Analecta de las horas

Todos los días, Día de Muertos

El cambio pareciera imposible: tras lo esperanzador, surge de inmediato, de muy diversas formas, la sombra de lo siniestro con la que funestamente estamos acostumbrándonos a vivir.

Hace unos años, en este mismo espacio, escribí: “Pareciera que, en medio de las distintas tragedias asociadas a la actuación del crimen organizado, todos los días son Día de Muertos en nuestro país”. Al ser así, decía, la sentencia de Octavio Paz hecha en El laberinto de la soledad acerca de que la muerte empieza a carecer de significado es más real que nunca: la interminable espiral de violencia que se ha erigido en los últimos años abre cotidianamente nuevas y más espantosas vertientes.

La sangre hoy derramada solo abre paso a la que se derramará mañana; el curso de los acontecimientos cobra una irracionalidad a la que solo le encuentran sentido unos cuantos. Es nuestra versión, ampliada socialmente, de una Orestiada como la de Esquilo, pero que no sigue ningún guión, sino apenas el violento instinto, la crueldad ilimitada de los que encarnan, con todo el resentimiento y odio asegurados, el fracaso educativo, la ausencia de futuro y las carencias acumuladas de muchas generaciones.

Salí del país al finalizar septiembre y me despidió un hecho alentador: el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, dialogaba con los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional. Nuevos tiempos, pensé. Regreso 12 días después y me recibe todo el horror de Iguala y pienso: los viejos y terribles tiempos de siempre.

El cambio pareciera imposible: tras lo esperanzador, surge de inmediato, de muy diversas formas, la sombra de lo siniestro con la que funestamente estamos acostumbrándonos a vivir. El camino de las reformas, de las expectativas de crecimiento e inversión y las nuevas formas de hacer política se ven nuevamente obstaculizadas por un conjunto de acontecimientos que desemboca en la masacre de Iguala y sus 43 desaparecidos, que sorprende e indigna a toda la sociedad mexicana y al mundo.

Y en lo que hace a la capacidad para sobreponer al horror otra capa de horror; de responder a la violencia con más violencia, y de —con toda irresponsabilidad— usar como carne de cañón a las víctimas reales para echar más leña al fuego y obtener ganancia política, nuestro país resulta incomparable. Esa es, por lo menos, la lógica que observo en la forma con que algunos grupos e individuos reaccionan ante asuntos como este.

Por supuesto, encontrar a los 43 normalistas desaparecidos es un clamor nacional. Condenar los hechos y exigir castigo de los autores materiales, así como de las autoridades responsables o cómplices, también lo es, pero justamente para ello es preciso discernir de entre la maraña de acontecimientos que se vienen precipitando —tal vez no casualmente— en las últimas semanas. Sacar de su contexto la tragedia, obviar antecedentes (que los hay, y muchos, en el terreno de la profunda impunidad en Guerrero) y desconsiderar la información más puntual que se tiene para hacer, por ejemplo, del gobierno de Enrique Peña Nieto la bestia negra de toda esta historia (y todas las otras que algunos insisten en montar a su lado), es parte de las reacciones a que aludo.

Los violentos tiempos que observamos tienen demasiados ingredientes que a más de uno se antoja presentar como la evidencia del apocalipsis nacional. Así, un ex candidato presidencial como Andrés Manuel López Obrador puede ir a la Universidad de Columbia a decir que el régimen mexicano está podrido y presentarse acaso como el único que puede salvar al país, eludiendo —para no ir más lejos— su relación con el secretario de Salud de Guerrero, Lázaro Mazón, que apadrinó políticamente al alcalde prófugo de Iguala, José Luis Abarca.

La fosa en la que se ha convertido Iguala de inmediato convoca demasiados juicios a la ligera entre los diferentes actores políticos, algunos comentaristas desatinados y su clientela: esa zona de la sociedad mexicana presa de la especulación y la propaganda barnizada de información. Junto a esto, aparecen los “luchadores sociales” y activistas de siempre que no han perdido la oportunidad, por ejemplo, de apedrear la Procuraduría General de la República y abominar, enmascarados en muchos casos, al gobierno federal. Para estos mesiánicos de hoy y siempre la revolución está en puerta y justifica todos sus actos, aun los vandálicos.

En medio de todos estos extremos y causas, tenemos que aguardar a que el Estado mexicano sea capaz de no dejar en la impunidad la barbarie que se vive en Guerrero. Sus instituciones están a prueba, como lo reconoce el propio presidente Peña Nieto. Pero los recursos de que dispone, habida cuenta los magros resultados inmediatos (los 43 normalistas no aparecen ni vivos ni muertos; el presidente municipal de Iguala, José Luis Abarca, tampoco; Ángel Aguirre, el gobernador perredista, se niega a renunciar, etcétera) parecen muy pobres.

Entonces nos seguiremos acostumbrando a abrir y cerrar (sin solución) expedientes sangrientos. Así como si nada. Al fin que ya viene otro Día de Muertos.

 

ariel2001@prodigy.net.mx