Analecta de las horas

2 de octubre… ¡sí se olvida!

Ardua labor espera a los sesentayochólogos mexicanos para explicar cómo la conmemoración del 2 de octubre se fue transformando en lo que es hoy: un ajonjolí de todos los moles. Lo mismo sirve para que algunos de los participantes y dirigentes del movimiento social de hace 45 años (nunca jubilados) refrenden su presencia en la “lucha, lucha, lucha”, que no deja de luchar, que para que los intérpretes más juveniles e inocentes de aquella época se amordacen en la Plaza de las Tres Culturas, reciten poemas a los granaderos, escriban en Facebook “los versos más tristes” en torno del trágico episodio, y hagan toda clase de asociaciones (una más disparatada que la otra) con la actualidad política del país.

Hijos de una nostalgia que la izquierda mexicana ha convertido en religión, los menores de cincuenta, es decir, los que no vivieron más que, en el mejor de los casos, a través de recuerdos muy infantiles el movimiento del 68 y su sangriento desenlace, son los que mayoritariamente animan la peregrinación anual para recordar lo sucedido. Y recordarlo, además, tal como a ellos se los contaron (sus padres, sus tíos, sus mentores ideológicos o algunos libros que ya son como el catecismo de esta ceremonia), dejando fuera cualquier matiz o reflexión que contradiga en algo la pureza (y simpleza) de su relato.

Son los que cada año encienden veladoras y sufren como si la matanza hubiera ocurrido ayer; los que amanecen con la triste convicción de que “nada ha cambiado” (y es cierto: en sus cabezas no parece cambiar nada, nunca); los que más añoraban inconscientemente el regreso del PRI para poder llenarse la boca —por primera o enésima vez— con el grito de “¡Muera el PRI!”, y así adquirir o ratificar una posición en el mundo progresista; los que ante el calendario cívico y de efemérides ninguna otra fecha —ni la Decena Trágica, mucho menos la batalla de Churubusco o el 5 de mayo— los conmueve o les dice tanto como el 2 de octubre.

Monomaniacos de la historia, consumidores de un diario, un semanario o un solo programa de radio que son los únicos que dicen “la verdad” que ellos quieren leer y oír, son ya los fieles creyentes de una suerte de Iglesia cuyo soporte básico es el antigobiernismo más ramplón y maniqueo.

Y esta masa de creyentes, en su mayor parte honesta y hasta cándida, es la que sirvió de amparo, por lo menos este 2 de octubre, para que un conjunto de luchadores, como los maestros de la CNTE, los electricistas del SME y otros contingentes hicieran su agosto recién comenzando octubre. Otro motivo de reflexión para los teóricos del 68: ¿qué relación moral y política puede guardar la conmemoración de un movimiento estudiantil animado por grandes ideales democratizadores, con una organización magisterial que lo que menos hace es dar clases y otra que representa lo peor de las prácticas sindicales?

Entiendo que el progresismo nacional encuentre en el 2 de octubre una buena fecha para salir a la calle, dándole toda clase de significados, pero ¿por qué hacerlo al lado de grupos declaradamente parasitarios, defensores de intereses laborales mezquinos, no pocas veces retrógradas? Es algo que simplemente no se podría comprender desde la racionalidad de quien busca cambios reales en el país, pero la justificación ideológica todo lo puede agrupar y consentir. Todo cabe en el mito de la lucha popular sabiéndolo acomodar.

Así, la conmemoración por el 68 terminó diluyéndose una vez más para dar paso a un abigarrado y babélico panorama de expresiones, muchas de ellas impresentables. Aunque la consigna usada por décadas lo niegue, el 2 de octubre sí se olvida.

Para colmo, y para rebasar con mucho a los ingenuos y hasta a los vividores del negocio de la nostalgia sesentayochera, la marcha también sirvió como pretexto para que reaparecieran grupos violentos y provocadores que han sido malamente denominados “anarquistas”. Son los que acapararon (no podía ser de otro modo) la atención de los medios, porque fueron —lo sabían— “la nota”. ¿Cómo no iban a conseguirlo si son capaces de arrojar piedras a los granaderos, patear a policías caídos y arrojar cocteles molotov cuyas llamas abrazaron a varios policías?

Sin embargo, fueron también los que hicieron más gordo el caldo a los mitólogos del 68, ávidos de utilizar expresiones como “estado de sitio”, “Zócalo sitiado”, “represión del Estado” y otras tonterías que no se sostienen bajo ninguna evidencia, ni siquiera las mostradas en las redes sociales (por ejemplo, un granadero —que es solo eso, un granadero— que se quita el casco para tundir a un grupo de jóvenes atrapados mientras uno de ellos se cubre con una chica como escudo).

Estos iracundos fascistoides, que no gritan ni siquiera consignas, que no tienen ningún planteamiento o reclamo a la vista, sino que simple y llanamente se entregan a la agresión, terminaron por hundir en el olvido el 2 de octubre.

Pero en lugar de condenarlos, muchos de nuestros nostálgicos progres terminaron por defenderlos directa o indirectamente hablando de “excesos” y “abusos” de la policía capitalina, la cual tiene a estas alturas del partido diversas causas que presentar ante la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (se me ocurre que la primera, increíblemente, sería no poder defenderse ni siquiera en el cumplimiento de su deber).

Políticamente, creo, el México que vivimos es resultado de lo que pasó el 2 de octubre. Hoy, nadie muere a manos del Estado por expresar sus ideas (ojo: del Estado como tal, no de criminales o caciques que actúan por su cuenta, ni de narcos o bandas delictivas). Les informo a los bultos (gracias, Retes) que el país sí cambió, tanto y tan difícilmente que todavía no todos valoramos que, a pesar de la locura y el delirio de una minoría que insiste en la marginalidad y el victimismo más enfermizo (el provocador), nuestra defectuosa vida democrática prosiga.