Analecta de las horas

Del saqueo nazi a los “Monuments Men”

La película los presenta como los salvadores del patrimonio artístico europeo, lo cual dista de la verdad: las fuentes más serias en torno de esta historia señalan que fueron los mineros de Altaussee los verdaderos salvadores.


Primero definieron (con la miseria conceptual que los caracterizaba) lo que era el “arte degenerado”: una suma de todo aquello que revelara un espíritu “diferente” del alemán: un tipo de expresión libre y, por lo mismo, odiosa, una forma de representación del mundo inquietante, provocadora, alejada de los cánones supuestamente clásicos y ortodoxos del Occidente ario. A decir verdad, nunca estuvo muy claro qué pretendían exhibir como “arte degenerado”, pero no pocas veces era simplemente aquello que no era del gusto de Adolfo Hitler, es decir, todo cuanto recordara el por qué de su frustrada trayectoria artística (se sabe que el pobre diablo quiso ser pintor).

Así, puede decirse que el “arte degenerado” era, en buena medida, todo lo que el resentimiento nazi detectaba como incomprensible, fuera de sus alcances estéticos, ceñidos a una pretendida tradición artística que exaltaba
los valores nacionales, “morales” o incluso los
tiempos idos de la Alemania preindustrial.

Sea como fuere, una vez que lo definieron comenzaron a perseguirlo del modo más siniestro: cerrando las galerías que exponían esta clase de obras “insultantes” para la revolución hitleriana, confiscando sus cuadros y esculturas, y desde luego encarcelando o asesinando a los artistas cuando eso fue posible (puesto que muchos estaban por fortuna lejos de su alcance). Más tarde, comenzaron a dar forma “útil¨ a todo su saqueo a través de subastas en diversos países europeos, para lo cual contaron con la complicidad de algunas galerías y críticos que en todo momento fueron obsecuentes con los nazis.

Se trataba de que la “basura” decomisada dejara por lo menos algo de dinero para su causa, todo esto poco antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Desde luego, los subastadores no presentaban así las cosas. Decían a los coleccionistas y compradores que la venta era para apoyar a los museos alemanes, no para el Partido Nacional Socialista, como en realidad sucedía. Estas subastas, algunas de ellas muy relevantes por el tipo de obras “degeneradas” que fueron vendidas (obras referenciales de todas las vanguardias artísticas), tuvieron lugar en los años previos a la guerra en países como Holanda o Francia.

Al comenzar la conflagración, el saqueo cobró otras dimensiones, porque el interés de los nazis ya no estaba puesto en el “arte degenerado” sino en los tesoros artísticos de los países invadidos. Museos y grandes colecciones se vieron amenazados por la ambición desmedida de gente tan sutil como Hemann Goering, pero sobre todo por un sueño de Hitler: el museo que había proyectado construir en la ciudad de Linz y que albergaría lo mejor del arte occidental (el oriental tenía un valor para él menor que el “degenerado”). Fue así que muchas obras de arte fueron robadas y llevadas a las casas de Hitler y demás jerarcas nazis; otras —miles en realidad— fueron almacenadas en una mina de sal austriaca en Altaussee.

La historia del rescate de este tesoro vuelve a la memoria gracias a la película MonumentsMen, aunque un tanto distorsionada por las necesidades de Hollywood. Los MonumentsMen no son una invención, claro está: fueron un destacamento que acompañó a las tropas estadunidenses desde el Día D en el intento por localizar y proteger los tesoros saqueados por los nazis. En los últimos días de la guerra esta tarea se tornó más intensa y compleja. Los especialistas que conformaban este singular equipo (muy lejos del look de George Clooney o Matt Damon), habían salido de las aulas universitarias y de los museos, pero de ningún modo tenían una formación militar y menos como detectives, así que sus logros hasta ese momento habían sido pocos.

A pesar de ello, la película los presenta como los salvadores del patrimonio artístico europeo, lo cual dista mucho de la verdad, por más que la leyenda haya obrado a favor suyo. Las fuentes más serias en torno de esta historia, sin duda apasionante, señalan que fueron los mineros de Altaussee sus verdaderos salvadores, por razones, como se verá abajo, menos estéticas que las que animaban a los Monuments Men.

Enterado de que la última disposición del Führer era destruir todo cuanto pudiera caer en manos del enemigo, el jefe nazi de esta región austriaca, August Eigruber, no tuvo mejor idea que hacer estallar la mina con todos los tesoros artísticos que contenía. Así que ordenó a las todavía temibles SS que colocaran varias cajas con explosivos en su interior.

Percatándose de este plan, los mineros —temerosos de quedarse sin su fuente de trabajo— pidieron la intercesión de varias figuras a las que hay que agradecer finalmente que no se haya verificado la destrucción de miles de obras de arte: desde el director de la mina, Emmerich Pöchmüller, que trató de convencer (sin lograrlo) a Eigruber de que desistiera, hasta Alois Raudaschi, un militante nazi que, no obstante, supo solicitar atinadamente la ayuda de Ernst Kaltenbrunner, jefe de la Gestapo, quien por esa época estaba más preocupado por ocultarse en la región que por obedecer ciegamente las órdenes de sus jefes.

Probablemente es al temor de este tránsfuga nazi (que no quiso llamar más la atención de los aliados sobre esta región dinamitando la mina) al que le debemos que las miles de obras hayan podido ser recuperadas. Y también hay que agradecer a la mina de sal, que resultó ser un extraordinario recinto para la conservación en buen estado de los cuadros.

Seguro que un día de estos veré la película de Clooney, pero me queda claro nuevamente que la historia, en su sencillez, siempre es más sorprendente que la ficción, y que cada una de las obras que se salvaron de la expoliación nazi tiene mucho que contar.

ariel2001@prodigy.net.mx