Analecta de las horas

La maldición de Primo Levi

Llegada la recapitulación sobre las grandes tragedias de la humanidad, solo cabe aguzar la memoria. Es un deber moral, una obligación frente a la posibilidad de que los horrores más radicales de la historia se repitan. Es también, como han señalado diversos autores, entre ellos Paul Ricoeur, un acto de justicia que evita que las víctimas de estos crímenes mueran dos veces: una en la realidad histórica y otra en el olvido de las sociedades.

Auschwitz, como representación del infierno en la Tierra, espacio de exterminio masivo, es siempre un recordatorio en el que hay que insistir. Hay que valernos de cualquier evocación, cualquier aniversario (y acaba de pasar el 70 de la liberación de este campo de concentración nazi) para proyectar la memoria de sus horrores.

Es preciso, una y otra vez, enarbolar el Nunca más, precisamente porque todos somos conscientes de que la pesadilla de Auschwitz no es exclusiva de Auschwitz; porque el género humano ha sido capaz de reproducirla en diversas latitudes y bajo las más variadas motivaciones ideológicas, raciales o políticas (tan solo pensemos por un momento en las atrocidades de los jemeres rojos en Camboya y, antes, en los campos de reeducación de los comunistas chinos y el Gulag soviético, o en la matanza genocida contra los tutsis en Ruanda).

Auschwitz es la suma de toda la barbarie nazi y, como lo ha dicho Günther Grass, “aunque se rodee de explicaciones, nunca se podrá entender”; su abismal irracionalidad puede ser descrita pero, efectivamente, excede la capacidad de comprensión de cualquier ser humano.

Por eso, hay que ir más allá de los relatos dantescos para dirigir la atención al trasfondo humano que hay en toda la pesadilla de Auschwitz; porque es una atrocidad que unos hombres fueron capaces de perpetrar contra otros, y eso es lo que resulta inconcebible.

Cuando Primo Levi publicó Si esto es un hombre (primera parte de la trilogía de Auschwitz, que incluye La tregua y Los hundidos y los salvados, ahora magníficamente reeditada por Océano), señaló: “…este libro mío, por lo que se refiere a detalles atroces, no añade nada a lo ya sabido por los lectores de todo el mundo sobre el inquietante asunto de los campos de destrucción. No lo he escrito con la intención de formular nuevos cargos, sino más bien de proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana. Habrá muchos, individuos o pueblos, que piensen. más o menos conscientemente, que ‘todo extranjero es un enemigo’. En la mayoría de los casos esta convicción yace en el fondo de las almas como una infección latente; se manifiesta solo en actos intermitentes e incoordinados, y no está en el origen de un sistema de pensamiento. Pero cuando éste llega, cuando el dogma inexpresado se convierte en la premisa mayor de un silogismo, entonces al final de la cadena está el Lager: él es producto de un concepto de mundo llevado a sus últimas consecuencias con una coherencia rigurosa: mientras el concepto subsiste las consecuencias nos amenazan. La historia de los campos de destrucción debería ser entendida por todos como una siniestra señal de peligro”.

En tanto se ve al otro, al diferente, al extranjero, como una amenaza, hay una infección latente en toda sociedad. Examinando el caso de Dresde, Alemania, donde opera un movimiento neonazi llamado Pegida, Timothy Garton Ash escribía hace poco en El País, luego del atentado contra la revista Charlie Hebdo, lo que conviene referir como una señal de alerta, especialmente en Europa: “Nos encontramos ante el peligro real e inminente de caer en una espiral en la que las minorías radicalizadas, musulmanas y antimusulmanas, arrastren a unas mayorías inquietas, musulmanas y no musulmanas, en la dirección equivocada. Lo único que puede impedirlo es un esfuerzo consciente y cotidiano de todos nosotros”.

Mientras la semilla del odio racista, religioso, ideológico o político (o una mezcla de todo ello, que es como se presenta en muchas ocasiones), subsista, estaremos siempre ante esa siniestra señal de peligro que definiera perfectamente Primo Levi.

Por eso es importante recordar, no dejar que el olvido destruya las defensas que en todo momento debemos tener como sociedad humana contra el desprecio por la vida. Levi, en su poema introductorio a Si esto es un hombre, lanzó una suerte de maldición que siempre debemos temer si permitimos el olvido:

Los que vivís seguros/ En vuestras casas caldeadas/ Los que os encontráis, al volver por la tarde,/ La comida caliente y los rostros amigos:/ Considerad si es un hombre/ Quien trabaja en el fango/ Quien no conoce la paz/ Quien lucha por la mitad de un panecillo/ Quien muere por un sí o por un no./ Considerad si es una mujer/ Quien no tiene cabellos ni nombre

Ni fuerzas para recordarlo/ Vacía la mirada y frío el regazo/ Como una rana invernal./ Pensad que esto ha sucedido:

Os encomiendo estas palabras./ Grabadlas en vuestros corazones/ Al estar en casa, al ir por la calle,/ Al acostaros, al levantaros;/ Repetídselas a vuestros hijos.

O que vuestra casa se derrumbe,/ La enfermedad os imposibilite,/ Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.  

ariel2001@prodigy.net.mx