Analecta de las horas

El cráneo de Shakespeare /y II

“Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”.

La transmisión de un documental —con motivo de los 400 años de la muerte de William Shakespeare— en un canal de la televisión inglesa, en el que se establece que el cráneo de William Shakespeare pudo haber sido robado de la iglesia Holy Trinity de Stratford-on-Avon, donde yacen sus restos, ha despertado una intensa polémica.

Modestamente, y sin pretender contribuir al esclarecimiento de tan peliagudo como tenebroso asunto, reparábamos aquí la semana pasada en algunas historias sugeridas a partir de la idea de perder la cabeza, sobre todo por aquellas que no tienen que ver con perderla por cuenta propia sino por la mano de algún verdugo.

Desde luego, el tema es amplísimo, pero dos amables lectores me recuerdan otro par de casos que no debemos perder de vista.

Lucas Pacheco, "para hacer un descargo atenuante sobre la misoginia de la Biblia", y en alusión a la suerte que corrió el pobre Juan Bautista, nos señala: "Casi 800 años antes de que descabezaran a Juan, el fundador de la dinastía que daría al mundo al salvador decapitó al gigante Goliat".

Por su parte, Guadalupe Bravo nos comenta que "también Pancho Villa quedó acéfalo", y que igualmente se dice que "alguien furtivamente profanó la tumba y le cortó la cabeza. Según eso, el propósito era llevarla a alguna universidad americana para ver si se podía encontrar en su cerebro la causa de que fuera tan sanguinario".

La tentación de que la craneotomía explique ciertas conductas, tendencias o talentos humanos es enorme y ha entretenido a muchos científicos. "Pero lo cierto —escribió Carl Sagan en El cerebro de Broca— es que no hay modo de distinguir entre los cerebros de los asesinos y los de los sabios (los restos del cerebro de Albert Einstein están, recordémoslo de pasada, flotando en un frasco depositado en la Universidad de Wichita). Es indudable que quien hace a los criminales no es la herencia sino la sociedad".

No obstante, robar cerebros, cráneos u otras partes humanas como trofeo es una vieja práctica en la que se entrecruzan ritos, obsesiones, locura y no pocas venganzas. Solo así se explica que alguien se aventure a visitar un cementerio con intenciones tan horrendas.

Y si esa fue la suerte de Shakespeare, no puedo menos que imaginar su cráneo saqueado perfectamente dispuesto en una campana de cristal en la magnífica biblioteca de algún viejo castillo europeo. Su dueño, heredero de algún antepasado cuya necrofilia (ojalá que literaria) fue capaz de todo (especialmente de ignorar el epitafio de la presunta tumba del bardo: "Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos"), quizás ignora incluso de quién es la calavera que luce entre sus libros.

Quizás en algún momento fue informado pero, hombre formado en estos descreídos tiempos, lo juzga una leyenda familiar. Así que, aunque le parece un tétrico objeto para lucir en su biblioteca, no encuentra otro lugar más apropiado. ¿O no lucen los estudios de los sabios medievales, alquimistas y brujos algún cráneo humano?

En todo caso, espero que si alguien tiene todavía el cráneo de Shakespeare en su poder, en el 400 aniversario de la muerte por lo menos pueda, como Hamlet ante el sepulturero, reflexionar un sinfín de cosas.

El atormentado Hamlet ("¡Cuán fatigado ya de todo, juzgo molestos, insípidos y vanos los placeres del mundo! Nada, nada quiero de él, es un campo inculto y rudo, que solo abunda en frutos groseros y amargos") no puede sino cavilar en el destino humano a través de los cráneos que remueve, indiferente, el sepulturero:

"Aquella calavera tendría lengua en otro tiempo, y con ella podría también cantar... ¡Cómo la tira al suelo el pícaro! Como si fuese la quijada con que hizo Caín el primer homicidio. Y la que está maltratando ahora ese bruto, podría ser muy bien la cabeza de algún estadista, que acaso pretendió engañar al Cielo mismo... ¿No puede ser así? (...) ¡Oh! Sí por cierto, y ahora está en poder del señor gusano, estropeada y hecha pedazos con el azadón de un sepulturero... Grandes revoluciones se hacen aquí, si hubiera en nosotros medios para observarlas... Pero ¿costó acaso tan poco la formación de estos huesos a la naturaleza, que hayan de servir para que esa gente se divierta en sus garitos con ellos?... ¡Eh! Los míos se estremecen al considerarlo".

Y si anda rodando por el mundo aún, del cráneo de Shakespeare incluso Hamlet pudo anticipar:

"Y esa otra ¿por qué no podría ser la calavera de un letrado? ¿A dónde se fueron sus equívocos y sutilezas, sus litigios, sus interpretaciones, sus embrollos? ¿Por qué sufre ahora que ese bribón, grosero, le golpee contra la pared, con el azadón lleno de barro?... ¡Y no dirá palabra acerca de un hecho tan criminal!".

No somos nada.

ariel2001@prodigy.net.mx