Analecta de las horas

Superstición

Contra lo que pudiera creerse, la riqueza y el poder no tienen ningún blindaje contra la superstición y la charlatanería. Lo demostró fehacientemente un campesino analfabeto llamado Grigori Yefímovich, Rasputín, cuando en 1905 consiguió ingresar a la corte rusa y convertirse en uno de los personajes más relevantes e influyentes (además de siniestro y depravado) del entorno zarista.

Lo acabo de recordar, porque hace cien años años (el 30 de diciembre de 1916) fue aparatosamente asesinado en un palacio de San Petersburgo, resistiéndose casi de modo sobrenatural a sus victimarios.

Sin embargo, ya antes de su llegada la ignorancia y vulnerabilidad de la familia real le habían abierto las puertas a un “médico” francés que en realidad practicaba el ocultismo. Se llamaba Philippe Nizier-Vashod y era conocido simplemente como Maestro Philippe, y más coloquialmente como el Peligro negro.

Habiendo encantado a la emperatriz Alejandra, el zar Nicolás II dispuso que la Academia de Medicina de San Petersburgo le concediera el título de médico para validar su actuación en la corte.

Al principio eran solo las sesiones espiritistas y la lisonja perfectamente dirigida a la zarina y Nicolás; más tarde, los anuncios y predicciones espectaculares. Una de ellas, por cierto, lo llevaría de regreso a Francia, expulsado para siempre de la corte rusa. Acababa de nacer la cuarta hija de los Romanov, Anastasia, cuando al farsante se le ocurrió que la zarina estaba de nuevo embarazada y que él podía conseguir determinar el sexo del nuevo descendiente (puesto que nada anhelaba más que un heredero al trono). Hubo un gran alboroto que trastocó toda la agenda social de la corte y hasta la prensa se hizo eco del embarazo de la emperatriz Alejandra, pero pronto se confirmó que todo era una vil patraña y el médico-brujo quedó en ridículo.

A pesar de todo, era tal la influencia que la duquesa Militsa tenía sobre la emperatriz, que logró convencer a ésta de que para conseguir traer al mundo al que sería el nuevo zar, debía buscar la protección de un ermitaño llamado Serafín que había vivido y muerto en Sarov; la idea era que para ganarse su favor, éste debía ser canonizado por la Iglesia ortodoxa, lo que no era tan fácil. Finalmente, san Serafín fue posible debido a que la Iglesia se sometió a la voluntad del zar.

El nacimiento de Alekséi, el esperado heredero, se produjo en 1904, con lo que la zarina no pudo menos que entregar totalmente su fe a la superchería de la duquesa Militsa. Desafortunadamente, el nacimiento del niño vino acompañado de un pronóstico médico terrible: padecía hemofilia, una rara enfermedad que impide la coagulación inmediata de la sangre. Y la naturaleza de esta enfermedad se convirtió en una oportunidad más para buscar soluciones esotéricas.

Cuenta Virgina Cowles en su breve pero bien logrado Los últimos zares (Editorial Juventud, 1979) que probablemente la predicción final de Philippe Nizier-Vashod hecha a la zarina poco antes de su defenestración, estaba por cumplirse: “Algún día tendrás un amigo como yo que te hablará de Dios”.

Años antes ese “amigo” se había puesto en camino hacia San Petersburgo desde un pueblo de Siberia, y después de muchos recorridos por Rusia predicando las enseñanzas de una secta cristiana conocida como los flagelantes, que combinaban de un modo bastante extraño la convicción de que el dolor acercaba la verdadera fe con orgías interminables en las que destacaba ya desde entonces Rasputín. Luego sería ermitaño y trabaría estrecha relación con un asceta llamado el hermano Macario, que terminaría por modelar su personalidad a un tiempo mística y salvaje.

Al despuntar el siglo XX y luego de más de trescientos años de gobernar Rusia con todas las brutales reglas del despotismo, la dinastía de los Romanov hacía evidente su declinación en casi todos los terrenos. El enorme atraso de su país contrastaba notablemente con la acumulación de riqueza y poder de la corte, así como de unas cuantas familias que eran dueñas de la tierra y las vidas que la habitaban.

Incapaz de emprender reformas, derrotada militarmente en todos los frentes y convencida de que gobernaría por gracia de Dios hasta el final de los tiempos, la familia Romanov no tuvo empacho en contratar los servicios de Rasputín para atender la enfermedad del zarévich con sus oraciones y poderes sobrenaturales.

La llegada a la corte de este sanador que no sabía leer ni escribir fue posible en esta ocasión no tanto por la duquesa Militsa, sino por una amiga de la zarina, Anna Výrubova, quien lo recomendó como la mejor opción para detener las hemorragias de Alekséi.

Su hechizo sobre la corte fue instantáneo: a los zares los llamó batiushka y manushka (padre y madre), rompiendo todo protocolo, y después sedujo abiertamente a cuanta mujer se le acercaba. Su vertiginoso ascenso ha sido objeto de innumerables especulaciones, algunas de ellas no menos esotéricas que las prácticas de este monje (que nunca fue al monasterio), pero es un hecho que tuvo como base la profunda decadencia de los zares y su imperio.

ariel2001@prodigy.net.mx