Analecta de las horas

Temblor y espanto (de nuevo)

La naturaleza y el azar parecen insistir en hacernos supersticiosos. Algunos ya lo eran, y entonces ven en lo sucedido el pasado martes toda
clase de señales, signos o mensajes de alguna deidad o incluso el cumplimiento de una terrorífica profecía. Otros, los que nos resistimos al pensamiento mágico, no vemos más que una catastrófica y tristísima ironía. Lo cierto es que, como decía Fernando Benítez, “nunca se sabe. Hay un momento en que corren los segundos, se cruza una línea y se precipita la desdicha”.

Hace dos años evoqué, porque cumplía 30 años de ocurrido, el 19 de septiembre de 1985. El título de mi artículo en estas mismas páginas, “Temblor y espanto”, era obviamente una paráfrasis de la obra de Søren Kierkegaard, Temor y temblor, donde el filósofo danés aborda el tema de la “resignación infinita” a partir de la historia bíblica en la que Dios pide a Abraham sacrificar a su hijo Isaac.

Tengo, como otros de mi generación, dos 19 de septiembre: uno en la memoria lejana y otro en la inmediata. El primero lo viví al sur de la ciudad (por lo que no me asustó tanto) y el segundo en pleno centro (creyendo, como todos los que estábamos en el edificio de MILENIO,
que no viviríamos para contarlo).

Rememorar 1985 en medio de la nueva calamidad sirve para hacer unas cuantas distinciones y aproximaciones, que son siempre útiles. Me ocupo de algunas.

En primer lugar, es necesario señalar, sobre todo para las nuevas generaciones, que este terremoto, al menos en Ciudad de México, no tuvo los alcances trágicos del de 1985. Quien recuerde el centro y las zonas aledañas de aquel momento, no puede menos que revivir la imagen de una ciudad que acaba de ser bombardeada. Tanto en número de muertos como de edificio colapsados la distancia es, por fortuna, considerable para nuestra ciudad (no así en Morelos y Puebla, claro está).

Lo segundo que observo es que en el terremoto de hace 32 años la mayoría de la población tardó en darse cuenta de la magnitud del desastre; hoy, gracias a internet, en mucho menos tiempo cobramos conciencia de lo sucedido, especialmente en las colonias mejor comunicadas, como Condesa y Del Valle. Sin embargo, hemos tardado más en percibir la desgracia en los pueblos de Xochimilco, para no mencionar la tragedia en los vecinos Morelos y Puebla.

En tercer lugar hay que reconocer que la reacción de las autoridades federales no se compara en absoluto con la parálisis y perplejidad indolentes del gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado, el cual tardó imperdonablemente en declarar el estado de emergencia y desastre. Por poner un ejemplo, a los principales edificios colapsados de las colonias Roma y Condesa, el ejército acudió el pasado martes en pocas horas (considerando el caos vial); en 1985, fue la gente la que tuvo que organizarse y empezar con las más urgentes actividades de rescate.

La gran semejanza en los dos desastres es la enorme energía solidaria desplegada por los ciudadanos, especialmente los jóvenes. En momentos de gran desaliento nacional por la situación de violencia, impunidad y corrupción, es la sociedad civil la que ha demostrado una vez más tener una vitalidad muy por encima de la tragedia. Hemos visto a miles de personas trabajar y desvelarse por rescatar a los sobrevivientes, atender a los damnificados, organizar brigadas para ir a otros sitios que requieren ayuda. ¿No es acaso este país el que puede vencer todas las dificultades, sobreponerse a todos los males? Pienso que sí. A mí por lo menos me lo hacen sentir todos esos chicos en sus bicicletas llevando agua, medicinas y víveres; esas jovencitas que obsequian pasteles y sándwiches a los brigadistas; esos muchachos que dejaron todo para irse a picar piedra o levantar escombros con sus palas. Que nadie diga nunca más que estamos condenados a vivir lo peor resignadamente.

No ignoro, desde luego, que también ha habido robos, actos de rapiña, infamia y bajezas, desconsideración e indolencia, así como oportunismo y protagonismo de distintos personajes que nunca faltan en situaciones como ésta. Pero son muchos menos que aquellos que están dando todo por ayudar.

Dimensionar el desastre en términos nacionales nos ha llevado días; la reconstrucción nos va a llevar mucho más tiempo. Y hoy, igual que ayer, estamos viendo cómo el temblor y espanto nos cambia y también cambia al país.

ariel2001@prodigy.net.mx