frailes misioneros fueron a Alemania.

Italianos, ni una sola palabra sabían de alemán. Pero vieron a una mujer que preguntaba algo a un mendigo. El pordiosero dijo “Ja”; la mujer trajo un pan y se lo dio.

Desde entonces ellos respondían “Ja”, que quiere decir sí, a todo lo que les preguntaban. Decían “Ja” sonriendo, y les daban agua y comida.

Cierto día llegaron a un pueblo. El extraño aspecto de los forasteros llamó la atención del señor de la comarca.

-¿Vienen ustedes a predicarnos herejías? -les preguntó ceñudo-. ¿Han llegado a turbar a mi gente, que practica la religión católica?

Los frailecitos, sonrientes, contestaron:

-Ja.

El poderoso señor los hizo apalear y los redujo a cárcel.

Lo que he narrado no es jocosa invención o puro cuento. Les sucedió a los primeros padres franciscanos que salieron de Asís a predicar. El relato tiene una moraleja: aun los que hacen el bien han de aprender a decir no. Con una sonrisa siempre, pero a veces es necesario decir no.

¡Hasta mañana!...

 

MANGANITAS

 “. Está mejorando la economía, afirman los voceros oficiales.”.

¿Mejora la economía?

Por favor, díganme cuál, porque yo la veo muy mal (en particular la mía).