Analecta de las horas

El Estado editor

No creo que en un país como el nuestro podamos dejar el libro en manos de los grandes grupos y de su mercado, el que ellos confeccionan con una mano que no tiene nada de invisible (el "marketing" lo decide todo)

Puestos a discutir sobre el Estado editor, hace unos días acudieron a MILENIO Televisión, al programa En 15, conducido por Carlos Puig, dos figuras consistentes para tener un intercambio de altura sobre el tema: Ricardo Cayuela Gally, director general de Publicaciones del Conaculta, y Rafael Pérez Gay, escritor y director de Cal y Arena.

El debate renació a partir de que el Fondo de Cultura Económica (FCE) y su director, José Carreño Carlón, fueron cuestionados recientemente por haber organizado un panel de periodistas que entrevistó al presidente Enrique Peña Nieto, y la editorial lo fue acerca de si su existencia se justifica.

En otro artículo comenté que no veía mayor problema en que una editorial que publica diversas obras relacionadas con el ejercicio gubernamental pudiera organizar una entrevista colectiva (mala o buena, esa es otra cosa) con el Jefe del Ejecutivo. ¿Dónde dice que eso es corrupción o que no es posible? El gobierno del presidente Peña, al igual que lo han sido sus antecesores, será objeto de análisis que publicará el FCE; entonces ¿por qué no habría esta misma editorial de propiciar una actividad como la que realizó?

De esta polémica iniciada por Jesús Silva-Herzog Márquez, otro comentarista, Leo Zuckermann, saltó (legítimamente, porque toda cosa pública debería ser objeto de revisión crítica) a la pregunta de si debe seguir existiendo el FCE. A partir de este primer encuentro de posiciones, otros articulistas intervinieron y, por supuesto, al hacerlo invitan de un modo u otro a participar del debate.

Como muchos otros, crecí y me formé en buena medida con los libros de texto gratuitos, los libros del FCE, diversas colecciones (Lecturas mexicanas o Cien del mundo, por mencionar dos muy destacadas) y un montón de coediciones o ediciones apoyadas por el Estado mexicano. Lo que éste hace no solo tiene que ver con el FCE, sino con todo cuanto produce y propicia en el panorama editorial del país, lo cual abarca desde el libro de texto gratuito hasta las coediciones con editoriales privadas que de otra forma quizás no publicarían (al menos) una parte de su catálogo, pasando por los libritos y librotes (sobre todo librotes, algunos de tamaño monumental) de los gobiernos y dependencias públicas.

En ese proceso de producción y coproducción editorial de seguro hay muchos desperdicios criminales, anomalías, negligencias, amiguismo, nepotismo y otros “ismos” que rondan o que pertenecen por completo al ámbito de las corruptelas. Reconocer esto, sin embargo, no nos debe llevar a la conclusión de que el Estado debe hacerse a un lado de la actividad editorial (ahí las medias tintas de que sea “acotado” o “limitado” me parece todavía complejo: cuándo sí, cuándo no debe editar; hasta qué punto, etcétera. En fin, sería más fácil decidir que no publique ni un almanaque).

Como ya algunos columnistas han apuntado en otros espacios, debemos preguntarnos: ¿qué tanto significa el presupuesto del FCE, por ejemplo, como para que algunos supongan que genera graves distorsiones en el mercado editorial? Y aun si consideramos todos los rubros que he mencionado como parte de la actividad del Estado editor mexicano, ¿podemos concluir que es dinero a la basura? No lo creo.

Ya otros usaron el argumento fundamental y cierto de que hay obras que si no las publica, por ejemplo, el Conaculta, jamás las veríamos impresas o reeditadas. Pero si me voy a los extremos, a veces la mejor obra de gobiernos, secretarías de Estado e innumerables oficinas aledañas que brillan por su grisura, es un libro sobre temas que solo ellos podrían publicar: la obra de un poeta local que debería ser reconocido nacionalmente, la historia de un pueblo, un recetario tradicional, el patrimonio local, libros de fotografía…

Se me dirá, con razón, que abunda la basura. Pero es preferible esa basura toda vez que en medio de ella se encuentran obras muy valiosas que de otro modo nunca llegarían a los lectores. El Estado editor es indispensable si tomamos como punto de partida que el mercado, efectivamente, despreciará la poesía, fotografía, pintura, música y danzas tradicionales, etcétera. Y reto a cualquiera a que me demuestre lo contrario mostrándome el catálogo de los gigantescos grupos editoriales que dominan y distorsionan (ellos sí) el mercado y los empobrecidos gustos de miles de lectores.

Habrá muchas cosas que corregir, sin duda, pero el Estado editor en términos generales ha sido una buena cosa. Las visiones estatistas han quedado atrás en el terreno económico, pero no creo que en este rubro y en un país como el nuestro (tan falto de tantas cosas, especialmente de lectores, ¡y precisamente por eso!) podamos dejar el libro en manos exclusivamente de los grandes grupos y de su mercado, el que ellos confeccionan con una mano que no tiene nada de invisible (el marketing lo decide todo). Y mucho menos en manos de editoriales medianas y pequeñas que hasta ahora han requerido, por lo que se puede ver, de los recursos y fuerza del Estado editor para existir.


ariel2001@prodigy.net.mx