Analecta de las horas

¿Nos vamos al carajo?

¿Están tan mal las cosas o hay un gusto (que empieza a ser ya de muy mal gusto) por presentar a nuestro país como el peor de los mundos posibles?.

"A la mitad del camino de la vida", como dice la primera línea de La Divina Comedia, me siento en condiciones (las que otorgan los años por su propio peso; no con orgullo y menos con autoridad) para recordar con cierto asombro el sinnúmero de ocasiones en que hemos sentido que este nuestro país se halla poco menos que en la ruina, el acabose, peor que nunca y en medio de la tragedia y el horror, cuando no prácticamente al borde del final de los tiempos.

Han sido muchas y todas deberían haber dejado lecciones, pero por lo visto todo esto es de lo que menos aprendemos. Los de mi generación tenemos muy presentes algunos años emblemáticos del desastre social, político y económico, la crisis del 76 y 82; el terremoto del 85, luego otra vez la crisis del 87; el esperanzador 88 con su “caída del sistema”; más tarde el annus terribilis del 94 y el “error de diciembre”, así como las expectativas malogradas de la alternancia panista con todo y su década perdida y el hundimiento de la nación en niveles de violencia y número de muertos que pueden recordar perfectamente los alcanzados en la Guerra Cristera.

Tenemos mucho qué contar de todos esos difíciles periodos que tercamente acompañan nuestra historia. Pero el hecho más destacable, desde mi punto de vista, es que el país consiguió y siempre consigue salir adelante. A pesar de su clase política y de sus gobernantes o quizás a pesar de nosotros mismos. No lo sé. Pero en todo caso descreo de la idea de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen (imagino que si en México los hubiéramos tenido, seguro no los habríamos sobrevivido).

Es que solo de recordar 1994 (la guerrilla zapatista que lo inauguró; el asesinato de Luis Donaldo Colosio que lo llevó a un punto de incertidumbre nunca visto en la era priista; y la crisis económica que lo coronó), me pregunto cómo fue que no comenzó el movimiento revolucionario que el subcomandante Marcos nos prometió desde su primer comunicado; cómo el periodismo serio se mantuvo frente a la ola de especulaciones y negros augurios del llamado círculo rojo; y cómo pudimos pagar, los que sí trabajamos y pagamos impuestos, la deuda de los ricos protegidos por el gobierno, pero también la de los barzonistas y de otros que con todo cinismo (disfrazado de civismo) tampoco pagaron lo que inobjetablemente debían. A río revuelto...

Me sorprende, claro, que con todo lo que se dijo, se temió y se pronosticó que ocurriría entonces, estemos aquí para contarlo. Los rusos, que algo saben de catástrofes en serio (Stalingrado, el Gulag...) dicen frente a las dificultades: “Ya pasará, ya pasará”. Pero en México, para una parte de la población, las cosas nunca pasan: solamente se quedan y se añaden a una suerte de memorial obsesivo (y abusivo) en el que sin distinción alguna se van incorporando nuevos agravios que algún día “el pueblo” (esa entelequia de demagogos) vengará. Y así, en el mismo costal, cabe lo mismo el 2 de de octubre del 68, el 10 de junio del 71, Aguas Blancas, Ayotzinapa, el despido de Aristegui y, por supuesto, los “miles” de desaparecidos durante la guerra sucia (en la primera huelga de hambre de doña Rosario Ibarra de Piedra no se contabilizaban con plena identidad más de 500)  y los miles de desparecidos de estos años de narcoviolencia.

Pero bueno, hablemos de la actualidad. ¿Están tan mal las cosas o hay un gusto (que empieza a ser ya de muy mal gusto) por presentar a nuestro país como el peor de los mundos posibles? Parafraseando inversamente el principio de Conversación en la Catedral: ¿en qué momento les dio a muchos mexicanos por sentirse habitantes de un país tan jodido?  En la novela de Vargas Llosa es Santiago Zavala quien se pregunta “¿en qué momento se jodió el Perú?”, pero acá veo cómo en los últimos años prolifera, especialmente en los sectores medios e “informados”, una sensación (absolutamente artificial) de estar habitando el mismísimo infierno.

Un recorrido por las gustadas redes sociales, en lo que hace a apreciaciones de orden político, no permite lugar a dudas: habitamos una tiranía, la censura está a la orden del día, la corrupción es infinita, el Estado es responsable de todo (o debería serlo), los políticos son una mierda, en fin, al país ya se lo llevó el carajo.

Pero en el mundo real, no en el de las percepciones, somos vistos como país de otra forma. Leo la semana pasada, por ejemplo, un artículo de Enrique Quintana en El Financiero que refiere un estudio de The Boston Consulting Group (BCG) que considera a México y a Estados Unidos como “estrellas ascendentes” de la competitividad manufacturera. Es decir, “los únicos dos países en esa condición entre los 25 mayores exportadores del mundo”, dice el columnista.

Quintana, uno de los columnistas financieros más respetados en México, puntualiza: “No se trata de la opinión de una institución académica que lanza sus impresiones respecto a cómo ve las cosas. BCG tiene más de 80 oficinas en 45 países y una antigüedad de 52 años. Se trata de uno de los consultores por los que optan las grandes empresas cuando se trata de analizar el mejor destino para las inversiones”.

Y da un dato que a muchos les puede parecer insignificante o aburrido, pero del cual depende la mesa (lo que ponen en ella) muchos mexicanos: “El año pasado, las exportaciones de manufacturas en el país ascendieron a 337 mil 283 millones de dólares. En 2004 eran de 157 mil 764. El crecimiento acumulado es de 113 por ciento en una década, es decir una tasa anual media de 7.6 por ciento”.

Malas noticias para el pesimismo local: (otra vez) el país no se va a ir al carajo, a pesar de la timorata mediocridad política del gobierno en turno y del pesimismo maniqueo de sus  opositores.


ariel2001@prodigy.net.mx