De política y cosas peores

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

¿Cómo se le llama a un hombre con tres pelotas? Malabarista. (¿O qué  pensaste?). “Lo siento, señorita -le dijo el cajero del banco a la muchacha-. Este billete de 500 pesos es falso”. “¡Santo Cielo! -exclamó ella-. ¡Me violaron!”. En el bar un caballero más que maduro entabló conversación con la bella chica que se sentó a su lado en la barra. Le preguntó: “¿Vengo aquí con frecuencia, linda?”. Un indio piel roja se presentó en el consultorio del doctor Ken Hosanna y le dijo con voz ronca: “Gran Jefe, no caca”. El médico entendió que el anciano jefe de la tribu estaba sufriendo de constipación, de modo que le dio al enviado un frasco con una purga ligera para que se la tomara el enfermo. Dos días después regresó el piel roja y repitió:”Gran Jefe, no caca”. El facultativo le entregó un purgante más fuerte. Sucedió lo mismo: transcurrió un par de días y volvió el mensajero: “Gran Jefe, no caca”. El galeno, entonces, le dio una potente purga de caballo para que se la tomara el anciano guerrero. A los dos días regresó el piel roja y dijo con tono sombrío: “Gran caca, no Jefe”. Me temo que padezco de daltonismo patriótico. En la Selección Nacional de Futbol no veo a la patria, y pienso que el Chicharito, Memo Ochoa, Rafa Márquez, Layún, Andrés Guardado, Oribe Peralta, Giovani dos Santos y los demás integrantes del equipo no son México.

Todos son excelentes jugadores cuyo desempeño en la Copa del Mundo nos hizo sentir orgullo y esperanza, pero en ellos no reside la soberanía de la nación, ni son su símbolo o su emblema. Tampoco el Piojo Herrera es México. Es un magnífico director técnico que debe seguir al frente del equipo nacional; un hombre carismático, dueño de enorme simpatía, apasionado de su trabajo y eficaz, pero no representa a la república. Por eso, porque padezco de daltonismo patriótico, no creo que el país se derrumbó en esos cinco fatídicos minutos en que nuestro conjunto cedió -se dio- ante la selección de Holanda.

Por eso no lloré por la derrota-habrán de perdonármelo-, ni me desgarré las vestiduras -no tuve la precaución de ponerme ropita vieja para tal efecto-, ni me mesé las barbas -en mi descargo diré que soy lampiño-. Tampoco, cruzándome de brazos, dije que me daba igual, pero observo que el país ha seguido su marcha -aunque no sepa hacia dónde-, y me ha llamado mucho la atención ver que los panaderos siguen haciendo pan, y zapatos los zapateros, y que la gente continúa viviendo pese a que el sueño se esfumó y a que, según algunos, estamos condenados a seguir perdiendo hasta el fin de los tiempos, y todavía después.

Pero quizá digo todo eso porque, vuelvo a repetirlo, padezco de daltonismo patriótico. Aunque quién sabe: a lo mejor padezco simplemente de daltonismo futbolístico, y eso es bastante menos daltónico. Una monja iba caminando cerca de un campo militar de Texas. Vestía los amplios y holgados hábitos de las Madres de la Reverberación. En eso llegó a todo correr un joven solado. Casi sin aliento le dijo a la sor: “Madre: permítame esconderme abajo de sus hábitos. La Policía Militar me persigue porque deserté. Soy recién casado, y mi esposa acaba de tener un bebé. ¡No quiero ir a Afganistán!”.

La religiosa, compasiva, se levantó los hábitos, y el muchacho se ocultó bajo ellos. Apenas acababa de hacerlo cuando llegaron dos forzudos policías militares. “Perdone, reverenda madre -dijo uno de ellos-. ¿No vio por aquí a un soldado?”. “Sí lo vi -contestó la sóror-. Iba corriendo, y se dirigió hacia allá”. A toda prisa partieron los soldados en esa dirección. “Puedes salir, hijo -le dijo entonces la monja al desertor-. Los policías se fueron ya”. Salió, en efecto, el joven soldado. “Gracias, madre -le dijo a la religiosa-. Me ha salvado usted la vida. Pero, perdóneme la indiscreción: me llamó mucho la atención ver que tiene usted bastante vello en las piernas. Mi esposa usa una crema depilatoria que le ha dado excelentes resultados. Si quiere se la consigo”. “De nada servirá eso, hijo -respondió la monja-. Si te hubieras fijado más arriba habrías visto algunas otras cosas que también te habrían llamado mucho la atención. Yo tampoco quiero ir a Afganistán”. FIN.

MIRADOR

Un hombre vio el panal de las abejas.
Quedó asombrado por su perfección. Les dijo:
-¡Qué maravilla es el panal que tienen! Se diría diseñado por el más sabio arquitecto o por el ingeniero más capaz. Sus celdillas hexagonales son perfectas para el objetivo de fabricar cera y miel y almacenarlas; la proporción y peso de la colmena son exactamente lo que se necesita para que ustedes cumplan su función. Las felicito. ¡Qué maravilla es el panal que tienen!
Dijo una de las abejas:
-No valemos por lo que tenemos. Valemos por lo que damos a los demás.
¡Hasta mañana!...

MANGANITAS

“. Michoacán sigue en problemas.”.
Parece que está en el potro ese tristísimo estado: traficantes por un lado, autodefensas por otro.