Analecta de las horas

Las revueltas sin Revueltas

No imagino cómo hubiera vivido el “progreso” de la izquierda comunista hasta su absorción por el nacionalismo revolucionario, y cómo hubiera reaccionado frente al “estalinismo chichimeca” con una vocación violenta y un proyecto delirante.

Tiene gracia nacer un día por el que no guardamos ninguna devoción. Para un ateo, por ejemplo, venir al mundo un 24 de diciembre debe ser, al menos, una contradicción; para José Revueltas, sin ir más lejos, nacer en el aniversario de la Revolución Mexicana debió ser como una llamada de atención de la historia. Él, que se convertiría en uno de los críticos más lúcidos del nacionalismo revolucionario, vio de seguro en esa fecha una suerte de charada que él tendría que descifrar.

En el momento de su militancia comunista, de su confrontación con el poder caciquil de los sindicatos oficiales, del carácter omnímodo del partido único, la Revolución Mexicana seguía siendo el primer mito nacional; todo el oficialismo, la vida pública, las instituciones, el imaginario educativo y cívico, descansaban en la sacrosanta imagen de la Revolución Mexicana y del (único) partido que gestionaba sus realizaciones y metas.

Revueltas, hombre rebelde de las épocas en que ir a una manifestación no era como ir al Buen Fin, se dedicó a desmitificar al régimen de la Revolución Mexicana y, de paso, a inconformarse también con la ya entonces anquilosada izquierda comunista.

Tan solo estas dos tareas lo hacían un personaje incómodo, indeseable para tirios y troyanos, pero sobre todo lo ponía al margen de los proyectos políticos en marcha: los auspiciados por el todopoderoso PRI y los encauzados por una izquierda que siempre iba más atrás incluso del Partido Comunista de la URSS, cuando éste era como el Vaticano del movimiento comunista internacional.

La crítica radical de Revueltas no tenía posibles interlocutores en un país semianalfabeto y donde toda la vida política gravitaba, de un modo u otro, en torno al PRI. En su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza señalaba que en México “a cada instante se intenta despojar al marxismo de su carácter vivo y práctico”; describe un “empantanado medio ideológico”, donde volver “a las fuentes clásicas del socialismo científico es considerada con un misericordioso encogimiento de hombros por los ‘políticos realistas’ del demo-marxismo (ese ‘marxismo’ oficial de la ideología democrático-burguesa ‘más avanzada’, de los economistas del capitalismo de Estado, de los consejeros ‘de izquierda’ de la presidencia de la República y de Lombardo Toledano)”.

Pobre Revueltas, no puedo imaginar siquiera cómo hubiera vivido el “progreso” de la izquierda comunista (y socialista) hasta su absorción y disolución por parte del nacionalismo revolucionario priista (es decir, la disidencia cardenista que termino aglutinándola). Y cómo hubiera reaccionado frente a la izquierda de las catacumbas, mezcla del “estalinismo chichimeca” que él conoció, con una inocultable vocación violenta y un proyecto delirante.

Por suerte, creo que Revueltas tendría otros interlocutores: universitarios distinguidos, escritores sutiles, intelectuales serios, pero no creo que los “teóricos” del PRD, Morena o los grupos que desde la clandestinidad abominan de la vida democrática que a duras penas hemos alcanzado.

Los “demo-marxistas mexicanos” hace mucho desaparecieron, puesto que las izquierdas, cada vez más ignorantes, ni siquiera se acercaban a Marx para santiguarse como frente a un fetiche. Ni soñar, como decía Revueltas, en “aplicar los conceptos de Marx a la realidad histórica de México”.

Por lo demás, la caída del Muro de Berlín pasó de noche para el debate de la izquierda mexicana. Preocupada como estaba en su integración y unidad, y más tarde en recoger votos a toda costa y hacerse de posiciones, todo cuanto la caracterizó por décadas (publicaciones, círculos de estudio, seminarios, debates públicos, etcétera) se esfumó.

Cuando estaba por terminar la huelga del Consejo Estudiantil Universitario en 1987, alguien pintó en un muro de Filosofía y Letras en CU: “Ay, Pepe, cómo me acuerdo de ti en estas Revueltas”. Todavía había ingenio y humor en los movimientos estudiantiles. Ahora, viendo a los muchachos del Politécnico paralizar sin mayor ideario sus escuelas por semanas y semanas, me parecen casi unos ancianos llenos de amargo conservadurismo (para que nada cambie).

Y sí, el centenario de Revueltas se presta para pensar en él a la luz de lo que sucede. Seguiría odiando, como el más puro que era, los poderes establecidos; estaría indignado por la impunidad, claro, pero no le harían gracia los provocadores encapuchados, ni los discursos delirantes, ni tampoco el radicalismo por Facebook o Twitter. Seguiría siendo polémico en más de un sentido, pero su sola congruencia sería un ejemplo fundamental en esta época tan confusa.

¡Ay de las revueltas sin Revueltas!


ariel2001@prodigy.net.mx