Analecta de las horas

Del desnudo al encuere

Estar sin ropa, contra lo que pudiera pensarse, parece que ya forma parte del sistema fashion que campea universalmente o del montón de actos banales que alimentan las redes sociales y los medios de entretenimiento.

Desnudarse para protestar, desnudarse para celebrar, desnudarse para entrar en contacto con la naturaleza, desnudarse en conciertos, calles, masivamente y en solitario, andando en moto, caballo, bicicleta y, últimamente, en zonas arqueológicas como Machu Picchu o en el Museo de Uffizi... La moda o impulso que promueve despojarse de la ropa ante el menor pretexto cunde en todas partes y es de llamar (provocativamente) la atención.

Con o sin causa visible, mostrar las partes pudendas es un hecho cada vez más cotidiano en un mundo en el que, paradójicamente, sobreviven un sinúmero de prejuicios y reglamentaciones moralinas acerca de un montón de asuntos. Y desnudarse, contra lo que pudiera pensarse, parece que ya forma parte del sistema fashion que campea universalmente o del montón de actos banales que alimentan las redes sociales y los medios dedicados al entretenimiento.

Lejos están los días en que un filósofo cínico como Crates podía alertar a través de su cuerpo desnudo sobre la condición humana y la superficialidad que la rodea. El retrato que hace Marcel Schwob de este personaje griego que renunció a la riqueza y a toda comodidad es insuperable:

“Vivió completamente desnudo en medio de la basura y recogió cortezas de pan, aceitunas podridas y espinas de pescado seco para llenar su alforja. Decía que esa alforja era una ciudad amplia y opulenta donde no se encontraba parásitos ni cortesanas y que producía para su rey suficiente tomillo, ajo, higos y pan. Así Crates cargaba su patria en sus espaldas y se alimentaba de ella.

“[…] Cuando Alejandro fue a verlo no le dirigió palabras mordaces, pero lo consideró como un espectador más, sin hacer ninguna diferencia entre el rey y la muchedumbre. Crates no tenía opinión de los grandes. Le importaban tan poco como los dioses. Solo los hombres le preocupaban y la manera de pasar la existencia con la mayor simplicidad que fuera posible. Las recriminaciones de Diógenes lo hacían reír, no menos que sus pretensiones de reformar las costumbres. Crates se creía muy por encima de preocupaciones tan vulgares. Transformaba la máxima inscrita en el frontón del templo de Delfos y decía: ‘Vive tú mismo’. La idea de un conocimiento cualquiera le parecía absurda. Lo único que estudiaba era las relaciones de su cuerpo con lo que le era necesario, tratando de reducirlas tanto como fuera posible. Diógenes mordía como los perros, pero Crates vivía como los perros”.

El desnudo filosófico, que proclama con la exhibición del cuerpo la necesidad de una vida sencilla, quedó en el olvido. Simultáneamente surgió el desnudo como divertimento popular. Ya desde los años del emperador Justiniano, precisamente su esposa, Teodora, había practicado en su juventud las artes del strip-tease: en el teatro público de Constantinopla esta osada bailarina, ante miles de espectadores, colocaba semillas en su cuerpo desnudo para luego ser picoteada por unas ocas.

Ante un show como este, las performanceras más atrevidas de nuestra época parecen unas ingenuas imitadoras que han perdido incluso el propósito más simple que puede tener el desnudo: la diversión. Y qué decir de los (“y las”, como quiere la infame corrección política) que se desnudan por “una causa”. Desde luego, nunca estarán al nivel del mítico desnudo generoso que realizó Lady Godiva, aquella bella dama inglesa de principios del siglo XI cuya bondad la llevó a acatar la ultrajante disposición de su ambicioso marido, quien solo accedió a reducir los impuestos a sus vasallos una vez que ella cabalgó como Eva por la ciudad.

A la masificación del desnudo que ha popularizado el fotógrafo Spencer Tunick le sigue ahora el encuere hedonista y solitario de quienes, por ejemplo, llegan a la zona arqueológica de Machu Picchu y, desprovistos de toda ropa, se hacen filmar o fotografiar para luego compartir sus imágenes en las redes sociales.

En esa misma perspectiva está el muy comentado desnudo, hace unos días, de un turista español ante el cuadro El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli, en el Museo de Uffizi, en Florencia. El tipo se dio tiempo para esparcir florecitas y actuar como si él también fuera una creación artística del famoso renacentista.

Casi todos hemos podido presenciar en distinto momentos, espacios o circunstancias la exhibición corporal de cualquier hijo de vecina, incluso a una runfla. Y para como van las tendencias, esta práctica seguirá propagándose como tantas y tantas ridiculeces de una especie que lo primero que olvida es que nació desnuda. ¡Ah, si Crates viviera!

ariel2001@prodigy.net.mx