Analecta de las horas

La vejez, al alza

El desprecio, la incomprensión y la falta de solidaridad hacia la “tercera edad” son cosa de todos los días; pero eventualmente todos nos haremos viejos, hasta los que se comportan como canallas contra los que ya lo son.


Como muchas otras cosas de nuestro tiempo, envejecer ya no es lo que solía ser. Se lo escuché a una mujer cercana a los 60 años de edad, quien, exultante, me confesó sentirse como una jovencita y que todo “está en la cabeza de uno, es cómo te sientes”.

Yo no lo pongo en duda, pero tampoco he consultado a ningún geriatra o experto en el tema para obtener una opinión más calificada, especialmente en torno al factor psicológico al que aludía la más que madurita que se sentía adolescente. Sin embargo, espero con toda mi alma que sea así, porque entonces bastará, cuando llegue el momento, con sentirme como cuando tenía 20 y podré superar todos los retos físicos que la vida me imponga.

Y, por supuesto, es lo mismo que deseo para todos, porque tengo entendido que la población de más de 60 años será la mayoría de los habitantes de nuestro país en unas décadas.

Estadísticamente estamos cada vez más condenados a ser viejos. Los factores que harán posible estas matusalénicas proyecciones tienen que ver con el incremento de la esperanza de vida (que va a llegar para entonces a una media de 80 años) y con la inversión de la pirámide poblacional, debido a que el índice de crecimiento de la población se reducirá notablemente.

No creo vivir para verlo, pero todo indica que en 2050 México será un país con “más de 36 millones de personas mayores de 60 años, mientras que el segmento de la población de entre 15 y 29 años será de solo 27.9 millones”, según estimaciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos.

Mientras ese futuro nos alcanza, Hollywood nos viene preparando psicológicamente para que nos sintamos de otra manera frente a la vejez. Las películas donde los maduritos, los viejos y hasta los muy ancianos protagonizan distintas aventuras, lejos de hospitales, enfermeras y geriátricos, se han ido multiplicando en los últimos años.

Muchas de ellas garantizan entretenimiento de calidad toda vez que reúnen repartos sencillamente de primer nivel. Es el caso de Red, donde John Malkovich, Bruce Willis y Hellen Mirren, entre otros, encarnan a unos espías jubilados que tienen que volver a la acción para salvar sus desgastadas vidas.

En otra cinta, vemos a Jack Nicholson  y a Morgan Freeman desahuciados, pero no tanto como para no poder vivir algunas experiencias fuertes, juveniles, antes de morir.

Aunque mucho más mala que la anterior, Último viaje a Las Vegas presenta a Michael Douglas, Robert de Niro y a otros vetustos actores viviendo diversas andanzas por los casinos y hoteles de la ciudad del juego.

Más hacia el churro, De Niro también acaba de estrenar una cinta donde se enfrenta en una pelea de box al decadente Sylvester Stallone. Y en unos días más se estrenará The Monuments Men, mezcla de actores maduros y ancianos que tendrán que salvar, ni más ni menos, que los tesoros artísticos de Europa saqueados por los nazis.

Como se puede ver, este  subgénero viene al alza junto con ese estado de ánimo que nos dice: “Es como te sientas, todo está en la cabeza”. Qué felicidad. Hasta el agente 007, como quedó claro en Skyfall, se está haciendo viejo sin problemas de más, sobre todo después de que en una espléndida actuación un impecable villano caracterizado por Javier Bardem le hizo saber sádicamente que  no había pasado ninguno de los exámenes físicos que el M16 le había impuesto.

De lo que sí estoy seguro es de que la decrepitud no comenzará, en todo caso, de modo tan educado, solemne o con un mínimo de dignidad como antaño. Ya en materia de cortesía hacia los “adultos mayores” (como estúpidamente insisten en llamarlos algunas instancias de gobierno: ¿habrá mayores que no son adultos?), las cosas son obvias: nadie les cede su lugar en el transporte público; se los empuja e insulta igual en el Metro que en la calle; el “pinche viejito pendejo” espetado por automovilistas (o ciclistas) miserables resuena por las mil y un vialidades de la ciudad; el desprecio, la incomprensión y
la falta de solidaridad hacia la “tercera edad” (otra tontería de la corrección política) son  cosa de todos los días, en todo el país. Pero bueno, eventualmente todos nos haremos viejos, hasta los que se comportan como canallas contra los que ya lo son.

Llegado el caso, espero sentir no solo el entusiasmo de esa conocida que cree que “todo está en la cabeza”, sino sobre todo la misma sabiduría de Oliver Sacks, quien en un artículo sobre su cumpleaños 80 escribió:

“A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de
mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada ‘viejo’. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.

“Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: ‘Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final’, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo”.

ariel2001@prodigy.net.mx