Analecta de las horas

Ante el espejo francés

La izquierda latinoamericana abraza ya solo cadáveres ideológicos y utopías deslavadas, pero persiste como “opción” ante élites indiferentes a rezagos sociales

A cuento del resultado de las elecciones francesas, cuya segunda vuelta constituyó una aplastante victoria para Emmanuel Macron, un liberal al margen de los partidos tradicionales y toda una revelación en el ámbito de la clase política de ese país, las reflexiones de todo tipo y con las más diversas cargas ideológicas se han venido multiplicando.

Lo verdaderamente extraordinario, por lo pronto, es que el joven Macron dejó boquiabiertos a los fascistas, lo mismo que a los comunistas, pasando por la derecha republicana. Es un ganador inapelable en un contexto de tremenda polarización donde los ismos ideológicos más infames del siglo XX terminaron extrañamente hermanados en su antieuropeísmo y, desde luego, en la misma derrota.

En Francia, cuna de distintas revoluciones sociales e intelectuales desde el siglo XVIII, es de llamar la atención, por supuesto, el ascenso de la xenofobia y el llamado frexit (la propuesta de que Francia abandone la Unión Europea) que encarnó Marine Le Pen, pero no resulta del todo sorprendente si consideramos la ola populista de ultraderecha que recorre el mundo y que en este país tiene raíces más que obvias, por más que algunos pretendan solo ver su costado libertario y avant garde. Lo que sí resulta hasta desquiciante es que la figura de izquierda, Jean-Luc Mélenchon, arropada por una organización que recibe el pomposo nombre de Francia insumisa, no haya tenido la capacidad política —y menos aún la coherencia ideológica— para convocar a sus adeptos a votar por Macron para cerrar el paso en definitiva al Frente Nacional de Le Pen, la mayor amenaza para la vida democrática, la unidad regional y el horizonte de libertades y derechos que ha caracterizado al país galo ante el mundo.

Dejar abierta la posibilidad de que los nacionalistas a lo Vichy (aquella República títere amparada por los nazis en la Segunda Guerra Mundial) obtuvieran el poder le pareció a Mélenchon lo más “respetuoso”, lo más ¨progresista” hacia sus filas. Y así dio el triste espectáculo de una izquierda que, al no saber cómo ganar, tampoco supo perder con dignidad y mantener sus principios en pie.

Este panorama de ismos que creíamos extintos ha producido muchos comentarios, pero me gusta cómo lo resume el escritor Félix de Azúa (El País, 9-V-2017) al construir al propio tiempo una lección para España. Para saber qué terreno estamos pisando, su pregunta preliminar es del todo pertinente: “¿Cómo es posible que aún existan comunistas, fascistas y nacionalistas en un país civilizado? Después de setenta años sabemos ya con todo detalle sus crímenes, su inevitable deriva totalitaria, su profundo arcaísmo. No son ni de derechas ni de izquierdas, son del exterior de la democracia y conducen a décadas de infelicidad, crímenes y sumisión. En Francia han resucitado los tres cadáveres. También en España, aunque con diversos disfraces. Hay algo profundamente psicótico en ese deseo de ser conducido y anulado”.

Azúa sabe y reconoce que aunque Macron ganó 65 a 34 a Le Pen, esta ha visto duplicar sus votos y eso la convierte en una fuerza que potencialmente puede llegar al poder, y que el abstencionismo (el más importante desde 1969) no permite echar las campanas a vuelo en ningún sentido. Y lo más penoso: en el futuro es probable que veamos nuevamente a la izquierda favorecer a los fascistas y directamente hacerles el trabajo sucio al movilizarse en torno de sus más inviables demandas para desgastar al nuevo gobierno de “burgueses y banqueros”. Eso sin contar su actuación en las próximas elecciones legislativas.

Se dirá que Francia está “muy lejos”, pero en América Latina es indispensable que sigamos atentamente estos procesos, que arrojan un sinnúmero de lecciones precisamente ahora que parecemos acorralados por los populismos, particularmente de izquierda, que son los que más han disfrutado con la llegada de Trump al poder porque eso los justifica y da mayor “argumentación” a su paupérrimo discurso de “cambio” y de “lucha antiimperialista”.

Lo que pasa en las naciones civilizadas se presenta de modo mucho más grotesco en el paisaje latinoamericano con un Lula da Silva que llega a declarar ante un juez por los delitos de corrupción rodeado de sus seguidores, para demostrar que la justicia no podrá castigarlo porque “el pueblo está con él”; con un Nicolás Maduro aferrado
al poder con la momia de Hugo Chávez al lado, mientras reprime brutalmente a la oposición; con los Ortega dueños de Nicaragua, quizás de un modo mucho más atroz que el del mismo Somoza.

Nuestra arcaica izquierda latinoamericana abraza ya solo cadáveres ideológicos y utopías muy deslavadas. Sin embargo, persiste como “opción” ante unas élites indiferentes a los rezagos sociales. Y no tenemos a figuras como Macron; solo abundan los Mélenchon tercermundistas.

ariel2001@prodigy.net.mx