Analecta de las horas

El soldado Jünger

Tanto en "El teniente Sturm" como en "Diario de guerra" (1914-1918) está su mirada sobre uno de los más grandes horrores: luchar a muerte contra sus semejantes, abrazar la brutal irracionalidad en nombre del honor, la patria o el heroísmo

Las trincheras llegaron a ser el hogar de millones de soldados durante la Primera Guerra Mundial. Un sitio desolador, triste, asfixiante, permanentemente cercano a la muerte, pero hogar al fin si por tal se entiende un espacio para comer, dormir y, por supuesto, departir con la única familia entonces posible: los desdichados convocados al matadero.

Muchos de los combatientes se hicieron hábiles inquilinos de estas excavaciones. Algunos llevaban, más allá de sus enseres personales, incluso catres, pequeños muebles y otras cosas que uno se imagina más bien en una casa convencional. Siendo el Frente Occidental de la Gran Guerra una cerrada lucha de posiciones, una masa enorme de soldados pasó bastante tiempo en las trincheras, aferrándose a ellas para no enfrentar lo que tarde o temprano resultaba inevitable: exponerse a los disparos enemigos.

La ofensiva alemana de 1914, lo mismo que el avance inglés y francés, se estancaron muy pronto. Batallas como la de Verdún o el Somme en 1916 quisieron, sin éxito, romper esa dinámica que hacía del espectáculo dantesco de la guerra algo muy “poco dinámico”. El resultado, sin embargo, fue poco alentador en lo que respecta al avance de los ejércitos, pero tremendamente costoso en vidas. Con o sin grandes movimientos, la muerte cobró siempre una cuota impresionante.

Quizás en el momento en el que sonaba un silbato ordenando abandonar la trinchera y avanzar, la idea del hogar (por pasajera o irreal que fuera) cobraba fuerza. Era igual que salir de casa, dejar su abrigo y protección, y quedar en medio del campo de batalla con grandes posibilidades de no volver jamás o de no volver igual.

Es ahí donde también se producen las reflexiones más profundas y perturbadoras sobre el combate. El escritor alemán Ernst Jünger, combatiente de la Gran Guerra (también lo sería de la que estallaría en 1939), lo sabía perfectamente. Una parte fundamental de su obra es el recorrido literario e intelectual por el paisaje de la conflagración y los diversos estados de ánimo que lo pueden acompañar. Su novela El teniente Sturm, lo mismo que su Diario de guerra (1914-1918), son un espejo que refleja cabalmente su penetrante mirada en torno a uno de los más grandes horrores que el hombre puede vivir: luchar a muerte contra sus semejantes, abrazar la brutal irracionalidad en nombre del honor, la patria o el heroísmo.

En la trinchera, su personaje Sturm viene a representarlo a él mismo. Jünger-Sturm seguramente dio consuelo y abrigo con sus palabras a sus compañeros de infortunio, por los motivos que señala precisamente en las primeras páginas de la novela:

“Junto a los sucesos del día, la base que sustentaba su conversación era un interés común por la literatura. Todos ellos habían leído mucho, pero sin criterio alguno, cosa típica de los jóvenes ambientes literarios alemanes. Tenían en común una ingenua fuerza elemental, extrañamente unida a cierta decadencia. Les gustaba atribuir eso a la influencia de la guerra, que, cual atávica marea viva, había interrumpido en las llanuras de una cultura tardía, habituada a todos los lujos. Así, por ejemplo, todos venían a coincidir categóricamente en figuras tan distantes entre sí, por el tiempo, el lugar y la importancia, como Juvenal, Rabelais, Li-Tai-Pe, Balzac y Huysmans. Sturm había definido en una ocasión esos gustos como el placer producido por el perfume del mal procedente de las selvas de la fuerza”.

La violencia, encarnación de cualquier causa (según las ideas, pretextos o cubiertas ideológicas más diversas), puede despertar toda clase de aromas intelectivos o estéticos provenientes del “perfume del mal”. Ese que hace que Sturm sea consciente en algún momento de que ya forma parte de la maquinaria consagrada de modo “natural” al exterminio de sus congéneres. Al principio duda en jalar del gatillo: eso de matar a un desconocido debería plantear en todo momento un hondo conflicto. ¿El “enemigo” de mi país es mi enemigo? ¿O es el Estado que
nos esclaviza y enajena el que nos produce ese sentimiento irracional?

La conclusión es obvia: “Las selvas de la fuerza” crecen por doquier y justifican hasta la participación del más inteligente y culto en una guerra; llegado el momento de disparar, hasta la voluntad de un intelectual o un escritor es doblegada. Matará y luego tal vez reflexione, pero entre tanto su contribución a la destrucción de la racionalidad que pretendidamente nos cohesiona como especie es definitiva.

Debo a Jünger este encuentro con la trinchera como hábitat de una inteligencia profunda y descarnada que nos habla de la grandeza del hombre y sus miserias (¿dónde más sino en el fragor de la batalla?). Leerlo es como escuchar una sinfonía implacable, total, que registra los sonidos y gritos que acompañan a los guerreros de todos lo bandos, luchando, implorando por volver a casa. Al menos a la trinchera.


ariel2001@prodigy.net.mx