Analecta de las horas

Y entonces, la Gran Guerra

La percepción de los jefes militares europeos era mucho más fina que la de los políticos; hubiera bastado a todos los gobernantes con escucharlos, pero optaron por transitar hacia el infierno.

Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: Ven. Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.

Apocalipsis, 6:4

 

Por un tiempo fue conocida simplemente como la Gran Guerra. Sus enormes proporciones —hasta que no fuera relevada por otro evento bélico de igual o mayor escala— justificaban el laconismo; después de todo, Europa venía de disfrutar unas décadas de paz y de inaugurar un siglo esperanzador en todos los ámbitos.

Parte fundamental del interés que despierta este proceso histórico estriba en su sorpresivo desencadenamiento. En unas cuantas semanas, como recordábamos en nuestra entrega pasada, el viejo continente se precipitó hacia el abismo de la guerra. Los primeros disparos corrieron a cargo de un fanático, Gavrilo Princip, quien fue aleccionado y utilizado por la Mano Negra, una organización serbia, terrorista y nacionalista a partes iguales. El resultado todos lo conocemos: el asesinato del heredero al trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando de Austria, y de su esposa Sofía Chotek —quien por cierto estaba embarazada.

Ocurrida la tragedia, ningún dirigente o estadista europeo parecía ver con claridad el alud que se cernía sobre sus países. Por eso, en la revisión histórica de estos acontecimientos, los estudiosos más distinguidos se han detenido en el año de 1914. No es raro, pues, que Max Hastings inicie su libro 1914. El año de la catástrofe, citando una reflexión de Winston Churchill:

“Ninguna parte de la Gran Guerra se puede comparar, por su interés, con el principio. La acumulación silenciosa y acompasada de unas fuerzas colosales, la incertidumbre sobre sus movimientos y posiciones, la gran cantidad de hechos desconocidos e incognoscibles hicieron de la primera colisión un drama jamás superado…”.

Un brillante recorrido por este aciago año es el que realiza Max Hastings en esta magnífica obra editada por Crítica, sello responsable de algunas de las más valiosas obras publicadas en esta temporada acerca del conflicto en cuestión.

Compartiendo piso en la misma editorial, Peter Hart ha realizado el recuento bélico más exhaustivo en su obra La Gran Guerra 1914-1918. Historia militar de la Primera Guerra Mundial. Mirando tras todos los frentes abiertos y sus principales batallas, Hart echa por tierra numerosos mitos sobre los errores de apreciación de quienes conducirían esta conflagración: “Si hubo una locura, esta fue sin lugar a dudas la decisión inicial de emprender una guerra…”. Y es que su obra demuestra que la percepción de los jefes militares europeos era mucho más fina que la de los políticos. Hubiera bastado a todos los gobernantes con escuchar y atender lo que escribió el general Helmuth von Moltke, jefe del Estado Mayor General del Ejército Imperial alemán en un informe citado por Hart:

“Si estalla una guerra nadie podrá determinar su duración ni prever su final. Las grandes potencias de Europa, mejor armadas que nunca, lucharán unas contra otras. Ninguna podrá ser destruida totalmente en una o dos campañas como para declararse derrotada y verse obligada a aceptar unas duras condiciones de paz de tal manera que, incluso al cabo de
un año, no pueda reemprender el combate. Caballeros, podría ser una guerra de siete o incluso de treinta años, pero ¡ay
de aquel que prenda fuego a Europa y sea el primero en arrojar una cerilla encendida en el barril de pólvora!”.

A pesar de las advertencias, un puñado de gobernantes (todos hombres, como apunta con perspectiva de género Margaret MacMillan en su fascinante 1914. De la paz a la guerra, editado por Turner), optaron más consciente que inconscientemente por transitar hacia el infierno. Son los sonámbulos que nos presenta magistralmente Christopher Clark (Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutenberg):

“Los que tomaban las decisiones fundamentales —reyes, emperadores, ministros de Asuntos Exteriores, embajadores, mandos militares y un montón de funcionarios menores— caminaban hacia el peligro con pasos calculados y atentos. El estallido de la guerra fue la culminación de una cadena de decisiones tomadas por actores políticos con objetivos deliberados, que eran capaces de una cierta autorreflexión, reconocían una serie de opciones y se formaban los mejores juicios que podían con base en la mejor información que tenían a mano”.

El verano de 1914 debe recordarse no solo por sus efectos (la disolución de cuatro imperios: el otomano, el ruso, el alemán y el austrohúngaro; “la aparición de poderosas fuerzas políticas” (Hart) como el comunismo y, a su lado, el fascismo y la simiente del nazismo, así como el derrumbamiento de la hegemonía europea), sino por su trama irracional, tejida por odios, prejuicios, ambiciones y locura que siguen presentes en el mundo de hoy.

Este verano, con Ucrania y Gaza de fondo (entre otros paisajes terribles), pensemos en aquel verano de 1914, cuando buena parte del mundo entró con tanta facilidad e indolencia en ese “largo túnel, lleno de sangre y oscuridad” que predijera André Gide.

 

ariel2001@prodigy.net.mx