Analecta de las horas

El regreso de Voltaire

Frente a tanto desconocimiento, miedos irracionales e infamias que suponíamos enterradas, algunas inyecciones de ilustración volteriana pueden ayudarnos

Ante muchos procesos históricos uno desearía conocer el punto de vista de ciertos personajes. En torno del reciente proceso electoral en Francia me hubiera gustado leer los comentario de un intelectual como el difunto André Glucksmann. Las muchas polémicas abiertas durante estas elecciones sin duda se hubieran visto enriquecidas por esta voz siempre a contracorriente y única, que ponía a tantos antagonistas y seguidores a maldecir y razonar casi en la misma proporción.

Lo más lógico es que hubiera apoyado a Macron, pero tampoco se puede asegurar porque alguna vez se equivocó al ir detrás de Sarkozy, algo de lo cual posteriormente se arrepentiría. Sin embargo, existen muchos más elementos para suponer que la frescura liberal del joven Macron lo hubiera seducido.

¿Qué habría dicho de ese bochornoso episodio en el que la progresía representada por Melanchon, por el miedo a mancharse, no llamó a apoyar a Macron en la segunda vuelta? Una izquierda así, que dejó correr la posibilidad de que el fascismo de Le Pen prosperara, por supuesto que se habría ganado más de una condena por parte de Glucksmann.

Tal vez especulo, pero en todo caso comparto lo que comentaba Roland Barthes cuando decía que si Voltaire viviera “sus enemigos serían hoy los doctrinarios de la Historia, de la Ciencia (ver cómo se mofa de la ciencia más sofisticada en El hombre de los cuarenta escudos) o de la Existencia; marxistas, progresistas, intelectuales de izquierda, Voltaire los habría odiado y cubierto de interminables burlas, como en su tiempo había hecho con los jesuitas”.

Lo cierto es que en el testamento intelectual de Glucksmann Voltaire ocupa un sitio preeminente. Al leer Voltaire contraataca (Galaxia Gutenberg, 2016) uno puede comprobar fácilmente la valoración extraordinaria que hace Glucksmann de François-Marie Arouet, figura indispensable para estos tiempos de fatalismo corrosivo y sin ideas claras.

No podía ser de otra manera en un hombre como Glucksmann, quien confesaba haber dedicado su “larga vida adulta —la existencia que comienza después de los errores y la impaciencia de toda juventud que se precie— a combatir el beatífico optimismo de los dogmáticos, de los idealistas, de los bienaventurados ideólogos convencidos del progreso ineluctable de la historia…”. Un hombre dedicado a “desbaratar la engañosa benevolencia de los estafadores que prometen el paraíso así en la tierra como en el cielo mientras nos conducen al infierno”.

Todo eso debería resultarnos familiar porque no se relaciona exclusivamente con el contexto francés o europeo. Llámesele “populismo” o como se quiera, esa nueva marea de “indignados” de izquierda o derecha crece en todas partes al grito de mesías y demagogos, a la sombra de rencores y odios alimentados por charlatanes que dicen poseer soluciones mágicas a nuestros problemas.

El mundo de los Trump, pero también de los Hugo Chávez (en potencia o en activo), ha surgido de este entramado de abusiva manipulación del descontento popular. Todo esto responde a lo que Glucksmann sabía: “Cuando la política fomenta la ansiedad se convierte en un arte reaccionario. Pretende salvar los muebles, restaurar fronteras obsoletas, recomponer unas identidades desvaídas y unos ‘valores’ que en realidad nunca existieron, entronizar de nuevo unos tiempos ilusorios”. Eso en Europa, pero en América Latina ese arte reaccionario (perfectamente camuflado de “revolucionario”) bien puede tratarse de becar a la pobreza de por vida, para que la clientela política se mantenga; de crear programas que mantienen expectantes a los necesitados, dosificándoles ayudas y paliativos que nunca van al fondo de las cosas.

El motivo de la obra de Glucksmann no es solo mostrar con vigor y profundidad la vigencia del pensador francés que quizás más ha contribuido a nuestra noción moderna de tolerancia y libertad, sino la certidumbre de que “frente a tanto desconocimiento de sí mismo, frente a tantos miedos irracionales, frente al retorno de ‘infamias’ que suponíamos enterradas, algunas inyecciones de ilustración volteriana pueden ayudarnos a recobrar el sentido y afrontar la situación con realismo”.

Volver a Voltaire, traerlo de nuevo. En él pensaba Glucksmann antes de morir. Uno de los capítulos de su obra no puede ser menos profético: Europa será volteriana o no será. Y extender ese pensamiento no es difícil sino urgente: el mundo será volteriano o no será. Será tolerante o sucumbirá; respetará las libertades o se extinguirá, por lo menos como lo conocemos.

Pero, claro, que el contraataque de Voltaire resulte exitoso (en Europa, América, el mundo) depende de nosotros, especialmente de que sepamos vencer la apatía y eso que de Hermann Broch citaba Glucksmann: “El crimen de la indiferencia”.

ariel2001@prodigy.net.mx