De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Todas las noches Pepito rezaba devotamente sus oraciones antes de acostarse. Las terminaba siempre  con la misma petición: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá, a mi papá, a mi abuelita y a mi abuelito”. Cierta noche cambió el texto de su ruego. Dijo esa vez: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá, a mi papá y a mi abuelita”. “¿Te fijaste? -le comentó intrigada la mamá de Pepito a su esposo-. Omitió en su oración al abuelo”. Al día siguiente el abuelito amaneció sin vida. Pasaron tres o cuatro semanas, y una noche Pepito dijo en su oración: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá y a mi papá”. “¿Te fijaste? -volvió a decirle la madre de Pepito a su marido-. No mencionó en su oración a la abuela”. En el transcurso de la noche la abuelita pasó del efímero sueño de la vida al otro que no tiene final. Transcurrió un mes. Y una noche dijo Pepito al rezar: “Y por favor, Diosito, cuida a mi mamá”. “¿Te fijaste? -le dijo con espanto el papá de Pepito a su señora-. ¡Esta vez me omitió a mí!”. ¡Oh augurio sombrío! ¡Oh fatal premonición! Toda la noche el desdichado señor estuvo sin dormir; pensaba que en cualquier momento llegaría la parca -Átropos, Láquesis o Cloto- a cortarle el frágil hilo de la vida. Pero pasó la noche y nada sucedió. Amaneció el nuevo día. Un poco más tranquilo el señor estaba a punto de conciliar el sueño cuando el teléfono sonó. Contestó la señora, y después de colgar le dijo a su esposo: “Una mala noticia. El compadre Pitoncio murió anoche”... El nuevo aeropuerto de la Ciudad de México es una obra cuya realización no puede postergarse más. El actual está ya tan saturado como el viaducto en horas pico (las horas pico son de las cero a las 24 horas). A fin de llevar a cabo esa obra tan necesaria deben ponerse en ejercicio dos grandes cualidades que no menciono aquí nominalmente por las limitaciones que la Ley de Imprenta impone a quienes escribimos en los papeles públicos. Existe en derecho la institución llamada expropiación por causa de utilidad pública, de la cual se puede echar mano en este caso si algún pequeño grupo de propietarios o detentadores de los terrenos requeridos -decir “grupúsculo” no se oye bien- se oponga a la realización del aeropuerto. El interés de unos cuantos no puede atentar contra el de millones de personas, y menos cuando ese interés no está justificado. Si en otro tiempo a los gobernantes les faltó lo que al pastel para llevar adelante este proyecto, si en nombre de la prudencia se permitió que con amenazas y demostraciones violentas se detuviera durante años la construcción de una obra indispensable para el desarrollo del país, esa lenidad ya no se puede permitir...  Dulcilí, doncella cándida, le dijo a Afrodisio: “No iré contigo al cine. Sé que me invitas solamente para hacerme objeto de tocamientos y sobos de lascivia, lubricidad, lujuria y voluptuosidad, aunque no sea necesariamente en ese orden”. “¿Cómo puedes pensar tal cosa de mí? -protestó él, ofendido-. Soy un caballero. Además, si por ventura intentara eso, nos vería la gente”. Sugirió tímidamente Dulcilí: “Podríamos sentarnos en la fila de mero atrás”... Le preguntó un amigo a Babalucas: “¿Cómo te fue con la chica con quien saliste anoche?”. “Muy mal -refunfuñó el tontiloco-. Me salió dormilona”. “¿Cómo que te salió dormilona?” -se extrañó el otro. “Sí -explica Babalucas-. Tan pronto la empecé a besar y a acariciar me preguntó ansiosamente que a qué horas nos íbamos a acostar. Me enojé y la fui a dejar a su casa”... El señor y la señora regresaron a su casa después de haber ido al cine, y oyeron ruidos raros en la recámara de su hija. Entraron y ¿qué vieron? Me resisto a decirlo, pero me obliga la proclamación de la verdad: vieron al novio de la muchacha tendido en la cama de la chica, en decúbito supino -vale decir de espaldas sobre el lecho- y cubierto sólo por un poco de loción y un arete que llevaba en la oreja izquierda. La señora, que recientemente había hecho un diplomado en Letras Españolas, exclamó con desesperación: “¡Ay mísera de mí, ay infelice! ¿Dónde está mi hija, grosero, lanudo, brusco?”. Respondió el mozalbete: “En seguida va a caer, señora. Estaba arriba de mí -woman on top-, y con el susto que me dieron ustedes al entrar la aventé. De momento se encuentra estampada en el techo”... FIN.

MIRADOR

Cortazar es una linda ciudad de Guanajuato. Hace tiempo estuve ahí. Muy bello es el paisaje que circunda a esa población. Le ponen marco la Sierra de Codornices, con su precioso Cerrito Colorado, el río de La Laja y las barrancas de Paila y Salitrera, en cuyo fondo crecen helechos con hojas más altas que un hombre alto. 
Cerca están las cuevas de Los Portales. Situadas a uno y otro lado del profundo barranco, esas grutas servían de sitio para una bella tradición que tuvo su apogeo en las primeras décadas del pasado siglo. Cuando había luna llena se organizaban lunadas a las que asistía la juventud del pueblo. Las cuevas de un lado de la barranca eran ocupadas por las muchachas; las del otro por sus jóvenes galanes. Ahí pasarían la velada; ahí dormirían. Cada quien por su lado, claro. A la llegada de la noche se encendían fogatas. Esa era la señal para que empezara un concierto que, estoy seguro, sólo se ha conocido en Cortazar. Con acompañamiento de guitarras empezaban a cantar los muchachos desde su lado del barranco. Desde el suyo les respondían las muchachas con otra canción. Toda la noche duraba ese diálogo de canciones, entonadas a veces por solistas -ella y él- que se cambiaban mensajes del corazón en el lenguaje que sólo entienden los enamorados.
¡Qué bellas deben haber sido aquellas noches de cantos amorosos! La canción del amor siempre es hermosa. Es la canción de la vida.
¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

 “... Glosarán los diputados el informe del Presidente...”.
Lo digo sin hacer mengua
a la política honrosa:
aquella palabra, “glosa”,
significa en griego “lengua”.