Analecta de las horas

Un siglo de bombardeos

La actualidad del tema, con todo y las bombas inteligentes que nunca evitan los daños colaterales, llenaría enciclopedias del terror.

Imaginaba haber salido del combate

por un profundo túnel, excavado hace tiempo

en la roca por mano de titanes.

Pero también allí gemían, apiñados

durmientes, cuyo sueño temía importunar.

Luego, al hablarle, uno se puso en pie: miraba

hacia mí fijamente, con ojos compasivos

y una mano que alzaba como en gesto de dádiva.

Por su sonrisa conocí aquel hosco lugar,

en su mueca de muerte supe que era el Infierno.

Wilfred Owen, Extraño encuentro


Por los millones de víctimas e incuantificables daños materiales que han provocado y cobrado, cualquiera diría que la pesadilla de los bombardeos comenzó hace una eternidad; no obstante, tienen apenas 100 años. Entre los orgullosos mandos militares y pilotos que los ejecutan se los debe ver, claro está, como instrumentos de “persuasión” apenas en pañales.

De quién fue la destructiva idea o su primera puesta en práctica es siempre discutible, puesto que antes de que existieran los aviones la osadía de algunos militares ya había planeado y realizado el lanzamiento de bombas y granadas desde globos. Al parecer, en este género de atrocidades los pioneros fueron los austriacos, cuando el 15 de julio de 1849 —oh, aérea pero no volátil memoria— utilizaron globos no tripulados cargados con bombas para que cayeran sobre Venecia, para convencer a los italianos de que luchar por su independencia tendría (y los tuvo) altos costos.

Esta forma de hacer la guerra cobró tal relevancia durante la segunda mitad del siglo XIX que fue parte de la agenda de la Convención de paz de La Haya en 1899. Su resultado fue una de las primeras resoluciones internacionales más ignoradas y violadas de la historia: la prohibición de lanzar bombas desde globos. O quizás habría que verlo de otra forma, porque al cabo de unos cuantos años la prohibición sí se terminó por cumplir, toda vez que los globos empezaron a dejar su lugar a los aviones.

Así las cosas, en noviembre de 1911 el piloto italiano Giulio Gavotti, durante la guerra entre Italia y Turquía en el norte de África, se hizo famoso por tomar unas granadas y lanzarlas desde el aire contra el enemigo. Se sabe que no produjo ninguna víctima ni tampoco grandes daños, pero la idea de usar el invento de los hermanos Wright para lanzar bombas o explosivos no desaparecería ya nunca de la mentalidad militar.

Por lo que hace a México, la Revolución fue el escenario de lo que fue probablemente el primer ataque aeronaval: las fuerzas leales a Carranza atacaron varios buques huertistas en Guaymas con un avión G.L. Martin Pusher, bautizado luego como Sonora.

Sin embargo, el primer bombardeo aéreo contra una población ocurrió propiamente durante la Primera Guerra Mundial, el 19 de enero de 1915: dos zepelines alemanes dejaron caer decenas de kilos de bombas sobre varias poblaciones inglesas como Great Yarmouth, Sheringham y Lynn del Rey.

El 22 de marzo de ese mismo año, París viviría un terror semejante, si bien las bajas sufridas en estos primeros bombardeos no fueron para nada comparables con la técnica del bombardeo masivo que se conocería primero en Guernica (donde los bombarderos nazis se cebaron sobre la población civil) y poco después en la Segunda Guerra Mundial.

En esta última hay que contabilizar, por su dramatismo y crueldad innecesaria (la guerra ya se había decidido a favor de los aliados y estaba por terminar en unas semanas), el bombardeo de la ciudad alemana de Dresde, que arrasó con unas 135 mil vidas. O el ataque sobre Tokio, la noche del 9 de marzo de 1945, que causó la muerte de casi 84 mil personas (incluso más que la bomba atómica de Hiroshima, que aniquiló a poco más de 71 mil).

Después no podemos dejar de tener en cuenta el infierno de Vietnam. Distintos informes señalan que las bombas usadas suman algo así como ocho millones, cuatro veces más que las arrojadas durante toda la Segunda Guerra Mundial.

La actualidad del tema, con todo y las bombas inteligentes que nunca evitan los daños colaterales, llenaría enciclopedias del terror. Medio Oriente, África y otras regiones del mundo han sufrido una y otra vez la muerte que cae del cielo.

Kurt Vonnegut, quien sobrevivió al bombardeo de Dresde (había sido llevado como prisionero), escribió en Matadero Cinco:

Les he enseñado a mis hijos que jamás tomen parte en

matanza alguna bajo ningún pretexto, y que las noticias

sobre el exterminio y la derrota de sus enemigos no deben

producirles ni satisfacción ni alegría.

También les he inculcado que no deben trabajar en

empresas que fabriquen máquinas de matar, y que deben

expresar su desprecio por la gente que las cree necesarias.


ariel2001@prodigy.net.mx