Analecta de las horas

1994: la memoria de Woldenberg

“Ante un escenario ominoso, las principales fuerzas políticas del país y el gobierno multiplicaron sus esfuerzos para construir un escenario donde la pluralidad política pudiera coexistir y competir de manera civilizada”.

Como guarismo tiene algo mágico: 20 años en el ámbito popular, literario y musical tienen siempre una gran significación. Ya se sabe: no es lo mismo Los Tres Mosqueteros que Veinte años después (la segunda parte que Dumas imaginó cuando Luis XIII había muerto, lo mismo que Richelieu); o asumimos con Gardel, en el inolvidable tango de Alfredo Le Pera, “que 20 años no es nada,/ que febril la mirada,/ errante en las sombras/ te busca y te nombra...”.

Pero 20 años, como lo demuestra José Woldenberg en su libro Violencia y política (Cal y arena, 2014), pueden ser fundamentales en la historia de una nación. De ahí que en la historia del México contemporáneo, 1994 sea un año crucial. Su evocación nos remite, en primer lugar, al sorpresivo levantamiento zapatista con el que inició, así como a una lamentable serie de sucesos violentos entre los que destaca por su impacto político el asesinato del candidato priista a la Presidencia, Luis Donaldo Colosio, cuyo aniversario luctuoso se cumple mañana.

Como también se produjeron otros acontecimientos de tremendo impacto, como el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI, y el secuestro de Alfredo Harp Helú, que terminaron por completar un ambiente de temor y zozobra en todo el país, 1994 fue reconocido por todos como un annus horribilis. Sin embargo, 20 años después las cosas pueden mirarse con menos dramatismo y mayor objetividad.

Ortega y Gasset propuso: “Quien quiera ver correctamente la época en que vive debe contemplarla desde lejos. ¿A qué distancia? Es muy sencillo: a la distancia que no permite ya distinguir la nariz de Cleopatra”. Y Woldenberg reconstruye 1994 para mostrarnos que, a pesar de los “malos presagios”, de las “teorías conspirativas” y de todas las desgracias que comportó este lapso, también se lo puede ver de otra manera: “la de la buena política que intentó y logró ofrecer un cauce para
que las diferencias se pudieran procesar en un marco institucional y de forma pacífica. Vale la pena no olvidarlo, porque ante un escenario ominoso las principales fuerzas políticas del país y el gobierno multiplicaron sus esfuerzos para construir un escenario donde la pluralidad política pudiera coexistir y competir de manera civilizada. No fue poca cosa...”.

Lo que Woldenberg destaca en su análisis es que el mismo año en que “vivimos en peligro” (algo maravilloso para los apologistas de la violencia) se produjeron una serie de cambios y acuerdos que hicieron posible sentar las bases de nuestra actual convivencia democrática. La lección de todo esto es fundamental: es mayor la trascendencia y el impacto de las reformas y el diálogo democrático que tuvieron lugar en ese periodo, que los balazos del EZLN, el magnicidio o la espera delirante de la revolución violenta (cuya sombra, por desgracia, todavía se proyecta hasta nuestros días).

La lección que extrae Woldenberg de los aciagos pero a la vez constructivos días de 1994 es que el legado del sueño democrático es más poderoso que la pesadilla de la violencia (así sea “revolucionaria”); que puede más la política que el chantaje de la coerción; que el valor del acuerdo es superior a la imposición. Ese periodo lo vivió el autor de Violencia y política desde un mirador privilegiado: como consejero ciudadano del recién nacido IFE, pero la serena lucidez que lo caracteriza es anterior. El paso de José Woldenberg por la filas de la izquierda democrática le dio, sin duda, una perspectiva muy aguda que en cada uno de los artículos que conforman este libro está presente.

Desde que empezó este año, lleno de conmemoraciones alusivas a 1994, lo he ido revisando y viviendo teniendo presentes aquellos días. Como muchos otros, sé que hay días que vale la pena recordar por lo que estábamos haciendo: ¿Qué hacía yo el 1 de enero? Volvía de un viaje feliz, mientras el país ingresaba a una inaudita espiral de violencia que fue amplificada y distorsionada irresponsablemente por algunos medios de comunicación. ¿Dónde estaba el 23 de marzo de 1994? En el edificio de campaña de Luis Donaldo Colosio, incrédulo, impotente y triste, viendo cómo un demente (acaso encarnando inconcientemente el resentimiento, los enconos políticos y el rechazo al cambio que por momentos flotaba en el ambiente nacional) puede dar un giro dramático al rumbo de un país.

Pero también me he preguntado: ¿dónde estaba cuando se aprobaron los topes en el financiamiento de las campañas electorales? ¿Qué hacía cuando el entonces secretario de Gobernación, Jorge Carpizo, se reunía con los representantes de los partidos para construir acuerdos fundamentales? El libro de Pepe Woldenberg no me ha ayudado a recordar lo que hacía puntualmente, pero sí a valorar esos otros días que también forman parte de nuestro 1994. Es una memoria política que reconstruye lo que la nación padeció, pero también lo que fue capaz de crear. Y esas dos caras de la moneda son siempre indispensables para el futuro.

ariel2001@prodigy.net.mx