Analecta de las horas

El coctel de Toulouse-Lautrec

Su intensidad artística es la que detectó Baudelaire: hecha de esa sensibilidad curtida en las calles de París, en sus cafés, sus prostíbulos, las enseñanzas de las putas, el alcohol, todo cuanto hace a los bajos fondos despreciables para la sociedad.

De la relación del burdel con el museo, del arte con la decadencia exquisita y de París con una pléyade de soñadores, escritores y artistas, ha dado cuenta magistralmente Roberto Calasso en La Folie Baudelaire (Anagrama). Para hacerlo, escoge a quien es capaz de ver “la actitud misteriosa que los objetos de la creación asumen frente a la mirada del hombre”, en palabras del propio Charles Baudelaire. Él es, sin duda, el gran Virgilio que nos puede llevar a los paraísos, infiernos y purgatorios de la Ciudad Luz del siglo XIX, con todos sus anuncios de futuro y modernidad.

Es a través de la relación de Baudelaire con el mundo sensible del arte, que Calasso fija el perímetro de su libro. Ahí aparecen las aversiones y admiraciones más profundas del poeta: Ingres, Delacroix, Manet y, en algún momento, buscando “determinar quién era ‘el pintor de la vida moderna’, hizo recaer la elección —nos cuenta Calasso— sobre un desconocido, falto de protección académica, un reportero de imágenes que no toleraba ni siquiera ver impreso su propio nombre: Constantin Guys. Era un movimiento que descabalgaba al mismo tiempo a Delacroix, Ingres y el impresionismo aún no nacido, y se ponía sobre el umbral de los tiempos nuevos como un deseo siempre insatisfecho: de ligereza, futilidad, lábil eros, de vida desventurada y no del todo respetable”.

Guys apenas figura en las historias del arte más sólidas, pero Baudelaire lo consagra por encima incluso de quienes aparecen como gigantes. Le dedica no solo un poema famoso, “Sueño parisino” —“Y sobre este resplandor movible/ volaba (¡horrenda novedad!,/ ¡nada al oído, todo al ojo!)/ el gran silencio de lo eterno”—, sino un ensayo en el que exalta su obra.

El camino de Baudelaire hacia Guys es el mismo que conduce a Toulouse-Lautrec; se trata de dos senderos —angostos, según los estándares de cierta crítica convencional— que conducen a otras muchas ramificaciones. Según Calasso, si Baudelaire elige a Guys es porque había constatado que “los dibujantes tendían a ser más audaces que los pintores de su tiempo. Libres de la carga del pasado, alegremente oscuros, no obligados a justificar lo que hacían respecto a los antiguos maestros (…) navegaban en el reino de las imágenes sin siquiera la necesidad de pronunciar la palabra ‘arte’”. Y es así como las innumerables filles de Guys, “que reciben o esperan o entretienen clientes en casas de placer…señalan la vía hacia los carteles de Toulouse-Lautrec”.

Al final, a pesar del elogio deslumbrante de Baudelaire, en una historia del arte como la de Ernst Gombrich, la figura de Toulouse-Lautrec se sobrepone a la de Guys, quizás por haber ingresado a un circuito muy diferente (tal era el propósito de sus carteles). Pero su intensidad artística —hay que recordarlo ahora que se celebra el 150 aniversario de su nacimiento— es la misma que detectó Baudelaire: está hecha de esa sensibilidad curtida en las calles de París, en sus cafés, sus prostíbulos, las tristes y alegres enseñanzas de las putas, el alcohol, todo cuanto hace a los bajos fondos despreciables para la sociedad.

Lo que Gombrich destaca es lo que ha hecho más perdurable la presencia de Toulouse-Lautrec: su economía de medios (algo en lo que aventajó a su mentor Degas) y la “atrevida simplificación” que había recogido de las estampas japonesas, que “fue una lección que no se olvidaría fácilmente”.

La clave de su popularidad resultó estar en eso que Julian Bell (en El espejo del mundo. Una historia del arte) llama la “cálida respuesta al arte japonés que Toulouse–Lautrec mostró en sus carteles teatrales”. Pero tras la forma y el mensaje que frecuentemente contiene, su obra encarna toda la vitalidad destinada a la decadencia y la muerte. Para participar activamente del art nouveau, nuestro artista muere un tanto todas las noches en que trabaja.

¿Trabaja? Es un decir. Lo de él es una entrega total, extenuante, en la que combina las imágenes de las noches de cabaret con una sucesión interminable de tragos. El sueño físico puede esperar mientras el sueño de su arte se despliega sin concesiones.

Al final, el cansancio siempre lo derrumba, pero él se sobrepone a diario para dar paso a su compromiso nocturno. También en lo que bebe pone colorido y emoción. Mason Currey (Rituales cotidianos. Cómo trabajan los artistas) cuenta que su gusto por la coctelería más exótica lo llevó a crear el Rubor de Doncella, “una combinación de ajenjo, mandarina, licor amargo, vino tinto y champaña. Buscaba la sensación, decía, de una cola de pavo real en la boca”.

Ahora el museo Kunst Forum de Viena lo celebra con una gran retrospectiva: El camino hacia el modernismo. La curadora de la muestra, Evelyn Benesch, apela al anhelo modernista de Baudelaire al definir al artista francés como el gran “cronista de su época” y el creador del “reflejo vivo y moderno” de París.

Baudelaire no lo conoció, pero el pintor seguramente sí; o eso pareció cuando dijo: “Espero quemarme antes de los 40”. Lo cumplió. Y fue también, como Baudelaire quiso para los malditos suyos, la herida y el cuchillo; la bofetada y la mejilla; la víctima y el verdugo.


ariel2001@prodigy.net.mx