Analecta de las horas

La histeria y el papa

Muchos pecadores de cuello blanco acaso intuyen lo que dijo hace cientos de años John Tillotson: los jesuitas tienen como principal negocio “no alejar a los hombres del pecado sino enseñarles la forma de acercarse lícitamente a él sin pecar”.

Si es cierto que la histeria es un estado que llega a manifestarse en un importante grado de teatralidad, ingenuidad y propensión a la sugestión, buena parte de la sociedad mexicana parece acusar estos síntomas frente a la visita del papa Francisco.

De la teatralidad, particularmente en el grado de farsa, con que diversos actores políticos (incluidos los de la progresía guadalupana, presuntamente de izquierda), empresarios y prohombres del México moderno atienden la llegada del sumo pontífice, apenas si es preciso añadir algo, de tan evidente y ruidosa que es. Los que se desviven y desvelan en estos días por ser los primeros —o por los menos los últimos— del selecto grupo que reciba la bendición papal a menos de 20 metros (lo demás será pura tele-bendición), no han escatimado nada en ese propósito. Muchos de ellos son pecadores de cuello blanco que acaso intuyen que antes que con un papa tratan con un jesuita, y éstos, ya lo dijo hace cientos de años el arzobispo de Canterbury, John Tillotson (que algo sabía del tema), tienen como principal negocio "no alejar a los hombres del pecado sino enseñarles la forma de acercarse lícitamente a él sin pecar".

De la ingenuidad, buena fe y ánimo esperanzado con que se lo recibe, no diré sino lo obvio: corresponde a la gran mayoría de los mexicanos, pueblo católico donde los haya. Los desmayos, las insolaciones y muchas penalidades por las que pasarán los fieles para ver un segundo a Francisco son prueba de un fervor en todo caso conmovedor. Y lo que resulta muy triste es que esto sea manipulado groseramente por demagogos y comerciantes de toda laya, como los editores de un semanario que mercadea habitualmente con las más pobres consignas y causas de oposición (Proceso) y que no han dudado en obsequiarle al papa una portada chabacana, desbordante de adulación y zalamería: "Francisco: el dulce guerrero".

Por lo demás, no seré yo desde esta columna el que ingenuamente (a santo de quién sabe qué ínfula ñoña) le dé la bienvenida, ni (en el colmo de los recursos más manidos) le escriba una "carta abierta". Tampoco nombraré aquí los innumerables pecados de la clase política (de todos los partidos) que lo recibe, esperando que el santo padre la excomulgue o por lo menos la reprenda. Y mucho menos rogaré porque su visita enternezca a los criminales, apacigüe la violencia o detenga la corrupción que nos azota.

Y no lo haré, sobre todo por una sencilla razón: no creo que el representante de una institución como la Iglesia católica, bastante desgastada ella misma por los crímenes que históricamente ha bendecido, los escándalos de pederastia y abuso que no solo ha perdonado sino que sigue consintiendo, así como por sus corruptelas financieras, pueda aportarnos algo para cambiar el actual estado de cosas en nuestro país.

Sin embargo, es necesario admitir que Francisco no es un papa que guste de andar por el mundo a la manera retrógrada y conservadora que caracterizó a muchos de sus antecesores. Quisiera creer (y ese sería mi único acto de fe) que este buen argentino también sabe que el mundo necesita cambios profundos y que los pobres de la tierra, las víctimas de la creciente injusticia, ya no pueden esperar más.

Quisiera creer en sus palabras de rebeldía que tanto han llamado la atención, y más todavía quisiera que detrás de ese discurso progresista que en todas partes es celebrado, hubiera algunas acciones congruentes que verdaderamente fueran su carta de presentación. Quisiera creerle, pero no puedo porque sé que, como buen jesuita, debe lealtad a la Iglesia, y por eso —no nos confundamos ni nos llamemos a engaño— sigue y seguirá uno de los principios de autoridad que les legó san Ignacio de Loyola: "Para estar bien seguros, debemos sostener lo siguiente: lo que ante mis ojos aparece como blanco, debo considerarlo negro, si la jerarquía de la Iglesia lo considera así".

Los discursos, discursos son. Si alguien se sugestiona con ellos y supone que algo pasará, que nada quedará igual después de su paso por este país, creo que vive una gran confusión que puede ser parte de la histeria que he descrito. Ni sus palabras, ni la fe vendida como anuncio del Palacio de Hierro, mueven ni cambian nada.

Por último, entiendo (aunque no lo justifico) que es el gran negocio de esta temporada invernal. Y todos los poderes e intereses, como buenos mercaderes, ven de modo natural su invasión al templo, a sabiendas de que nadie los va echar.

Eso solo pasa en la Biblia.

ariel2001@prodigy.net.mx