De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Los novios le dijeron al buen Padre Arsilio: “Ya estamos comprometidos para casarnos, señor cura. ¿Podemos tener sexo antes del matrimonio?”. “De ninguna manera -opuso con firmeza el sacerdote-. Eso podría retrasar la ceremonia”. En la cena de gala el anfitrión le preguntó a doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad: “¿Prefiere usted jerez o anís?”. “Jerez, definitivamente -repuso ella-. Lo considero la máxima apoteosis de los vinos. Su exquisito espíritu enaltece y exalta el corazón humano, y pone en él sublimidades que sólo la fina pluma de un Petrarca alcanzaría a describir. El ambarino tono y la aromática fragancia del jerez magnifican el alma, y delicadamente llevan a quien lo bebe a las excelsas cumbres del pensar y del sentir. En cambio con el anís me pongo peda de a madre”. Doña Tebaida Tridua, ya se sabe, es moralista. Eso le ha agriado el carácter en tal modo que sufre una dispepsia permanente y una gastritis crónica nociva. Encuentra gozo la señora, sin embargo, en estorbar el gozo de los demás, y en afearlo. H. L. Mencken, ese inteligentísimo bribón, dijo que el moralismo es la teoría según la cual todas las acciones se dividen en buenas y malas, y el 99 por ciento son malas. Cierto predicador le dijo a Groucho Marx: “Gracias por toda la alegría que usted le ha dado al mundo”. Replicó él: “Es para compensar en algo toda la que ustedes le han quitado”. Si doña Tebaida escucha la palabra “sexo” frunce el ceño y otras cosas, y cualquier referencia a la función procreativa, o a las dependencias que el hacedor del mundo puso en el cuerpo humano para realizarla, pone en ella zozobra e inquietud. Quien esto escribe no es un inmoralista como Gide. Carece del talento necesario para serlo. Sin embargo desde que empezó a escribir -hace ya muchos ayeres y bastantes más antieres- se propuso quitar las telarañas a las cosas que se ven con morbo, y hacer que en la letra tengan la misma naturalidad que tienen en la vida. ¿Ha conseguido su intención? Lo ignora. Sin embargo ha acabado por saber que la única verdadera religión no es la de los dioses, o la de los hombres que se dicen sus mensajeros, sino la del amor que se traduce en bien a los demás. Quien sirva a ese amor, y lo propague, será salvo. Aquel que lo desvirtúe o contraríe extravió el rumbo. ¿A qué tan largo exordio? Viene a cuento para anunciar el cuento que está al final de esta columnejilla. Su solo anuncio fue causa de una encendida y ríspida discusión con la señora Tridua. Ella afirmó que la historieta es inmoral; el escribidor dijo que no. Entonces doña Tebaida le espetó, irritada, este adjetivo: “¡Sinistrorso!”. Jamás había escuchado el escritor esa palabra, y eso que de las palabras vive (si viviera de los hechos se moriría de hambre). Buscó en el diccionario tal vocablo y encontró que el término “sinistrorso” sirve para designar a todo aquello que gira de derecha a izquierda, en dirección contraria a la que siguen las manecillas del reloj. La señora Tridua quería decir que el autor es un contreras, alguien dado a llevar la contraria a todos y por todo, como aquel hombre a quien mataron como a un perro y en el momento de expirar exclamó: “¡Miau!”. En fin, muchas palabras ya son éstas para tan poco asunto. Busquen mis cuatro lectores al final el tan decantado cuento, y juzguen por sí mismos. Con su propuesta de reducir el número de legisladores el PRI no queda bien ni con Dios ni con el diablo. Los diputados y senadores no electos deben desaparecer de plano, todos. Son una indebida dádiva entre las muchas que los partidos han acordado para sí mismos a costa nuestra, y constituyen un irritante agravio a la ciudadanía. Ni un solo senador o diputado debe haber que no haya sido electo por los ciudadanos. La existencia de los plurinominales o de representación proporcional no sólo es antidemocrática: entraña también un acto de deshonestidad política. Sigue ahora el cuento que arriba se anunció. En cierto pequeño pueblo había un matrimonio de comerciantes. Él tenía su tienda; ella la suya. Un día el señor llegó a su casa muy contento y le dijo a su esposa: “¡Vendí tres colchones y una docena de calzones de mujer, y me gané 500 pesos!”. “Bah -, contestó ella, desdeñosa-. Yo con un solo colchón y sin calzones acabo de ganarme mil”. FIN.

 

MIRADOR

 “La vida es una tómbola...” decía una canción.

Yo pienso que la vida es un quiasmo.

Esa rara palabra pertenece a la Retórica, arte olvidado, y sirve para designar una figura de dicción que

consiste en presentar en orden inverso dos secuencias. Rubén Darío, a lo mejor sin conocer la

palabreja, escribió el mejor ejemplo que conozco de quiasmo: “Cuando quiero llorar no lloro, y a veces

lloro sin querer”.

Feo el vocablo, digo, pero muy lindo el origen etimológico de “quiasmo”. Viene del nombre griego de la

equis, letra que tiene también forma cruzada.

Esa misma disposición tiene la vida: con frecuencia nos brinda términos contrarios, y pone en nuestro

camino oscuros y misteriosos cruzamientos. De un lado nos da el amor, el desamor del otro. Nos ofrece

con igual mano la dicha y la tristeza. Está hecha de sufrimiento y gozo.

La vida, en efecto, es un quiasmo.

Una equis.

Es decir, una tómbola.

¡Hasta mañana!...


 MANGANITAS

“. Se crea una financiera rural.”.

Según la cosa he entendido

al campo le prestarán.

(Esos préstamos serán,

muchos, a fondo perdido).