Analecta de las horas

La Constitución chilanga

Pasará el fin de semana y con él las elecciones aquí y allá; pero quedará el reto urgente de rehacer la política, de dignificarla, construir acuerdos, trabajar con ideas y no con frases huecas, con programas realistas y compromisos serios.

Llegamos a este fin de semana electoral aturdidos e intoxicados. La publicidad partidista y de quienes presumen de independencia y toda clase de credenciales ciudadanas para hacerse elegir como miembros de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México ha sido demasiada. Entre todos —y con cargo a nuestros impuestos— han conseguido generar un hartazgo difícil de superar: el pronóstico obvio (que espero ingenuamente no se cumpla, dada mi fe en la democracia electoral) es un abstencionismo enorme, quizá histórico en esta deteriorada urbe.

Al parecer, entre las muchas formas que hemos creado para que la legalidad y los derechos nunca se hagan valer, está en primer lugar la interminable elaboración de leyes y reglamentos. Bastaría con que se cumplieran las disposiciones fundamentales, pero preferimos amontonar una tras otra nuevas leyes para todo, y es así que ahora vamos por una Constitución que —cómo chilangos no— será ejemplar para toda la nación y también un referente mundial.

Si ya de por sí los habitantes de esta capital somos vistos como especímenes extraños en otros lugares del país, ahora, cuando hemos permitido que se produzca todo este montaje sobre la primera Constitución de la Ciudad de México, en todas partes tienen derecho a burlarse de nosotros. La delirante idea de que la Constitución chilanga va a representar algo así como un parteaguas o proceso de refundación está presente en las campañas de todos los aspirantes a ser parte de la Asamblea Constituyente.

Se supone que de su elección depende que tengamos aire limpio, seguridad, calles como nuevas, transporte de primer mundo y ese largo etcétera que a diario nos confirma que soñar no cuesta nada, especialmente en esta megalópolis plagada de problemas que, por lo visto, solo un milagro podrá resolver.

En su intento por generar enormes expectativas en torno de lo que será la Constitución capitalina (como si ésta fuera a ser la madre de todas las cartas magnas, como si no existiera un marco constitucional federal), los políticos chilangos han prestado un enorme servicio a la antipolítica y la abulia del electorado.

Las grandes sumas de dinero que reciben del instituto electoral han ido dando cada vez más argumentos a quienes piensan que se trata de un gasto inútil. Sin compartir esta idea (que puede abrir la puerta a las peores tentaciones totalitarias), sí creo que es hora de regular y disminuir al máximo los recursos destinados a las campañas.

Para colmo, llegamos a este proceso electoral después de un viernes desquiciante, cortesía de los activistas de todas las sagradas causas populares del momento. Y lo más increíble es que puedan aparecer coaligadas como si fueran del mismo tenor. Quienes piden por los 43, piden igualmente dar marcha atrás a la reforma educativa (quizás lo único realmente esperanzador para los niños que se mal benefician hasta hoy de la educación pública). Es simplemente vergonzoso porque se termina por defender, con las banderas del victimismo, a la canalla capaz de rapar a los maestros que sí quieren trabajar y que por ello son juzgados como traidores.

Por cierto, más penoso aún ha sido leer a algunos articulistas que, al querer condenar las vejaciones contra los verdaderos maestros disidentes (los que no están con la CNTE), terminan por repartir culpas y cuestionar la evaluación magisterial en marcha, para lo cual señalan incluso que todas las barbaridades que hemos visto son resultado de la misma reforma educativa. Desde luego, si la Secretaría de Educación Pública no presionara y amenazara a los maestros que no trabajan y que no quieren evaluarse con el despido —por demás justificado—, estos abnegados mentores de la CNTE no tomarían medidas tan desesperadas como trasquilar a sus oponentes. Con ese pedestre argumento, algunos editorialistas han hecho su hipócrita condena del trogloditismo de la CNTE y sus aliados para terminar de todas formas justificándolo.

Y bien, pasará el fin de semana y con él las elecciones aquí y allá; pero quedará el reto urgente de rehacer la política, de dignificarla, construir acuerdos, trabajar con ideas y no con frases huecas, con programas realistas y compromisos serios. Aquí, más allá de la Constitución que será formulada, y en todo el país más allá de las posiciones ganadas. Quizá sea mucho pedir, pero a la luz del abstencionismo previsible es lo único que se puede plantear.

ariel2001@prodigy.net.mx