De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Al terminar el trance erótico el avezado galán le dijo a la inexperta chica: “Quiero darte las gracias, Dulciflor, por las dos veces que hicimos el amor”. “¿Dos veces? -se sorprendió ella-. Fue una nada más”. “No -la corrigió el tipo-. Fueron dos: la primera y la última”... El conserje del teatro fue con el gerente. “Señor -le dijo-. Me puse a limpiar el sótano, y encontré una tuba vieja que ya no sirve. ¿Me la puedo llevar a mi casa?”. “¿Para qué la quieres? -se extrañó el gerente-. Dices que ya no toca”. “No la quiero para tocarla -dijo el tipo-. Se me ocurrió que puede servirle a mi mujer para sus baños de asiento”... El señor llamó por teléfono al doctor de la familia. “Mi esposa amaneció enferma -le dijo-. Por favor venga a verla”. “Iré en el curso de la tarde” -le contestó el médico. (Esto que narro sucedió hace muchos años, cuando los médicos aún hacían visitas a domicilio). Preguntó el marido: “¿Debo hacer algo mientras tanto?”. “Sí -le indicó el doctor-. Tómele la temperatura con un termómetro rectal”. Por la tarde, en efecto, llegó el facultativo. Le preguntó al hombre: “¿Le tomó la temperatura a su señora con el termómetro rectal?”. “Sí, doctor -respondió él-. Hice lo que usted me indicó”. Quiso saber el galeno: “¿Qué marcó el termómetro?”. Respondió el tipo: “Marcó: ‘Frío, húmedo y airoso”’. “No entiendo -dijo perplejo el doctor-. A ver, muéstreme el termómetro”. El tipo se lo trajo. Dijo el médico: “Éste es un barómetro, no un termómetro rectal”... Llegó la señora a la tlapalería y le preguntó al dependiente: “¿Tienes bolitas de naftalina?”. “No sé qué sea eso, señora -respondió el muchacho-, pero en todo caso puedo asegurarle que soy igual que todos los demás”... Babalucas les contó a sus amigos que había conocido una linda muchacha. “Se llama Legia -les dijo-. Tiene las dos mejores piernas del mundo”. Uno de los amigos le preguntó, dubitativo: “¿Cómo puedes decir eso?”. Respondió Babalucas: “Se las conté”... La chica que se iba a casar le pidió a su amiga: “El día de la boda te pones tu mejor vestido, porque quiero que seas mi dama de honor”. “No tengo” -dijo la amiga-. Preguntó la futura novia: “¿Vestido?”. “No -contestó la amiga-. Honor”... Doña Holofernes y don Poseidón sostenían su enésima riña conyugal. Preguntó ella, desafiante: “¿Conoces a Leovigildo Roncesval?”. “Sí, lo conozco” -replicó don Poseidón. “Pues para que te lo sepas -le dijo doña Holofernes-, quiso casarse conmigo”. “¡Mira! -exclamó don Poseidón-. Ahora me explico por qué cada vez que nos encontramos en la calle se ríe de mí el caborón!”... “Doctor -le dijo una señora al psiquiatra-, a mi marido le ha dado por beber en cantinas de la calle. Estoy desesperada: van varias veces que lo encuentro abrazado a una farola”. “Señora -contestó el analista-, es perfectamente normal que un hombre beba hasta embriagarse. La que necesita tratamiento es usted: es la primera vez que veo a una mujer que tiene celos de una farola”...  Llegó una bondadosa y dulce ancianita a una granja avícola y le preguntó al dueño: “Perdone, señor: ¿tiene usted de los que ponen las gallinas?”. El tipo, divertido por el eufemismo de la viejecita, le contestó sonriendo: “Sí tengo, señora”. “Entonces -dijo la ancianita- venga conmigo y péguele al individuo que me acaba de chocar mi coche”... El señor y su esposa estaban haciendo el amor. Preguntó él: “¿No crees que la pasión se ha alejado de nuestro matrimonio?”. Respondió ella: “Te daré la respuesta en los próximos comerciales”... A la compañía de seguros el incendio de la tienda de don Pirelio le pareció más que sospechoso, de modo que se negó a pagar la póliza. Don Pirelio, entonces, contrató a un abogado. Después de un año de litigio el abogado llamó a su cliente para decirle que había ganado el pleito. Podía ir a su despacho a cobrar el dinero del seguro. Cuando llegó don Pirelio se indignó al ver el porcentaje que el abogado había deducido por concepto de sus honorarios. “¡Carajo! -protestó vehementemente-. ¡Cualquiera diría que el que provocó el incendio fue usted, no yo!”... El joven teniente de artillería acudió ante el general y le pidió tres días de permiso a fin de ir a su pueblo. “¿Para qué necesitas el permiso?” -preguntó el superior. “Mi esposa va a dar a luz” -explicó el artillero. “Muchacho -le dijo el general-. Tú ya cargaste el cañón. Para que ahora dispare no es necesaria tu presencia”... FIN.

MIRADOR

Historias de la creación del mundo.

El Señor hizo el Jardín del Edén. Lo llenó con grandes maravillas, y luego puso en él una maravilla mayor: el hombre. Por último, para dar cima a su obra, puso en el Paraíso la maravilla máxima: la mujer.

Mas sucedió que las criaturas desobedecieron la voz de su Creador, y comieron del fruto prohibido. Aunque no tenían hambre lo comieron. No es de extrañar: casi todos los frutos prohibidos los comen quienes no tienen hambre.

Así, el Señor expulsó del Paraíso al hombre y la mujer. Al cabo de unos días los vio tan apesadumbrados que les construyó un hogar.

-Perdieron un paraíso -les dijo-. Ahora les doy otro. Si saben vivir bien, en paz y con amor, su hogar será un paraíso mejor y más feliz que aquel que yo formé.

¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“... Aumenta el número de adicciones...”.

En medio de ese relajo

que disminuir no parece,

la única que no crece

es la adicción al trabajo.