Analecta de las horas

El circo más deplorable

Los asambleístas del Distrito Federal nos recuerdan cada tanto que una de sus especialidades es generar desconcierto, enojo o de plano hilaridad con sus propuestas. En esos extremos se mueve la recepción pública de planteamientos rebosantes de corrección política, que ellos tan sesudamente elaboran siempre fingiendo (lo mejor que pueden) que piensan día y noche en el bienestar de la ciudadanía.

Sus singulares leyes, reglamentos y disposiciones siempre me dejan la impresión de que el ocio del que disfrutan —con cargo al erario, evidentemente— se termina por convertir en la más sólida base de sus delirantes propósitos legislativos. Solo así me explico que un día me encontré con que en los restaurantes la sal había desaparecido de las mesas: los panzones legisladores —mayoritariamente del Partido de la Revolución Democrática (que, mientras llega, ha engordado a muchos)— habían decidido alejarla de la vista de los comensales, para así propiciar que “no” abusemos de la sal. Admiradores y practicantes de cuantos heterocontroles podamos concebir, nuestros legisladores capitalinos se despiertan un día (en la resaca) alarmados por la ingesta de alcohol de los ciudadanos; otro día (disparando botones con la barriga) la emprenden contra la sal, y ahora, llenos de amargura y fétida hipocresía, se van contra los circos con animales.

Sus disposiciones al respecto, mal pensadas y peor escritas —como lo demostró Carlos Marín hace unos días en estas mismas páginas—, buscan terminar con un espectáculo que ha acompañado a todos los pueblos de la Tierra durante siglos. ¿La razón? Crueldad y maltrato contra los animales.

Incapaces de defender los derechos humanos en una de las ciudades más pobladas de mundo; con habitantes que pasan una, dos o más horas transportándose en medios absolutamente deficientes para llegar a sus trabajos y casas; con muy pocas y muy descuidadas áreas verdes; con niveles de contaminación de los que ya nadie quiere hablar, porque hasta las propuestas “más modernas”, como los metrobuses, siguen emitiendo nubes negras a su paso; con robos, extorsiones y secuestros que no se consignan en las estadísticas (porque no son siquiera denunciados); incapaces, pues, de distinguir lo fundamental de lo accesorio, nuestros legisladores se preocupan por la suerte de los animales en el circo.

Más de uno de estos representantes populares —que entiendo que eso son, oficialmente— tiene algún perro o gato cautivo en su casa. Supongo que de tan ocupados como están no les da tiempo de enseñarles ninguna pirueta. Acaso mandan a la sirvienta a que lleve al can a pasear (y cagar) en el parque, y a limpiar los desechos orgánicos de sus felinos. Eso es muy civilizado y no tiene “nada” de cruel (solo contribuye a las toneladas de detritus que respiramos diariamente en la zona metropolitana). Así que cuando pasean ellos mismos a sus mascotas, se sienten como unos humanistas (pongamos, Erasmo) caminando con un hermano, un camarada, claro, el mejor amigo del hombre.

Ninguno de nuestros legisladores tiene alma cirquera (a pesar de que algunos de ellos podrían pasar por malos payasos), pero en algún momento también se les ocurre echar una pelotita para que el perro la traiga de regreso. ¿No es eso el principio de un acto circense del tipo de los que nos veríamos impedidos de ver si se materializa su propuesta?

Así nació el circo: de la relación del hombre con los animales, de un juego que nunca termina y que tiene muchas aristas. Por supuesto, ha habido mucho de maltrato, además de cautiverio, en la historia del circo, pero en el espectáculo moderno estamos hablando ante todo de condicionamiento y actos reflejo que son premiados para que el número o suerte en cuestión pueda desarrollarse. Quienes creen lo contrario crecieron viendo Dumbo y con una sensibilidad lacrimógena que evita reflexionar sobre otros aspectos de este tema.

Por ejemplo: ¿qué pasaría con los miles de animales dedicados a espectáculos circenses si de golpe fuera prohibida su actuación? ¿Los llevarían a los zoológicos (otro horror para nuestros biempensantes)? ¿Los dejarían libres en Chapultepec o en la Condesa? ¿Permitirían que fueran sacrificados? ¿O suponen que los dueños de los circos los mantendrán como mascotas?

Son preguntas que nuestros legisladores capitalinos no se hicieron ni en sueños. Solo pensaron en la imagen políticamente correcta que todo esto podría darles.

Por lo visto, la única forma que tienen los legisladores capitalinos de brillar es atendiendo toda la agenda de grandes problemas que les preocupan. Ese circo sí que es, en verdad, muy deplorable.

 

ariel2001@prodigy.net.mx