Analecta de las horas

Las segundas partes

Nos gustan tanto, atrapan de tal manera nuestra imaginación, nos han regalado momentos tan maravillosos en diversas etapas de nuestra vida y a lo largo de la historia (y siempre podemos volver a ellos), son tan poderosamente reales en su ficción, que creamos la necesidad de que se los reescriba, reinvente, incluso falsifique, para que continúen sus andanzas. Son los personajes literarios más entrañables de todos los tiempos; algunos son clásicos probados, otros se mantienen como éxitos contemporáneos (el futuro dirá qué más alcanzan), pero han sido dotados, sin importar lo que hubieran podido pensar o desear sus autores, de una segunda vida, una segunda parte, una saga.

La continuidad de nuestros héroes literarios es una vieja circunstancia: ya las novelas de caballería, hace siglos, eran pródigas en ejemplos de cómo se intentaban extender lo más posible las aventuras de algún personaje excepcional. Pienso desde luego en el inconsumible y trashumante Amadís de Gaula, que pasa de un autor a otro, renovando su presencia para solaz de sus lectores.

Terminada la única versión completa que se conoce del buen Amadís, a cargo de Garci Rodríguez de Montalvo (quien le dio forma a los cuatro primeros libros), su éxito no se hace esperar; el propio Montalvo resuelve mantenerlo escribiendo una continuación: Las sergas de Esplandián, que vienen a ser el quinto libro. Luego vendrá Ruy Páez de Ribera, con su Florisando, sexto libro del ciclo; más tarde, Feliciano de Silva hace caso omiso de la obra de Páez de Ribera y retoma Las sergas de Esplandián en su obra Lisuarte de Grecia. Y así, ignorándose o considerándose (las menos de las veces) prosiguen los trabajos y buenas obras del gran Amadís a través de Juan Díaz, Pedro de Luján y el italiano Mambrino Roseo.

Sin embargo, el entusiasmo y hasta las vendettas literarias que produjo el Amadís —un buen ejemplo de cómo ya se cocinaban diversas sagas en el mercado editorial del siglo XVI—no habrían sido posibles sin la fidelidad de los lectores (de varias generaciones) hacia los amores, aventuras y travesías del noble caballero y sus descendientes.

Pero eso sí: para que hubiera posibles continuaciones era indispensable mantener con vida a Amadís, y el responsable de ello fue, en primer lugar, Montalvo, quien se tomó la licencia de que Amadís no muriera a manos de Esplandián, como sucede en el original al que él dio forma en cuatro libros. Gracias Montalvo.

Ahora bien, además de que no siempre las segundas partes fueron buenas, en ocasiones también sirvieron para dirimir asuntos que no competían directamente al personaje o héroe en cuestión. Así le sucedió al mismísimo Cervantes, quien en vida tuvo que ver cómo un tal (apócrifo en realidad) Alonso Fernández de Avellaneda publicaba una segunda parte de su Don Quijote, donde encima se lo atacaba y tachaba de envidioso (por un pleito con Lope de Vega, otrora amigo suyo).

Por lo demás, lo que sucedió con el genial personaje de Cervantes no tiene parangón en la historia de la literatura: sus imitaciones y continuaciones en lengua inglesa, francesa y alemana se contabilizan por decenas en el siglo XVII. En el XVIII se observa un boom de quijotes regionales: el ecuatoriano Juan Montalvo, con su Capítulos que se le olvidaron a Cervantes (1895), se inscribe con mucha dignidad entre los que con mejor pluma intentaron dar nuevo paso a nuestro caballero andante.

La tentación de insuflar nuevos bríos a los personajes literarios alcanza por supuesto a todos los géneros y autores, pero hay que reconocer que algunos gozan de un encanto singular. Sin duda, la tendencia a dar continuidad a clásicos modernos como Drácula o Sherlock Holmes ha sido tan necesaria como en su momento lo fue alargar la existencia de Amadís o el Quijote. Los resultados, no obstante, siempre han sido desiguales y hasta desastrosos.

Por lo pronto, puedo apuntar que los libros del hijo de sir Arthur Conan Doyle, Adrian, al lado de John Dickson Carr, que buscaban dar un segundo aire a Sherlock Holmes, no están presentes más que entre los curiosos y conocedores de cuanto se refiere a Sherlock Holmes, aunque de estos autores provenga el lugar común “Elemental, querido Watson” (que, dicen los estudiosos, jamás pronunció como tal el famoso detective en ninguna de las novelas originales de Conan Doyle).

Otro tanto ha sucedido con el Drácula de Bram Stoker a manos de su sobrino-bisnieto Dacre Stoker. quien escribió Drácula, el no muerto a partir de manuscritos que, según él, dejara su egregio antepasado (una coartada que las grandes editoriales adoran al momento de hacer un lanzamiento espectacular).

¿Qué podemos esperar entonces de Sophie Hannah, autorizada para escribir un nuevo libro sobre Hercule Poirot, el detective belga imaginado magistralmente por Agatha Christie? Entretenimiento, en primer lugar. Y, con todo, un buen pretexto para volver a los originales.