Analecta de las horas

Lo kafkiano

Estos primeros 100 años de "La metamorfosis" son la constatación de cómo todo eso que lacera la vida o que pudre sus días, con un flanco de humor y terror al mismo tiempo, llegó a ser definido de esta manera.

Lo kafkiano —como podemos suponer sin ningún mérito— precede a Kafka, y con toda seguridad lo continuará sobreviviendo hasta el final de los tiempos. Lo kafkiano siempre ha estado ahí, en el mundo, entre la gente, en sus trabajos, temores, esfuerzos, vergüenzas, amores, anhelos y, en suma, en la pobre existencia que nos es dada.

Como adjetivo, en su Diccionario María Moliner nos lo presenta del modo más sencillo: "Se aplica a algo absurdo e inquietante que recuerda la atmósfera de las novelas de Kafka". Pero si bien lo pensamos, esa atmósfera no resulta tan excepcional; más bien forma parte de la vida misma, rodeada siempre de situaciones absurdas e inquietantes. Veamos: por ejemplo, la sensación de vivir bajo un experimento burocrático conducido por diversos jefezuelos no es de ningún modo extraña; la impotencia frente a la maquinaria estatal, ya sea su justicia o su inclemente tramitología, menos aún. Son cosas que requerían apenas de una fabulación literaria que las exacerbara para que las percibiéramos claramente.

Así pues, en el centenario de la publicación de La metamorfosis, creo que vale la pena reflexionar sobre qué tanto Gregorio Samsa nos representa como seres humanos. Después de todo, no hace falta despertar "una mañana después de un sueño intranquilo" para sentirnos monstruosos insectos y desear cerrar los ojos para que al abrirlos quede anulada la pesadilla que estamos viviendo —presumiblemente presas de los otros, esos que constituyen el infierno, como dijo Sartre.

El hecho de que La metamorfosis no forme parte de las obras que su autor hubiera querido destruir confirma cómo la perfección consiguió sobreponerse al talante tímido e implacable consigo mismo que lo caracterizaba. Como se sabe, tras la muerte de Kafka, Max Brod conoció un testamento que lo haría famoso precisamente por no acatarlo:

"Queridísimo Max, mi último ruego: todo lo que se encuentre entre mis pertenencias (en las estanterías de libros, en el armario de la ropa, en el escritorio de casa y el de la oficina, o dondequiera que algo se haya podido ir a esconder, y tú lo descubras), ya sean diarios, manuscritos, cartas ajenas y propias, dibujos, etc., debe quemarse sin excepción y sin ser leído, así como también todo lo escrito y dibujado que poseas tú o posean otros, a quienes tendrás que pedírselo en mi nombre. Las cartas que no te quieran entregar tendrían por lo menos que comprometerse a quemarlas ellos mismos. Tuyo, Franz Kafka".

Siendo uno de los textos que el propio Kafka había entregado a la imprenta, La metamorfosis —junto con textos como El proceso, El fogonero, En la colonia, Un artista del hambre y Un médico rural— podía, de acuerdo con un añadido testamentario, sobrevivir a la purga.

Dicen que cuando terminó este libro, Kafka se los leía a sus amigos más cercanos. Esas lecturas en voz alta producían risas entre éstos, haciéndolo dudar quizás sobre la profundidad de su obra o sobre la falta de sensibilidad de su círculo. Era entonces, y quizás Kafka era consciente de ello, que afloraba la polémica acerca de la naturaleza misma del texto: ¿era una obra satírica, gótica o tragicómica? La metamorfosis declaraba también su título a través de estas cuestiones que recibían (y siguen recibiendo) las más diversas interpretaciones. La obra misma es un insecto cambiando de piel y forma según se la lea.

Juan José Millás da en el blanco cuando escribe lo siguiente en el prólogo a la edición ilustrada que hizo Nórdica de este libro:

"Y es que, si no hay duda de que La metamorfosis puede ser calificada desde algún punto de vista como una novela de humor, también, y simultáneamente, nos parece una novela de terror. Quizá en esta mezcla reside su acierto. A partir de su lectura uno comprende que el terror sin la risa, o viceversa, es puro género, y el género, ya lo sabemos, es una enfermedad que a veces le sale a la literatura. Cuando al atravesar las páginas de un libro el lector duda de si debe reír o llorar, excitarse o calmarse, padecer o gozar, porque no hay notas a pie de página, ni guías turísticos que lo indiquen, es cuando uno puede tener la seguridad de encontrarse frente a una verdadera obra de arte en cuyo interior de nada sirven los recursos morales o estéticos prefabricados".

También Millás ingresa a algo que siempre nos va a acompañar leyendo La metamorfosis: la certeza de que lo absurdo resulta ser finalmente aquello que conforma el verdadero sentido de las cosas, o de que su fantasía no es más que una prueba escalofriante de realismo.

De cualquier forma, estos primeros 100 años de la obra son la constatación de cómo todo eso que lacera la vida o que pudre sus días, con un flanco de humor y terror al mismo tiempo, llegó a ser definido de una sola manera: lo kafkiano.

ariel2001@prodigy.net.mx