Analecta de las horas

El modisto en el museo

Dime cómo te vistes y te diré quién eres podría ser una fórmula sencilla de adoptar, pero todos sabemos que va más allá, porque la moda, a través de sus marcas, firmas  y diseños, habita y explota el ámbito de lo aspiracional: el querer ser.

Si la invención del vestido en su sentido más arcaico y antropológico —el hecho de cubrir nuestra desnudez—  es una señal civilizatoria, lo que vino muchos siglos después a marcar tendencias y convertirse poco a poco en lo que hoy conocemos como moda, no podía ser sino un asunto estrictamente cultural.

Lo ha sido y lo es, independientemente de que su universo haya sido absorbido por el mundo del espectáculo, el glamour y el marketing más feroz. Tenía que ser, porque la moda es ante todo una industria y su vertiginoso desarrollo mueve miles de millones de dólares en todo el mundo. Y por supuesto, mal  o bien, todos nos vestimos.

Dime cómo te vistes y te diré quién eres podría ser una fórmula sencilla de adoptar, pero todos sabemos que va más allá, porque la moda, a través de sus marcas, firmas  y diseños, habita y explota el ámbito de lo aspiracional: el querer ser, la torturante presión por formar parte de un ámbito que será descrito por los otros como elegante, sobrio, juvenil o, claro, de mal gusto, desclasado o de plano zaparrastroso.

La moda no sólo rige la vestimenta de la gente, sino también da un tono a cada época y moldea un paisaje urbano (porque la moda es un fenómeno básicamente citadino; en el campo priva la ropa útil para determinadas faenas o la simpleza y libertad con la que uno pueda sentirse mejor). Ahora bien, a juzgar por las prendas que diseñan, no todos los modistos tienen conciencia de ello. Pero siempre está Coco Chanel para recordarnos lo poderosa e influyente que puede ser una perspectiva adecuada sobre este oficio:

“Trabajaba para una sociedad nueva. Hasta el momento habíamos vestido a mujeres inútiles, ociosas, mujeres a quienes sus doncellas tenían que poner las medias; a partir de ahora tenía una clientela de mujeres activas; una mujer activa necesita sentirse cómoda dentro de su vestido. Tiene que poder recogerse las mangas. La belleza no tiene nada que ver con la afectación: ¿Por qué tantas madres sólo enseñan a sus hijas a coquetear, en lugar de enseñarles la belleza? Es verdad que la belleza no es algo que se pueda aprender de golpe; pero esto es algo que, para cuando se ha comprendido por propia experiencia, ¡ya ha desaparecido la belleza!”

Sin duda, la sabiduría de Chanel se tradujo en una estética digna de un museo. Sin embargo, no estoy seguro que sus  enseñanzas estén presentes en el mundo actual de la moda, tan dada a la banalidad y, al propio tiempo, tan exaltada por los medios de comunicación como muestra de genialidad. A pesar de ello, que la moda sea hoy cosa de museos no debería escandalizar a nadie. Para empezar porque, desde siempre, en muchos espacios museográficos de importancia hay cuando menos una sala dedicada a echar un vistazo sobre cómo ha sido  eso de vestirse en otras épocas o culturas. Pero que el diseñador o modisto sea tratado como artista y que, consecuentemente, sus productos sean colocados y hasta “curados” como  obras de arte es algo  relativamente reciente.

El caso es que hoy, según puedo leer en un informe de Anne-Laure Mondesert para (AFP),  Jean Paul Gaultier en París, Alexander McQueen en Londres o Karl Lagerfeld en Alemania, son el centro de importantes exposiciones en espacios privilegiados: Grand Palais de Francia, el Victoria and Albert Museum (V&A) y el Centro Nacional de Arte de Bonn, respectivamente.

No es una novedad, pero nunca como hoy los mismos espacios dedicados al arte “con mayúsculas” rinden tributo a los hombres (nombres) de la moda. Así, al igual que en 1983, cuando el Met abrió sus puertas a la muestra  Yves Saint Laurent, 25 años de creación, primera retrospectiva dedicada a un diseñador vivo, ahora con mayor razón un muerto, Alexander McQeen (suicida a los 40, para colmo de la mitificación) puede ocupar tranquilamente  —luego del Met—  un espacio como el Victoria & Albert en Londres.

Paradójicamente, la primera justificación que dan los organizadores de este tipo de exposiciones no es artística sino social: cada vez más gente, dicen, está interesada en el mundo de la moda, y no hay fácil acceso a las pasarelas y menos a las exclusivas boutiques.

Por supuesto, “es difícil ignorar la moda, la publicidad está por todos lados. Y además es algo que hace soñar”, dice Olivier Gabet, director del Museo de Artes Decorativas de París, un consumado organizador de este tipo de muestras que insiste —cito la nota de AFP—  en la importancia de acompañar las creaciones con “un discurso científico y artístico”, que haya “un punto de vista y un análisis”. De lo contrario, se trata de una “operación comercial”. 

No obstante, la pretenciosa consideración del señor Gabet  está de más en un momento donde los museos son capaces de recibir toda clase de esperpentos y deshechos (orgánicos, incluso) como prueba de que todavía hay vanguardias artísticas. En ese panorama, las prendas de Jean Paul Gaultier (quien no dudó en defender a su colega John Galliano cuando éste se vio inmerso en un escándalo por hacer declaraciones antisemitas) parecen propuestas irreprochables.

Los modistos llegaron para quedarse, sí, en los museos.

 

ariel2001@prodigy.net.mx