Analecta de las horas

El "gasolinazo" de los vándalos

Cuando un Presidente tiene que salir dos veces en menos de una semana a intentar explicar lo mismo, su capacidad de comunicación queda en entredicho. Y cuando no se prevé oportunamente la reacción que producirá un anuncio tan significativo como el aumento de la gasolina, pareciera como si justamente se regara gasolina en un pastizal muy seco.

El mayor infortunio de esta administración pasa por su deficiente comunicación y su deplorable cálculo político. Así han transcurrido estos años, y el efecto acumulado de esta ausencia de temple nos depara un final de sexenio por lo menos bastante complejo. Eso lo saben sus opositores y algunos de ellos, los más radicalizados e irresponsables, están decididos a sacar el mayor provecho de esta desventaja gubernamental.

Y puestos a “frenar el gasolinazo”, algunos opositores —sin duda los menos escrupulosos— no solo mienten al presentar la decisión de aumentar el precio del combustible como resultado de la perversidad y corrupción del gobierno en turno, sino que incurren en una grave irresponsabilidad al avalar los hechos de violencia suscitados en algunas partes del país con este pretexto (o por lo menos no deslindándose claramente de ellos).

No creo que a ningún gobierno, ni siquiera a los tiránicos, les guste subir los precios de nada y menos de la gasolina, porque todos saben que la popularidad es inversamente proporcional a la percepción que la gente tiene del nivel de precios y, en consecuencia, de su poder adquisitivo. Así que cuando veo a algunos diputados y senadores de Morena y del PRD, entre otros, discurrir sobre el gasolinazo y culpar del mismo directamente al Presidente, a la reforma energética y a los ladrones de las gasolinerías, me parece que hacen una caricatura envilecedora de la realidad.

Cuando un opositor exhibe toda su ignorancia apelando a la “maldad demoniaca” del gobierno, frente al hecho de que los precios no se determinan mágicamente y que nuestro país no vive fuera del mundo y que eso tiene un costo y es real, convierte toda su causa en un acto de fe para una masa desinformada (si ellos gobernaran no habría aumento a la gasolina; si ellos estuvieran en Los Pinos todo se arreglaría con el voluntarismo que los caracteriza; si ellos… no fueran tan demagogos).

Ahora bien, me sorprende más —mucho más, a decir verdad— que haya gente con dos dedos de frente —no pocos universitarios, artistas e intelectuales— que escuchen sus patrañas con absoluta solemnidad y respeto. Que a las posverdades que inundan las redes, añadan otras más irracionales aún; que sus “reflexiones” patrióticas se entrelacen con los rumores más oscuros, vulgares e interesados, y que terminen justificando atrocidades como las que hemos visto por estos días.

A mí tampoco me gusta el gasolinazo o como quieran llamarlo, pero un análisis mínimamente realista y con lo que puede verse de la economía regional y mundial (no somos un paraíso, por supuesto que no, pero echemos un vistazo a otros países: nadie la tiene fácil y a muchos simplemente no los podemos envidiar), hace ver que los recursos tienen que proceder de alguna parte, y es obvio que el recorte al gasto del gobierno ya fue muy grande y que no se puede subsidiar más el precio del combustible sin poner en riesgo otros indicadores.

A nadie le gusta, pero debemos entender. Solo en el mundo ficticio de la oposición demagoga cabe suponer que la gasolina puede mantener su precio para felicidad de los automovilistas, a costa de otros recursos que son indispensables. El gobierno no lo supo decir, ni a tiempo ni bien, pero eso no justifica las barbaridades que se están perpetrando en nombre de la protesta contra el gasolinazo.

Las escenas de saqueos y tumultos vandálicos con que comenzamos este 2017, me recuerdan inevitablemente las crisis y el caos en que se han sumergido en años recientes varios gobiernos latinoamericanos. Sin embargo, encuentro también una gran diferencia: mientras que en esos países eventos como éstos se produjeron en un entorno económico y político por demás grave, en nuestro país parecen ser la obra fríamente calculada y ejecutada por agrupaciones que han hecho de la “lucha social” delictiva su modus vivendi.

No hay ninguna espontaneidad en este tipo de protestas en las que de lo que se trata es de robar un televisor o un teléfono celular. Los que así “protestan” son los mismos que ya en otros momentos han aparecido encapuchados quemando oficinas públicas, incendiando gasolinerías y saqueando. Son los mismos que están empeñados en acostumbrarnos a verlos actuar impunemente en nombre de una farsesca “lucha social” que utiliza cada vez más abiertamente métodos fascistas.

ariel2001@prodigy.net.mx