Analecta de las horas

Un sueño de paz

Hace un siglo, en unas cuantas semanas los países europeos, sus imperios, sus ciudadanos de a pie, que tenían más cosas en común que diferencias con sus pares, vieron el comienzo del infierno.

Es la Navidad de 1914 durante la Primera Guerra Mundial. La escena transcurre en el Frente Occidental, donde la conflagración parece haberse empantanado en todas las direcciones (ni los alemanes pueden avanzar hacia París, ni los franceses y sus aliados británicos pueden romper el cerco, una situación que durará un buen tiempo). Ahí, en esa telaraña mortífera que los mantiene atrapados como insectos, tiene lugar un inverosímil armisticio que durará unas horas: un grupo de soldados escoceses, otro de franceses y uno más de alemanes, que se supone deberían estar combatiendo en todo momento, se acercan de modo casi natural, humano, a una tregua en razón de que es Nochebuena. Sus respectivas trincheras están separadas por apenas unas decenas de metros, y desde cada una de ellas pueden escucharse los pequeños festejos que hacen momentáneamente menos miserables las vidas de los combatientes.

Los primeros en abrir fuego son los escoceses que entonan en coro una gran canción popular para la ocasión, acompañados desde luego por sus gaitas. En respuesta, los alemanes les disparan una versión de “Noche de paz”, a cargo de un tenor profesional que ha sido reclutado no por error sino por patriótica disposición del gran Káiser. Tras este intercambio de arte y belleza a discreción, el músico escocés y el cantante alemán deciden saludarse en medio del campo de batalla. Los siguen sus jefes militares. Sorprendidos e incrédulos, los franceses observan la escena; sin embargo, su jefe termina sumándose al acuerdo de la tregua. Minutos después, todos los beligerantes deciden salir de sus trincheras y conocerse, ver cómo son de cerca, sin tiros ni hostilidades.

El encuentro, aunque difícil inicialmente, termina en franco intercambio de chocolates, bebidas como whisky o champán, sonrisas y charlas que los identifican como miembros de una legión mucho más vieja que la que determina sus uniformes militares: la especie humana.

Terminada la celebración (y hasta una misa que oficia uno de los sacerdotes que sirven a la Cruz Roja) se conceden ampliar la tregua a la mañana siguiente para poder recoger y enterrar a sus muertos.

Es un momento único, una hermosa posibilidad, que solo el cine pudo imaginar de esta manera, aunque el hecho —la tregua navideña— tuvo lugar efectivamente en el Frente Occidental aquella Nochebuena de 1914. Obviamente, la película de 2005 a la que aludo, Joyeux Noël (Feliz Navidad), dirigida por Christian Carion, exalta el encuentro armonioso y hasta solidario de quienes cualquier día de esos se van a matar: porque saben que son compañeros de la misma tragedia que han planeado para ellos los torpes y crueles gobernantes de sus imperios y países.

Evoco esta cinta, que vi tardíamente y que me conmovió por todo lo que tiene de esperanzadora acerca de la naturaleza humana, sabiendo que la paz, como se sabe, no llegó esa noche que imagina la película, ni ninguna otra antes de 1918. La Gran Guerra, como se conoció, no supo de grandes treguas ni mayores actos de piedad: la carnicería en que se convirtió y que terminaría por disolver cuatro imperios e involucrar a 50 naciones acabó también con 9 millones de vidas y produjo 15 millones de heridos.

Ahora asistimos a su centenario: entre el 28 de junio de 1914, cuando el archiduque Francisco Fernando es asesinado en Sarajevo al lado de su esposa Sofía, y los primeros días de agosto, Europa se desliza hacia el desastre en forma casi increíble para los propios actores principales del conflicto: el Imperio Austrohúngaro comienza por plantear un ultimátum a Serbia para obtener ventaja y supuesta satisfacción por el crimen cometido contra el heredero al trono imperial, y al no recibir la respuesta esperada declara la guerra a Serbia.

El primer naipe cae y los austriacos bombardean Belgrado. Toda la baraja se comienza a venir abajo en una auténtica e incontrolada reacción en cadena:

Rusia comienza sus maniobras militares; Alemania pone en jaque a Francia y termina por declararle la guerra e invadir Bélgica; Gran Bretaña hace suyo el conflicto (con una retórica que a muchos todavía no convence) y declara la guerra a Alemania.

Así, en unas cuantas semanas, los países europeos, sus imperios (sin importar incluso que estuvieran emparentados, literalmente, entre sí), sus ciudadanos de a pie, que tenían más cosas en común que diferencias con sus pares, vieron el comienzo del infierno. Ahora, hace un siglo.

 

ariel2001@prodigy.net.mx