Analecta de las horas

1989 en el recuerdo

Me acuerdo siempre  de no olvidar que días así, donde la humanidad se reconcilia con la historia, efectivamente no deberían terminar nunca.

El método Me acuerdo, a lo Georges Perec, ya tiene diversas réplicas: en Estados Unidos, Joe Brainard realizó una muy buena, y en México Margo Glantz ha ensayado un remedo con su Yo también me acuerdo. Al final, todos nos acordamos, porque todos tenemos recuerdos. Para hablar de 1989, annus mirabilis, no seguiré siempre la brevedad de la forma inaugurada por Perec, pero sí la mágica entrada Me acuerdo.

Me acuerdo del crepitar de las máquinas de escribir en las redacciones de los diarios y de los rollos de papel en donde se imprimían los cables de las distintas agencias. Entonces, las noticias iban apareciendo letra por letra, palabra por palabra. Sin computadoras personales, tabletas y demás milagros tecnológicos, las redes sociales se ceñían a un buen directorio telefónico, algunos restaurantes y varias buenas cantinas de los alrededores.

Me acuerdo que 1989 comenzó con la condena a muerte del escritor Salman Rushdie y el fallecimiento de Salvador Dalí.

Me acuerdo que en México vivíamos las consecuencias políticas de las elecciones de 1988, cuando Cuauhtémoc Cárdenas aspiró a la Presidencia de la República y el sistema “se cayó”. Me acuerdo que íbamos a pie, en Metro o taxi a las marchas; que todavía la izquierda no practicaba el acarreo.

Me acuerdo de Tras el diluvio: la izquierda ante el fin de siglo, de Ludolfo Paramio, que nos abrió los ojos a las nuevas discusiones de la izquierda que aquí en México solo unos cuantos quisieron atender. (“¿Para qué debatir si podemos marchar? ¿Para qué buscar reformas si lo que queremos es la revolución?”, es lo que parecían decir muchos grupos que a la larga solo llegaron a ser, ya como partidos, una caricatura grotesca del peor PRI de todos los tiempos).

Me acuerdo que nos alegró la noticia de que el dictador Alfredo Stroessner, luego de treinta años en el poder, huía a Brasil; pero que nos decepcionó inmediatamente saber que quien lo derrocaba era su consuegro, el general Andrés Rodríguez.

Me acuerdo de la matanza de jóvenes en la plaza de Tiananmen en Pekín. Del horror y vergüenza de que el totalitarismo chino todavía tuviera adeptos entre lo más retrógrada de la izquierda de América Latina.

Me acuerdo de la perestroika de Gorbachov y de sus profundos efectos en toda Europa del Este. No imaginábamos el triunfo del sindicato Solidaridad y las elecciones en Polonia, la dimisión de Erich Honecker en la RDA y la revuelta y renovación en Hungría y otros países.

Me acuerdo de que me perdí del Nintendo, pero no del Batman de Tim Burton ni de la música de Mecano, ni de que Roger Waters había prometido que Pink Floyd se volvería a reunir si el Muro de Berlín caía.

Me acuerdo que Camilo José Cela recibió el Premio Nobel de Literatura y que a mí me dio gusto, especialmente por La familia de Pascual Duarte, que curiosamente había leído no hacía mucho.

Me acuerdo que la muerte de Bette Davies fue una invitación para ver muchas de sus películas; y que la de Samuel Beckett me inició en nuevos absurdos más allá de Esperando a Godot. Pero ¿no es cierto que en 1989, de alguna forma, Godot llegó por fin?

Me acuerdo de la invasión a Panamá y de cómo el cobarde general Noriega dejó a su pueblo defenderlo y morir engañado.

Me acuerdo de que ese año las tropas soviéticas comenzaron su retirada de Afganistán y de las proféticas palabras de un general ruso que algo sabía del fanatismo talibán: “Nos van a extrañar”.

Me acuerdo de las imágenes de la muchedumbre alemana feliz, tirando la ominosa pared que los separaba de sus familiares y amigos.

Me acuerdo de mi amigo Jorge Medina Viedas, quien nos trajo algunas piedritas del muro como para demostrarnos que sí había caído.

Me acuerdo que Jaume Vallcorba, el extraordinario editor español recientemente fallecido, se encontraba en Berlín cuando cayó el Muro, y lo relató en su crónica de esos días (recogida en el segundo volumen de Reportajes de la historia): “La kurfürstendamm es un hormigueo constante. Un hombre con un acordeón inicia unos compases. De golpe, se forma un círculo, sus integrantes se toman del brazo y cantan: So ein Tag, so wunderschön wie heute, der dürfte nie bergen (‘Un día como hoy, tan maravilloso como hoy, no debería terminar nunca’). El círculo se ensancha y crece, y unos cuantos aventuran incluso una armonía. Es una canción popular en las dos Alemanias. La han cantado muchas veces en las fiestas y también en los estadios, cuando su equipo gana la Liga”.

Me acuerdo siempre de no olvidar que días así, donde la humanidad se reconcilia con la historia, efectivamente no deberían terminar nunca.


ariel2001@prodigy.net.mx