Analecta de las horas

La política de la antipolítica

Necesitamos partidos y organizaciones que defiendan la dignidad de la política y la necesidad de los políticos, no agrupaciones que renieguen de ella como único programa o que presuman su ciudadanía como lo que garantizará su “buena” actuación.

El momento nacional no podía ser más paradójico: cuando más se necesita de la política y de los políticos, estos y aquella son —con y sin razón— profundamente abominados por la mayor parte de la sociedad mexicana. Cuanto más urgentes son las propuestas programáticas serias, las ideas y soluciones de cuño político, más se las condena y detesta; y cuanta más falta hacen los políticos profesionales (lo cual no es, o no debería ser, sinónimo de “tradicionales”), más se los busca reemplazar por charlatanes, payasos o personajes bienintencionados aunque sin ninguna preparación para ocupar un cargo de representación o gobierno.

Como se sabe, todo es resultado de años de corrupción, fraudes, impunidad y grosera demagogia por parte de los partidos. Antes de que lleguen al poder, y ya en él, desde el que roba “poquito” hasta los que son abiertamente delincuentes o incluso criminales, los partidos y sus candidatos han pervertido el sentido de la política al grado de convertirla en una práctica indigna, propia de rufianes.

El verdadero nivel de este desprecio podrá ser medido, sin lugar a dudas, en los próximos comicios; mientras tanto, resulta muy preocupante que el arco de la antipolítica —es decir, de la peor política, que lo es también a su pesar: la que rechaza u obstaculiza abiertamente el ejercicio de los derechos electorales de los ciudadanos y se llena la boca maldiciendo a todos los políticos por igual— se amplíe sin que los partidos, sus militantes y dirigentes hagan muy poco por contrarrestarla.

Pero nuestra tragedia también es resultado de la indiferencia ciudadana. Por mucho tiempo, una parte de la sociedad vivió alejada de la política: dejó hacer, dejó pasar. Los partidos, sus candidatos y luego sus gobiernos les resultaban indiferentes; la percepción que anidaba en esa actitud es que todos eran “lo mismo”. Por supuesto que cuando las cosas han rebasado lo que cómodamente se advertía desde la barrera (de lejos se ven los toros), el activismo o mero desahogo han venido en aumento.

Sucede lo que señala David Runciman en un impecable y pedagógico texto que ahora mismo todos (los que maldecimos a los políticos y los que no) deberíamos leer: Política (Turner, 2014), donde dice:

“Puede que participar de vez en cuando en la vida pública no sea tan divertido como llevar una vida estrictamente privada, pero a fin de cuentas llevar una vida estrictamente privada es una entelequia. Eludir la política incrementa las probabilidades de que ésta acabe tragándonos sin previo aviso […] Participar en política a medias, sin embargo, tampoco es fácil. Existen demasiadas distracciones: los periódicos no informan de lo que los políticos se traen entre manos […] Internet empeora aún más las cosas: aunque quieras informarte sobre política, saber por dónde empezar y cuándo parar es dificilísimo: sobra información y falta tiempo […] Los partidos políticos agonizan, los periódicos desaparecen y nuestra capacidad de concentración en materia de política es, en el mejor de los casos, irregular y caprichosa. Permitimos que el gobierno se aleje de nosotros y luego, cuando descubrimos que las bolsas de riqueza, poder y privilegios han crecido sin que nadie lo impida, estallamos”.

Ya que las cosas se ponen feas, nunca falta ese arrebato tan natural, pero tan tonto, que es: “Que se vayan todos”. ¿Quiénes? Los políticos, por supuesto; los gobernantes y los opositores; los de derecha e izquierda (sea lo que sea que eso signifique); los unos y los otros… Todos. ¿Y quiénes llegan después de que se fueron todos? Bueno, para empezar se descubre que no se pudieron ir todos y que incluso hay políticos muy viejos (como sus ideas) que se quedaron y que fueron relanzados por el vendaval como “nuevos”. Los ejemplos de esto en las crisis de Grecia o algunos países de Iberoamérica son primeramente conmovedores, más tarde dudosos y, finalmente, muy decepcionantes. De España llegan noticias de una organización surgida de la movilización contra la crisis: Podemos (los que sospechan que no va a ningún lado, se preguntan: ¿Podemos?, ¿qué?, ¿quiénes?), y el remedo de estos ciudadanos combativos que no quieren saber nada de política y políticos se multiplica por todas partes.

Caricaturas de eso ya aparecieron, desde luego, en México, y no dudo que vendrán más, todas con esa presentación del “ciudadano” ajeno a la política y a los políticos, pero que pide que votes por él para… ¡obtener una posición de poder! Eso es legítimo, pero lo que apunto solamente es que su condición de “ciudadanos” o aspirantes a un cargo de recientísima factura no los habilita para hacer bien las cosas. Más bien nos muestra que puede haber algo peor que un político profesional: un político improvisado, pero sobre todo vergonzante, incapaz de encarar las cosas por su nombre porque, para empezar, ni siquiera se reconoce como político.

Lo que necesitamos son partidos y organizaciones que defiendan la dignidad de la política y la necesidad de los políticos, no agrupaciones que renieguen de la política como único programa o que presuman su ciudadanía como lo que garantizará su “buena” actuación.

La política es importante; reivindicarla sería un buen punto de partida para quienes aspiran a un cargo de representación. Lo demás es antipolítica, grilla del eterno quejoso sin propuestas, el desplante “rebelde” sin ningún rumbo, la política de la farsa.


ariel2001@prodigy.net.mx