Analecta de las horas

Nos está calando…

Días inéditos, de vociferaciones irracionales y anuncios inauditos. Días de nuevos e increíbles retos. Días para reflexionar sobre el futuro. Porque sí hay futuro, ¿saben? A pesar de que de pronto todo se oscurezca y creamos por un instante que la maldad de un personaje, por demás elemental, lo puede cancelar.

Habrá futuro, claro, pero solo será mejor si somos capaces de mirar bien lo que está pasando y no incurrimos en la hiperbólica perspectiva de que todo estaba bien en Estados Unidos hasta que llegó Trump; de que en la relación de México con el país vecino todo era miel sobre hojuelas hasta su entrada a la Casa Blanca, o de que todo va a estar mucho peor porque aquí también ya estaban muy mal las cosas.

Estos días extraños, no vistos en mucho tiempo, nos deberían servir para abrir bien los ojos a nuestra realidad. Quizá ese pueda ser el mejor aporte (involuntario, desde luego) del señor Donald Trump a la sociedad mexicana, a su gobierno y, mejor aún, a los gobiernos que sigan.

Lo mejor, por lo pronto, es que la noción de unidad nacional se hace presente y crea una atmósfera propicia para trazar acciones y metas comunes con las cuales hacer frente a la animosidad de Trump.

Es un momento difícil y excepcional. Pero como yo lo veo es la gran ocasión para desembarazarnos de muchos complejos políticos, rezagos económicos, traumas históricos y hasta psicológicos. Tenemos una gran capacidad de trabajo, una cultura envidiable y una extraordinaria voluntad para alcanzar los objetivos que nos tracemos. Pero también, es cierto, grandes problemas y debilidades extremas: un deplorable sistema educativo, la impunidad como norma vigente en todos los ámbitos, la vulnerabilidad sin precedentes ante el crimen organizado y la cancerígena corrupción que no cesa.

Las circunstancias exigen fundamentalmente realismo, contacto con los hechos, no con los prejuicios y mitos sobre la relación que mantenemos con Estados Unidos —por cierto, creer que el ascenso al poder de Trump puso fin a algo en Estados Unidos o en la relación con México es hasta cierto punto fantasioso.

Con respecto a la Unión Americana, ya un artículo de Martín Caparrós (El País, 25-I-2017) ponía el acento precisamente en todo lo que era y lo que no era ese país antes del arribo de Trump. Y así es que algunos, con absoluta ingenuidad —y sobre todo histeria—, hablan de un antes y un después; pero en realidad, como apunta con lucidez Caparrós, “hablan de un país donde más de seis millones de personas están presas o libres bajo palabra, donde la proporción de negros encarcelados es tres veces mayor que la proporción de negros libres. Un país cuyo Gobierno liberal y sonriente deportó, entre 2009 y 2016, a tres millones de inmigrantes —mientras proclamaba que los estaba ayudando—. Un país que ganó grandes fortunas aprovechando la mano de obra barata y maltratada de otros países —y que ahora se lamenta por sus consecuencias—”.

¿Se acaban la justicia, la igualdad, el antibelicismo o la paradisiaca seguridad en las escuelas con la entrada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos? Por supuesto que no: la historia de Estados Unidos es muy larga y vergonzosa en estos rubros como para suponer que el magnate convertido en político lo puede venir a empeorar todo de la noche a la mañana. Qué más quisieran él o el Ku Klux Klan, pero es imposible. Se necesitan más que malas intenciones para llevar a cabo su programa de gobierno.

Y ni qué decir tiene que la situación en México: sin ser buena, no es ni será la peor de la región gracias al presidente (dizque) republicano. Para empezar, porque muchos de nuestros problemas son añejos y no hemos podido lidiar con ellos sin culpar de todo al gobierno (y sus malvados presidentes), y antes al imperialismo del norte, si bien en nuestra candidez todavía podemos creer que un gobierno demócrata como el de Obama, que deportó a más de 2 millones de paisanos o que construyó o reforzó buena parte del muro ya existente, era más bueno con México que su rabioso sucesor.

Más que muchos sesudos analistas Carlos Slim fue capaz de mostrarnos, en su conferencia de prensa de ayer, el carácter empresarial y de (rudo) negociador de Trump. También —acaso en su condición de hombre más rico de México— supo tranquilizarnos acerca de lo que puede suceder con los objetivos anunciados del gobierno trumpiano y lo que sencillamente no sería costeable ni racional ni mucho menos viable.

Efectivamente, en su primera semana de gobierno Donald Trump ensayó una forma de ponernos de rodillas para poder negociar en sus términos y con una gran ventaja. La respuesta mexicana, básicamente de unidad alrededor de la decisión del presidente Peña de no acudir a la reunión fijada con su homólogo, parece haber sido la correcta, al punto de que ayer los mandatarios de las dos naciones mantuvieron una conversación telefónica con acuerdos mínimos para negociar. Pero acuerdos al fin. Increíblemente, hasta el peso ganó su mejor cotización en estos terribles días.

Como empresario voraz, Trump nos ha estado calando para que nos vendamos barato. Pero quizás lo único que ha logrado es que comencemos a repensar nuestro futuro como sociedad.

ariel2001@prodigy.net.mx