Analecta de las horas

La canalla "social"

La realidad autoritaria e intolerante es la que por momentos parece tener el control de las redes; la parte amable, creativa y solidaria que allí se expresa queda arrasada por ese vandalismo verbal y gráfico.

Veo en Twitter la foto de un modelo del diseñador Rick Owens, que participó en una importante pasarela en París portando un repulsivo cartel con un mensaje que lo es todavía más: “PleasekillAngelaMerkelnot”, de ambivalente traducción, porque pide matar a la canciller alemana pero después hay un “no”, como de vaga señal de que se trata de una broma.

Con sentido común, hasta el propio diseñador estadunidense descalificó a su “musa” y la casa de modas se deslindó del hecho y convocó a los medios a no darle difusión a la pancarta (cosa que, por supuesto, no hicieron).

El mismo asunto cobró en las redes sociales la importancia que probablemente el descerebrado modelo concibió que debería tener. Broma o no, es el típico mensaje que nos hemos acostumbrado a leer en el pabellón político de Facebook o Twitter, cuando algún indignado propone sin más la muerte de alguna de sus bestias negras: gobiernos, políticos, empresas u otros ciudadanos como él. Debajo de este extremo que propone alegremente el exterminio de los que no piensan ni actúan de acuerdo con la corrección que el tuitero maneja, todo lo demás es más tranquilo: insultos grotescos, burlas infames, groseras alusiones, en fin, linchamiento colectivo, un deporte que la cobardía en todas partes festeja y alienta.

Aunque formo parte de la comunidad que prefiguran las redes, desgraciadamente encuentro mucha estolidez en ellas. Demasiada intolerancia disfrazada de participación polémica, mucha salvajada y atropellos; pero lo que más me inquieta en la parte social y particularmente política, es el fascismo que conllevan muchas opiniones que promueven con toda naturalidad el odio y la violencia. Esto ocurre bastante desde el anonimato (la forma más cobarde de participar en este medio), pero en los últimos tiempos todo esto se viene dando más abiertamente, como si fuera normal desear la quema de urnas electorales, matar a un presidente electo, señalar a alguien como negro o judío estúpido, o maldecir hasta el cansancio e impunemente.

Es la canalla social (en realidad antisocial, autoritaria e intolerante) la que por momentos parece tener el control de las redes. Y entonces la parte amable, creativa y solidaria que perfectamente se expresa también allí, queda arrasada por este vandalismo verbal y gráfico que todos los días gana terreno.

John Carlinlo acaba de advertir en un artículo publicado por El País hace unos días, con motivo del asedio inclemente que vivieron varios personajes por hacer comentarios que luego fueron magnificados hasta la locura en las redes: “¿Cuál es la conclusión? Partiendo de la
premisa de que soy igual de culpable que cualquiera, propongo la siguiente: que las redes sociales pueden convertirse en armas de destrucción masiva para las reputaciones de las personas. Antes de apretar el gatillo uno debería de respirar hondo, apelar más a la generosidad que a la vanidad farisaica que uno lleva dentro y reconocer que uno no posee ni la información ni la autoridad moral para enjuiciar a una persona de la que no sabe nada, y menos en 140 caracteres”.

Por su parte, Fernando Savater, al que nunca había leído tan molesto, acaba de publicar un artículo intitulado perfectamente “Caca”, donde alude a los flamantes funcionarios ya en el poder que se jactan (con toda razón) de provenir de las redes sociales:

“Pero ahora la cosa se ha vuelto más difícil, porque los amigos de la caca, pis y culo han salido del retrete de la Red y se los encuentra uno en todas partes, por ejemplo en los Ayuntamientos. Ya sospechábamos que la huella de la zafiedad franquista y la cursilería falangista tenían que hacerse notar en un país de poca educación cívica como éste: pues ahí están. Y junto a los regüeldos ellos y ellas no dejan de mencionar la ‘dignidad’, aunque a su lado una lombriz adquiere prestancia de dragón heráldico”.

Savater habla también de los progres metidos a tuiteros, no muy diferentes de los de nuestras latitudes: “Algunos los toman por marxistas, pero la brutalidad simplificadora es lo contrario de la tesis de Marx, la cual no recomienda prescindir del conocimiento para transformar el mundo, sino que lo exige como requisito para el cambio revolucionario. Lo peor —con ser malo— no es que los brutos se manifiesten antisemitas, necrófilos o feminazis sino que sean brutos, o sea, que presenten un perfil de inconfundible estupidez como recomendación de buena voluntad para ocupar puestos de responsabilidad […] ¡Pobre España, descoyuntada entre los saqueadores y los mutiladores! Sin duda necesita una regeneración política, pero no vendrá de quienes sólo saben contar hasta ciento cuarenta”.

¿Son culpables las redes sociales? No creo. Es más bien la incultura y la barbarie de quienes las usan como tribunales para juicios sumarios, terreno para linchamiento, espacio para el bullying o la abierta manifestación de los más irracionales prejuicios, odios y convocatorias a la violencia. Los paladines de las redes sociales —algunos muy representativos de la canalla social— ya fueron también aspirantes a cargos públicos en las pasadas elecciones en nuestro país. Y algunos ya son diputados o hasta gobernadores. Saquemos las lecciones correspondientes, aunque excedan los 140 caracteres.


ariel2001@prodigy.net.mx