Analecta de las horas

La gran cortina

Está constituida de lloriqueos e indignación rayanos en lo patológico; especulación infinita vendida como información; patética e inconsecuente gritería para fingirse a favor de todas las causas de ocasión, y descalificación, mucha descalificación.

Vivimos, como sociedad, un momento lleno de bruma y confusión. Increíblemente, cuanto más disponemos de recursos noticiosos y de análisis, más parecemos alejarnos de los hechos y de una mínima racionalidad para entender el curso de los acontecimientos. En cada una de las penosas coyunturas por las que atraviesa el país, percibo esta situación, que rebasa lo paradójico para convertirse plenamente en ridícula o descabellada.

En consecuencia, la necesidad de medios confiables y responsables, es decir, de un periodismo fincado en la investigación seria y en la verificación de lo que se informa, es, más que nunca, urgente.

Volver a los principios básicos es fundamental en un momento en el que las redes sociales y un sinfín de nuevas tecnologías permiten que prácticamente cualquiera se ostente como periodista.

Desde luego, no intento definir aquí quiénes son los periodistas verdaderos y quiénes los falsos porque, como es evidente, en todas partes se cuecen habas: así como desde las redes sociales hay información absolutamente  confiable y opiniones no solo respetables sino profundamente serias y reflexivas, en los diarios abundan también las opiniones ligeras, desinformadas o abiertamente tendenciosas. Y viceversa. El  resultado es que cada uno de estos campos experimenta una permanente retroalimentación; así, muchas tonterías viajan sin ninguna dificultad desde las redes hasta las páginas de un diario o un noticiario televisivo. Y por supuesto, demasiada basura hace el camino inverso: sale de los medios convencionales hasta hacerse viral (qué mejor término que éste para describir cómo algunos asuntos, positivos o negativos, se propalan en las redes sociales).

Como era de esperarse, el ensanchamiento del espacio público desafortunadamente no ha estado acompañado —al menos de manera uniforme— de información y análisis de mayor calidad. No debemos lamentarlo ingenuamente porque sabemos que todos los medios son solo eso: vehículos para debates de pobre o gran calidad; de información precisa y verídica, lo mismo que de bulos y descarada propaganda.

Sin embargo, hay que admitir que encontrar la perspectiva con información dura y versiones equilibrada, lo mismo que la crítica sensata, seria y responsable, es más difícil en medio de esa inmensa cortina que las redes y sus réplicas en los medios tradicionales (o al revés, como ya dije) han ido construyendo.

Es una gruesa cortina constituida de lloriqueos e indignación rayanos en lo patológico; especulación infinita vendida como información “de buena fuente”; patética e inconsecuente gritería para fingirse a favor de todas las causas de ocasión; descalificación, mucha descalificación grosera y brutal; intolerancia ejercida como derecho de los que quieren cambiar las cosas;  ingenuidad, demasiada ingenuidad que recuerda siempre cómo de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno; odio y resentimiento, a cual más miserables; basura anónima,  cobarde y visceral que muchos (si los complace ideológicamente) reproducen y festejan… De todo eso y más se alimenta cotidianamente esa gran cortina que nos impide ver lo sustantivo de las cosas (buenas y malas) que nos rodean.

Pero hay algo que debemos mencionar y subrayar: seguramente  los hombres (descuiden, el genérico incluye por supuesto a las damas) más corruptos, al igual que los representantes de los poderes más oscuros y retrógradas, están de plácemes observando cómo nos distraemos de lo fundamental gracias a esa cortina.

Así, frecuentemente no vemos al país ni en lo bueno (que lo hay, aunque algunos no lo quieran creer) ni en lo más infame que tiene: solo vemos la sombra de esa cortina que nos aturde y desorienta a diario con todo su maniqueísmo y no poca morbosidad.

El periodismo, desde sus plataformas tradicionales hasta las más novedosas, tiene grandes retos por delante: privilegiar los hechos, la certidumbre de los datos; revalorar la crítica responsable, la que emplea el rigor argumentativo (no la crítica panfletaria, hecha de consignas y elementos propagandísticos); exaltar la investigación documentada y fehaciente (no la manipulada desde el prejuicio).  Estas son las tareas que desde siempre han definido al periodismo serio, el más útil a la vida democrática y al desarrollo de la sociedad.

Las herramientas para llevar a cabo estos objetivos son más numerosas y efectivas que nunca. Aprovechar el mejor costado de las redes sociales y de las diversas plataformas mediáticas, es desde luego la gran opción que tiene el mejor periodismo para abrirse paso y rebasar la gran cortina que por momentos lo aplasta.


ariel2001@prodigy.net.mx