Analecta de las horas

Bajo el signo de Venus

Los placeres relatados por audaces escritores irán en aumento, incluso generando un pensamiento filosófico que antepone la ley del placer o un culto a la libre exploración del cuerpo, el deseo y la libre consumación del acto sexual.

Habiendo entrado con el pie izquierdo a la escena literaria, la novela quizás necesitó del erotismo y de las historias de los (no pocos) libertinos de la época de la Ilustración para afianzarse como género, dada su compleja configuración como un género aparte —dice Luis Goytisolo en su excelente ensayo Naturaleza de la novela, que es “fruto residual de la evolución de una serie de géneros hoy desaparecidos: epopeya, cantares de gesta, leyendas, libros de caballería, etcétera. Es decir, un género de contornos desdibujados, a diferencia, por ejemplo, de la poesía o el teatro, cuya mera mención evoca un concepto incuestionable”—, la novela ganó a los grandes públicos a través, primero, de la picaresca, y más tarde revelando no solo intimidades a la manera romántica de Werther, sino con situaciones mucho más atrevidas y hasta subidas de tono, como las que planteó Fanny Hill, de John Cleland, “la primera prosa pornográfica inglesa, y la primera pornografía que usa la forma de novela”, dijo un crítico de los años sesenta.

Al final, la novela no fue siempre el vehículo edificante o (peor) moralizante con que soñaron algunos filósofos, pero tampoco se confirmó como un entretenimiento menor para señoritas desorientadas en su gusto y propensas a dejar perturbar su conciencia.

El siglo XVIII fue el que marcó el despegue de este género al mostrar toda su riqueza y posibilidades, pero obviamente no sería sino hasta el siglo XIX que —de acuerdo con Goytisolo en la citada obra— se consolidara “merced, por una parte, a la condición generalizada de sus rasgos más característicos —distintos a los de cualquier otro tipo de relato— y, por otra parte, a su aceptación como tal por un público lector mucho más amplio que en cualquier época precedente”.

Y dentro de ese panorama, la novela erótica ocupa un lugar especial. Dígalo si no la magnífica selección preparada por el inagotable Mauro Armiño (viejo conocido nuestro, de quien ya hemos reseñado, por ejemplo, su maravillosa edición de los cuentos completos de Maupassant) para la editorial Siruela (2015): Los dominios de Venus. Antología de novelas eróticas (siglos XVIII-XIX).

En su bien documentado ensayo preliminar, Armiño —quien ya nos había obsequiado una floresta de Cuentos y relatos libertinos (Siruela, 2008)— nos informa que en la segunda mitad del siglo XVII, “cuando se consolida la ‘clase’ social de los libertinos, que ya existía entre la aristocracia de sangre real y no real en las primeras décadas del largo reinado de Luis XIV, la primera de las novelas claramente eróticas aparece en ese momento: la anónima L´Ecole des filles (1655), pequeño manual de libertinaje entre dos ingenuas jóvenes, Susanne y Fanchon…”.

En adelante, todos los placeres relatados por audaces escritores irán en aumento, incluso generando un pensamiento filosófico que antepone la ley del placer o, por lo menos, un culto a la libre exploración del
cuerpo, el deseo y la libre consumación del acto sexual. La persecución formal de estos escritores gozó, en muchos casos y paralelamente, de la protección de importantes personajes de la corte francesa. La explicación de ello es que en todo caso estas obras eran apenas el reflejo de los excesos y prácticas amorosas de la aristocracia.

La novela erótica renueva su aplomo literario explotando “un tema que será recurrente a lo largo del siglo XVIII: la implicación de la religión, de los eclesiásticos, en el desenfreno sexual, como se ve en El portero de los cartujos y en Teresa Filósofa” (ambas obras incluidas por Armiño en su libro). Y es que se requiere gran sutileza literaria para poder presentar a aquellos que, en lugar de abrir los caminos de la beatitud y la contrición que su oficio supone, desencadenan los mecanismos más oscuros e inesperados del placer carnal.

El hecho de que la Iglesia y sus representantes fueran blanco predilecto de la novela libertina tiene que ver con la profunda hipocresía de la institución religiosa para tratar a los pecadores: una vara, nos dice Armiño, para medir al pueblo y otra muy distinta para examinar las “pequeñas faltas” de los nobles.

Por supuesto, otros temas —todos teñidos de esa audacia que solo otorga la transgresión del tabú— no faltarán a los buenos escritores: la vida galante tal cual (Fanny Hill, de John Cleland); la prostitución masculina (El libertino de calidad, del Conde de Mirabeau —sí, el célebre orador de la Revolución Francesa—); las relaciones lésbicas, sadismo y voyerismo (Gamiani, o dos noches de excesos, del delicado Afred de Musset); el escándalo hasta lo escatológico y grotesco (La carta a la Presidenta, del exquisito Théophile Gautier); el martirio, las torturas y suplicios como extraños placeres (La venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch, referente fundamental del sadomasoquismo), y el sometimiento y la esclavitud de las precursoras de Lolita (La mujer y el pelele, de Pierre Louÿs).

Todas esas miradas desbordadas de erotismo son las que ha reunido Armiño en esta excitante antología, una atinada provocación en medio de tanta basura que se presume como literatura erótica.

 

ariel2001@prodigy.net.mx