Analecta de las horas

La tolerancia de Oz

Muy pocos con su valentía, congruencia y seriedad ya que, amando profundamente a su país, ha denunciado la injusticia de los asentamientos israelíes en los territorios palestinos y los crímenes de guerra de su ejército.


En su momento —y dentro de lo que fue mi colaboración diaria para el suplemento Filias que produjo MILENIO— comenté que el gran ausente de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara fue Amos Oz, uno de los mayores exponentes de la literatura israelí. No verlo ni escucharlo directamente (apenas a través de una magnífica entrevista que realizó José Gordon para el Canal 22 de televisión y de unas breves intervenciones a cargo de sus hijos Galia y Daniel) representó uno de los vacíos que nada ni nadie pudo llenar en un encuentro rigurosamente vigilado y con diversos inconvenientes colaterales que incluso necesitaron de una disculpa (que se dio) por parte de los organizadores.

A pesar de ello, Amos Oz estuvo presente no solo de la forma que he señalado antes sino a través de las distintas evocaciones de las que fue objeto por parte de un sinnúmero de escritores. Mario Vargas Llosa, para no ir más lejos, lo citó de la mano de David Grossman en uno de los diálogos más brillantes que tuvieron lugar en el encuentro libresco.

No era para menos. Se trata de un autor  con diversos merecimientos y premios (Israel de Literatura, Goethe de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras, entre otros) que reflejan muy modestamente solo una porción de lo que en verdad hay que agradecer de su obra y actuación en un país como Israel, nación en permanente conflicto con los palestinos y el resto del mundo árabe, circunstancia que desde luego no pasó desapercibida en la FIL, a donde llegaron diferentes reacciones y protestas por la actuación israelí.

Al igual que muchos otros de su generación, Amos Oz no ha vivido la guerra de
lejos. La ha sobrevivido y sufrido muy de cerca participando de los conflictos históricos que han colocado a Israel en el conflictivo mapa que hoy ocupa. Peleó en la Guerra de los Seis Días y en la de Yom Kipur, por ejemplo, lo que en su condición de luchador por la paz lo convierte en una voz más que autorizada. Y es esa voz la que él ha alzado para enarbolar la causa de la paz a través del movimiento Shalom Ajshav (que en hebreo significa “Paz ahora”).

Pero luchar por la paz ha sido para Oz, necesariamente, luchar contra el fanatismo de los fundamentalistas árabes lo mismo que el de los judíos de ultraderecha. A partes iguales, porque a la hora del terror sus argumentos y prácticas suelen ser muy semejantes: siempre se trata del ojo por ojo, de la invocación de Dios (cualquiera que sea), del supuesto destino de sus pueblos y guerras justas o santas.

Oz ha examinado el fanatismo árabe con gran lucidez, aunque lo sabe próximo al que profesan algunos paisanos suyos de las corrientes más radicales e intransigentes frente a los palestinos. Al desmontar la lógica del fanatismo, ha hecho un servicio a la (más sencilla) lógica de la paz.

Cuando Oz habla del 11 de septiembre lo hace exhibiendo los mecanismos
que lo animaron:

“…para defender el Islam no solo hay que golpear a Occidente y golpearlo fuerte. No. Al final, hay que convertir a Occidente. Solo prevalecerá la paz cuando el mundo se haya convertido no ya al Islam, sino a la variedad más rígida, feroz y fundamentalista del Islam. Será por nuestro bien. Bin Laden nos ama esencialmente. El 11 de septiembre fue un acto de amor. Lo hizo por nuestro bien, quiere cambiarnos, quiere redimirnos. Muy a menudo, todo comienza en la familia. El fanatismo —creo— comienza en casa. Precisamente por la urgencia tan común de cambiar a un ser querido por su propio bien. Comienza por la urgencia de la autoinmolación, por el bien de un vecino muy querido. Comienza por la urgencia de decirle a un hijo ‘tienes que hacerte como yo, no como tu madre’, o ‘tienes que hacerte como yo, no como tu padre’ o ‘por favor, sé muy diferente de ambos’”.

El movimiento en el que Oz milita, Paz ahora, parte de la idea de que Israel solo puede existir a través de la paz, no de la brutalidad de la guerra como suponen los sionistas más obtusos. Considera los derechos de palestinos e israelíes por igual, y apoya una paz duradera con el principio de “paz por territorios” y el reconocimiento de un Estado palestino. Esto, que se dice fácil, obviamente ha significado para Oz y otros intelectuales el desprecio y la intolerancia por parte de la derecha israelí.

Intelectuales que se dicen comprometidos hay muchos en el mundo (la mayoría con causas distantes, a veces confusas, mal documentadas por ellos mismos y hasta baladíes). Pero pocos con la valentía, congruencia y seriedad de Amos Oz, quien, amando profundamente a su país, ha denunciado la injusticia de los asentamientos israelíes en los territorios palestinos, así como los crímenes de guerra que ha cometido su ejército.

Oz ha demostrado una vez más que la palabra sin el ejemplo —especialmente en circunstancias históricas tan complejas como las que viven Israel y el Medio Oiente— es letra muerta. Y así ha sido posible que, aun no viniendo a México y no asistiendo a la FIL, haya estado presente con su obra y la fuerza moral de sus actos.

ariel2001@prodigy.net.mx