Analecta de las horas

Trump y los mesías

Vino el day after de la elección estadunidense y, con él, una suerte de resaca que cuesta hacer a un lado, sobre todo porque nos mantenemos en la borrachera mediática que ha hecho de la paranoia, el miedo, la frustración y el desencanto (todo combinado en altas proporciones) su principal coctel.

No es, desde luego, que no debamos abrigar ningún temor (ahí está la caída del peso para demostrarlo) o que la elección de Donald Trump represente lo contrario de lo que él mismo se ha encargado de presentarnos antes y durante su campaña (un extenso programa de odio, racismo, resentimiento y locura); por su supuesto que tampoco es así, pero lo que es evidente, hasta ahora, es que Estados Unidos no es un país en el que un desquiciado, aun en la presidencia, pueda operar como le dé la gana.

En el curso de los próximos meses y años iremos reconociendo con mayor claridad en qué medida los deseos, convicciones, ocurrencias  o caprichos de Trump pesan en la configuración y actuación del gobierno de Estados Unidos, y en cuál otra  funcionan los contrapesos, estructuras y leyes que los fundadores de la Unión Americana establecieron precisamente para delimitar el poder unipersonal y el encarnizamiento de las disputas por el poder.

James Madison, considerado el padre de la Constitución del vecino país, llamó a todos los candados que supone la división de poderes “invenciones de prudencia”. Él decía que “en la concepción de un gobierno la gran dificultad reside en esto: primero hay que capacitar al gobierno para que controle a los gobernados, y a continuación obligarlo a controlarse a sí mismo. La dependencia del pueblo es, sin duda, el control principal del gobierno; pero la experiencia ha enseñado a la humanidad la necesidad de precauciones auxiliares”.

Y así como la ley de Estados Unidos tiene torceduras como las que le han impedido a Hillary Clinton llegar al poder a pesar de contar con la mayoría del voto popular, también tiene limitaciones importantes para el jefe de la Casa Blanca.

El verdadero escenario es que nadie la tiene fácil. Ni Trump, ni tampoco, es cierto, los que él ha señalado como culpables de todo cuanto ha llevado a Estados Unidos al estancamiento, pérdida de empleos o cualquier otro signo de decadencia que el ignorante empresario explotó en su accidentada carrera a la Casa Blanca. Lo mismo pasa con sus amigos, muchos de ellos elegidos más que nada por la propaganda de Clinton, como Vladimir Putin (¿con quién estallará la Tercera Guerra Mundial, entonces?), y con  sus enemigos reales, que no son pocos.

De hecho, el más grave problema de un demagogo lenguaraz como el señor Trump es cumplir todas las  agresivas y disparatadas propuestas de campaña que hizo. El segundo que puede tener es intentar cumplirlas a toda costa teniendo (como ahora él sabe perfectamente) nulas posibilidades de llevarlas al cabo al 100 por ciento; y el tercero que puede enfrentar es, con todo lo anterior y no quedando bien con nadie, comprometer su reelección, a la que supongo aspira.

Cualquier historiador, economista o politólogo medianamente formado habrá de explicarle al siniestro Donald que sus vecinos —los de este lado de la frontera y sobre todo los que la han estado cruzando desde hace 200 años— llegaron para quedarse. Que la globalización es un hecho irremontable a menos que instaure una dictadura mundial. Que el TLC es el mal menor de la región y que abandonarlo expone no solo a sus socios, sino a sus industrias más prósperas. (¿No ha construido él mismo, en tierras mexicanas, imponentes edificios? ¿Fueron actos de caridad o le significaron jugosos negocios?)

En la parte mexicana, por lo pronto, deberíamos estar más preocupados por los que de cara al 2018 buscarán presentarse como los salvadores de la patria frente a la llegada de Trump. Los van a ayudar comentaristas como algunos que escuché la mañana siguiente a las elecciones: una locutora de Radio UNAM reparaba en las felicitaciones del presidente Peña Nieto a Trump como “escalofriantes” mensajes; en otra frecuencia uno más decía,  con la mayor simpleza, que Peña ayudaría a poner el primer ladrillo del muro, y así por el estilo otros que mostraron su penosa condición de comunicadores desinformados e irresponsables.

El mayor daño de la llegada de Trump ya está hecho: echar a andar en Estados Unidos a toda esa masa racista, carente de educación y esperanzada en la rabia como motor del cambio que fue capaz de votarlo. Pero el daño en México está por venir si permitimos que se fortalezca aquí otro discurso populista (pero de izquierda) que, supuestamente reaccionando al peligro de Trump,  busque conducirnos milagrosamente a un paraíso lejano al imperio.

Los que ya están orquestando con patrioterismo simplón la reacción populista en nuestro país al populismo de Trump, son en realidad los más agradecidos por su llegada a la Casa Blanca. Y estarían felices de que toda la locura de Trump se hiciera realidad para tener la oportunidad de salvarnos en el 2018. No necesitamos mesías.

ariel2001@prodigy.net.mx