De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

Un hombre caminaba por la playa. Las olas arrojaron a sus pies una lámpara como la de Aladino. La frotó, y apareció ante él un genio del oriente. “Me has liberado de mi prisión eterna -dijo el genio-. Pídeme tres deseos”. Habló el tipo: “Quiero ser el más rico de los hombres”. El genio hizo un ademán, y ante el feliz mortal desfilaron banqueros de todo el mundo que lo colmaron de riquezas. “Ahora -pidió el sujeto- quiero ser el hombre más guapo del mundo”. Hizo otro ademán el genio y el individuo se vio convertido en un ejemplar masculino comparado con el cual Adonis era Quasimodo. “Di tu tercer deseo -pidió el genio. Respondió el individuo: “Quiero ser más inteligente que cualquier hombre sobre la Tierra”. El genio ponderó un momento la cuestión y luego le dijo: “Está bien. Pero ¿no te importará tener dos o tres días incómodos al mes?”. (¡Qué barbaridad! ¡Para hacerlo más inteligente que todos los hombres lo iba a convertir en mujer!)...  La señorita Himenia Camafría, célibe madura, se quejaba de su amiguita Celiberia Sinvarón, soltera como ella. Decía: “Alguien le habló de los pajaritos, las abejitas y las florecitas, y ahora no la saco del jardín”... Don Cornulio llegó a su casa y sorprendió a su esposa en trance de refocilación con un desconocido. “¡Taisia! -le reclamó indignado-. ¿Qué significa esto?”. Respondió con toda calma la mujer: “Perdona: soy adúltera, no psicóloga”... La historia de los Estados Unidos ha sido siempre, desde el principio mismo de la nación vecina, una historia de violencia. Quienes vinieron en busca de libertad religiosa la negaron después a los demás. Su relación con los pobladores aborígenes se dividió en dos tiempos: un día para compartir el pavo con ellos y los demás para exterminarlos. Tales impulsos de violencia continúan hasta hoy. En Estados Unidos, es cierto, los padres ya no les pegan a sus hijos, pero es porque podrían estar armados. La pena de muerte, y el bárbaro modo en que se aplica, debería avergonzar a un país que ante el mundo se presenta como abanderado de los derechos humanos. Muchas cosas dignas de imitación tiene el país del norte. Debería, sin embargo, renunciar a sus antiguas tradiciones de violencia. Las campañas tendientes a suprimir la pena capital y a limitar el uso de las armas han de tener en cada buen norteamericano un defensor. Y ya no digo más, porque mi deber es orientar a la República Mexicana, no a los Estados Unidos. Un sujeto llegó al hotel y pidió un cuarto. El encargado lo registró y le preguntó luego: “¿Dónde está su equipaje?”. “¿Equipaje? -repitió el individuo-. ¿Para qué? Sólo voy a estar aquí una semana”. Un paciente llamó a su acupunturista a altas horas de la noche. “Tengo un fuerte dolor de cabeza”. Le dijo el acupunturista: “Clávese un par de tachuelas y llámeme por la mañana”. El farmacéutico salió de la farmacia y la dejó a cargo de uno de sus hijos. Le recomendó que atendiera solamente los pedidos acompañados de receta; los otros ya los vería él a su regreso. Mas sucedió que un hombre llegó poseído por gana irrefrenable de rendir un tributo mayor a la Naturaleza, y le pidió al jovenzuelo algo que lo ayudara a contener tal ansia. El muchacho se resistía a darle algún medicamento, pero el señor insistió con afán: si no le daba algún remedio, dijo, ahí mismo sucedería algún desaguisado. Nervioso, el muchacho le dio unas pastillas. El apurado tipo se las tomó en el acto, tras de lo cual se retiró. Poco después llegó el farmacéutico, y su hijo le contó lo sucedido. Preguntó el de la farmacia: “¿Qué le diste al cliente?”. Respondió el mozalbete: “Unas pastillas que se llaman Valium”. “¡Qué barbaridad! -clamó el apotecario-. ¡Ese medicamento no es para contener las urgencias del estómago! ¡Iré a buscar a ese pobre hombre!”. Salió, y preguntó a los vecinos si habían visto al señor, y qué rumbo había tomado. Le dijo uno: “Yo vi pasar a un caballero que iba en dirección del parque”. Allá fue el de la botica y, en efecto, vio al hombre sentado en una banca. Se dirigió hacia él y le preguntó con inquietud: “¿Cómo está usted?”. “Muy bien, señor -respondió el caballero con toda cortesía-. Batido, pero calmado”... FIN.

MIRADOR

En la revista “Living truth”, de la Universidad Católica de Washington, el controvertido teólogo  Malbéne publicó un artículo que inquietó a ciertos círculos eclesiales norteamericanos. Dice en él:
“... Todo comerciante maneja un determinado objeto de comercio: el leñador vende leña; el panadero, pan... Nuestra mercancía (la de los ministros religiosos) ha sido el miedo. Lo ponemos en el alma de nuestros feligreses, y luego les cobramos por librarlos de él. De ese miedo vivimos largo tiempo, pues vendíamos la esperanza de la salvación. Ningún hombre de religión puede ser ya un mercader del miedo. Todos debemos ser apóstoles del amor...”.
Solamente he transcrito un párrafo del largo texto de Malbéne, pero creo que en él se sintetiza la principal idea de este filósofo que dijo alguna vez: “El amor es la única religión que ofrece la certidumbre de la vida eterna”.
¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Muchas especies en vías de extinción hay en México.”.
Lectores bien informados
dicen sobre esta cuestión
que ya están en extinción
los políticos honrados.