Analecta de las horas

Los huesos de Cervantes

La osamenta permanece, como la de su Quijote tras tantas aventuras, molidos y quebrantados, con el agravante de la dispersión que produjeron diversas mudanzas en el Convento de las Trinitarias.

Lo único que personalmente me entusiasma de que los supuestos restos de Cervantes hayan aparecido en el Convento de las Trinitarias en Madrid, es que se sigue hablando del autor del Quijote como si hubiera muerto apenas hace unos años. Eso, en el contexto de la celebración de los 400 años de que fuera publicada la segunda parte de su genial obra, me parece todavía más significativo, sobre todo en tiempos donde la volatilidad de escritores y obras va en aumento.

Sin embargo, por supuesto que soy de la idea de dejar a los muertos en paz. Los huesos de un autor como Miguel de Cervantes Saavedra no podrán decirnos más que su espléndida herencia literaria. Y todo el montaje de esta búsqueda, mezcla de expertos forenses y otros analistas super-especializados, resulta bastante cansina, aunque por lo visto útil. Es como si las autoridades de Madrid hubieran decidido que este año, a como  dé lugar, tendrán que hallar los restos del Manco de Lepanto porque así conviene al fomento de todo ese turismo cultural que visita tumbas y cementerios para encontrarse de alguna forma con diversas celebridades.

De entre los que saben de Cervantes y su obra, me gusta y comparto la opinión del profesor Francisco Rico, reconocido filólogo y (por si acaso) miembro de la Real Academia Española, quien incluso ha llegado por estos días a ningunear el pretendido hallazgo que ha ocupado a todas las páginas culturales del mundo: «Es que no hay tal hallazgo. Sabemos lo mismo que sabíamos antes. Posiblemente ha habido un movimiento de sarcófagos y han excluido un cierto número de restos, así que no se puede descartar que esté Cervantes, aunque tampoco afirmar».

Y como la búsqueda ha tenido desde luego un costo, el académico se pregunta si no hubiera sido mejor usar los poco más de 100 mil euros invertidos hasta el momento en comprar quijotes para las escuelas, “está claro es que yo no me los habría gastado en esto”, dijo al diario español ABC.

Rico no desconoce que el objetivo es hacer de todo esto un foco de atracción turística, pero lo minusvalúa considerando que ya todo el barrio de las letras de Madrid lo es, por lo menos para los enterados. Aunque ciertamente las autoridades madrileñas persiguen –aunque ya con poco tiempo– que todo esto se convierta en un centro turístico reconocido mundialmente de cara al 2016, cuando se celebren los 400 años de la muerte de Cervantes.

Ahora bien, lo que se ha encontrado son unos restos muy disgregados, en pésimo estado y, para colmo, confundidos con los de otras 15 personas en la cripta de la iglesia madrileña de las Trinitarias Descalzas, lugar en el  que el escritor decidió que se le enterrara en agradecimiento por su liberación como rehén en Argel. Ahí también estarían los restos de su esposa, Catalina de Salazar.

El informe definitivo le dio la vuelta al mundo: “A la vista de toda la información generada en el caso de carácter histórico, arqueológico y antropológico, es posible considerar que entre los fragmentos de la reducción localizada en el suelo de la cripta de la actual iglesia de las Trinitarias se encuentran algunos pertenecientes a Miguel de  Cervantes. (...) Son muchas las coincidencias y no hay discrepancias”, declaró contundente el antropólogo forense Francisco Etxeberría, director del proyecto.

Hasta ahí, todo iba a la perfección: tenemos, mal que bien, los restos el autor de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.  Pero inmediatamente después, el mismo experto se ocupó de sembrar eso que se llama, con toda razón, serias dudas: haría falta un examen de  ADN para determinar cuál huesito de por aquí y de por allá pertenecen al insigne literato, y cuáles no; una empresa bastante compleja dado que los restos están  “muy fragmentados”.

En teoría, los restos del novelista iban a ofrecer bastantes características inconfundibles, puesto que son los de un hombre que recibió (durante la batalla naval de Lepanto en 1571) dos disparos de arcabuz en el pecho y uno más en la mano izquierda, extremidad que desde entonces sólo le fue útil para ser llamado El Manco de Lepanto. No es poco, diríase, para encontrar a un guerrero, pero en el berenjenal óseo encontrado en el Convento de las Trinitarias Descalzas no es fácil identificarlos.

Los huesos de Cervantes permanecen, pues, como los de su Quijote tras tantas aventuras, molidos y quebrantados, con el agravante de la dispersión que produjeron diversas mudanzas en el Convento de las Trinitarias. Pero qué más da: con o sin sus huesos a la vista recordaremos este año la segunda parte de su Quijote y, el que viene, los 400 de su muerte.

 

ariel2001@prodigy.net.mx