Analecta de las horas

Donde crecen las adelfas

Fue la primera flor en brotar luego de la contaminación radioactiva y el desastre ecológico que la acompañó; merece, sin duda, simbolizar a la ciudad de Hiroshima.

La adelfa es una hermosa flor que crece en el Oriente, en arbustos que llegan a tener hasta seis metros. Su nombre científico es nerium oleander y tiene, entre sus variedades, una de color blanco que parece la más común. Hoy también se la conoce porque es la flor oficial de Hiroshima. Lo es, porque no se trata de cualquier flor: fue la primera en florecer luego de que la ciudad quedara arrasada por una bomba atómica. Dicho de otra manera: fue la primera flor en brotar luego de la contaminación radioactiva y al desastre ecológico que la acompañó. Merece, sin duda, simbolizar a esta ciudad.

El pasado jueves, en todo el mundo se recordó el 70 aniversario de la explosión atómica de Hiroshima. Mañana corresponde recordar el mismo horror, pero sucedido en Nagasaki, apenas tres días después. Las víctimas inmediatas de los hechos fueron unas 170 mil; en las semanas, meses y años que siguieron la cifra ascendió a más de 300 mil. Ahora mismo, las consecuencias de aquellas atrocidades están todavía a la vista y constituyen una representación fehaciente de lo que significa el uso de una bomba atómica (aunque hoy, que existen armas nucleares muchas veces más potentes que las usadas en 1945, no nos acerca a
lo que experimentaron decenas de miles de personas que padecen terribles secuelas).

¿Fue necesario que todos estos hombres, mujeres y niños experimentaran en carne propia el terror atómico? Durante muchos años la discusión pareció ganada por la propaganda estadunidense: fue dolorosamente necesario para derrotar al demonio nipón en el Pacífico. Sin embargo, para cuando se decidió lanzar las dos bombas atómicas Japón estaba ya derrotado desde el punto de vista estratégico; es cierto que no se rendiría todavía, pero la caída de la isla de Iwo Jima, en marzo de 1945, supuso para Estados Unidos la primacía aérea en la zona del Pacífico. La rendición de Japón era solo cosa de tiempo, pero la propaganda que justifica el lanzamiento de las bombas atómicas sobredimensiona la resistencia extrema y fanatismo japonés.

¿No se podía hacer una exhibición de la monstruosa explosión para persuadir al imperio japonés de su rendición? (Esa fue una propuesta de algunos de los científicos que la construyeron). Y, puestos a lanzar una de esas terribles armas, ¿no hubiera bastado con la primera? No. El mortífero experimento necesitaba una segunda: la de Nagasaki.

Por eso ese episodio es considerado por muchos historiadores serios como uno de los mayores crímenes de la Segunda Guerra Mundial.

J. Robert Oppenheimer, el científico que más contribuyó organizativa e intelectualmente para la consumación del Proyecto Manhattan (que integraría a talentos del calibre de Niels Böhr y Enrico Fermi), recibió un reconocimiento del general Leslie R. Groves (jefe militar del proyecto) por su trabajo en el Laboratorio de los Álamos. En su respuesta, Oppenheimer agradecía el certificado, pero mencionaba que el orgullo que sentía se atenuaba a causa de una gran preocupación: “Si las bombas atómicas se van a añadir como nuevas armas a los arsenales de un mundo en guerra, o a los de las naciones que preparan una confrontación bélica, llegará el tiempo en que la humanidad maldiga los nombres de Los Álamos e Hiroshima¨.

A juzgar por lo ocurrido, parece que sí tendremos que maldecir estos nombres, aunque si leemos la novela de Tarashea Nesbit, Las esposas de Los Álamos (Turner, 2015), una perspectiva femenina y familiar en torno de los científicos que ahí trabajaron, nos quedarán otras sensaciones y dudas en el aire, en especial: ¿cómo fue posible que algunos de los hombres más talentosos del planeta (ninguna mujer, que conste) se dejaran engañar, consciente o inconscientemente, para construir el artefacto más letal de todos los tiempos?

Nesbit da voz a las vivencias, aburridas e intensas a un tiempo, de las esposas de los prominentes científicos que fueron llevados a trabajar al laboratorio de Los Álamos, de donde surgiría la bomba atómica. Es una voz colectiva que no juzga, solo traduce los problemas domésticos, las rencillas, los temores, ansiedades e interrogantes que se hace un grupo de señoras que viven en cuerpo y alma la responsabilidad de ser las esposas de un puñado de científicos de primer nivel. La bomba les había sido ocultada, top secret, decían. Pero finalmente se enteraron:

“Pusimos la radio y oímos que el locutor, Kalternborn (…), decía: La primera bomba atómica… que equivale a 20 mil toneladas de TNT: una única bomba que ha matado a toda una población… y una parte de nosotras creyó firmemente que lo estábamos soñando. Esto no puede ser real, dijimos, más para nuestros adentros que para otra persona.

“Nuestros maridos, que eran incapaces de arreglar el desagüe de la ducha cuando se atascaba… Nuestros maridos, que no sabían nadar ni conducir, que se negaban a matar a las polillas que invadía nuestros dormitorios”.

Ellos, los mismos genios que no tenían la menor idea de dónde crecen las adelfas.


ariel2001@prodigy.net.mx